Elogio de la desobediencia

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista, Islas Canarias

La peripecia humana se puede sintetizar en dos actitudes básicas: la sumisión y la rebeldía o, lo que es lo mismo, la obediencia y la desobediencia. Como impuesta por el poder, la obediencia está en última instancia justificada por este. Entraña por ello una actitud pasiva; no en vano obediencia y resignación pertenecen al mismo campo de significados. Obedecer es fácil, basta con dejarse llevar por la corriente, permitir que otros piensen por nosotros, no complicarnos la vida, vivir moralmente establecidos en una situación que nos viene dada.

La desobediencia, en cambio, implica una propensión activa, creadora. Frente a la rutina de lo establecido, los caminos de la desobediencia son impredecibles. Cuando Luzbel gritó: “Non serviam!”, los coros angélicos y el propio Padre Eterno perdieron un virtuoso del arpa, pero a cambio la sufrida humanidad ganó el Fausto, de Goethe.

REFLEXIÓN CRÍTICA

La desobediencia nace en la reflexión crítica y se realiza en la acción renovadora. Toda renovación —cuando es verdadera— implica una ruptura; “podemos destruir el viejo mundo, porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones”, dijo Buenaventura Durruti.

Así como la obediencia es la virtud de los esclavos, la desobediencia es manifestación de la libertad humana. Cuando Galileo rumiaba “eppur se muove” para sus adentros —la única manera de que no le cortaran la lengua junto con la cabeza— afirmaba su libertad interior en un gesto de desobediencia.

¿CAUSA DEL MAL?

Históricamente, los sistemas de poder han sido múltiples, pero su fundamente solo es uno: la sumisión. En este contexto no es extraño que la desobediencia y su consecuente, el desobediente, hayan sido tradicionalmente exorcizados como causa del mal y como perverso, respectivamente. Así, en nuestra tradición religiosa Adán, Eva y, como es natural, la Serpiente aparece como el origen de todos los males de la especie humana, y ya está bien de empañar la memoria de nuestros primeros padres con esa parafernalia ideológica en beneficio y a la mayor gloria del poder. Del poder de Dios o del poder de los que han creado a Dios para justificar su poder. Adán y Eva ascendieron desde la nada de animalitos de compañía del Sumo Hacedor hasta la miseria de la condición humana, cuando desobedecieron la absurda orden de no comer el fruto del Árbol de la Ciencia. Y por demás está decir que la serpiente es un animal que debemos proteger para que no se altere el equilibrio ecológico de este valle de lágrimas.

También en los orígenes de nuestra cultura, pero por el lado helenístico, otro desobediente arquetípico, Prometeo, no hizo caso de la prohibición de Zeus (¡qué manía!) y entregó a la humanidad el fuego de la inteligencia. Como sus homónimos judeo-cristianos, fue castigado, pues el poder, sea divino o humano, no tolera que se le contradiga.

RIESGO Y VALENTÍA

De estas anécdotas míticas se deriva otra virtud de la desobediencia. Además de actitud creadora, fruto de la reflexión y renovadora de lo viejo, la desobediencia implica riesgo y valentía para arrostrarlo. Valentía sencillamente humana, pues un desobediente no tiene por qué ser un superhombre o un héroe al uso. Como los héroes militares, por ejemplo, que la mayor parte de las veces son descerebrados héroes de la obediencia, pues les da menos miedo las balas del enemigo que los capones de su coronel. Los desobedientes, en cambio, son héroes al revés, antihéroes en sentido estricto, y al ejemplo de nuestros denostados padres de la especie me remito.

MORAL DE LA DESOBEDIENCIA

Por eso las almas sensibles debemos reivindicar, frente a la moral trillada de la obediencia, la moral de la desobediencia, que es una moral humanista, pues ya hemos indicado que es en la desobediencia donde mejor se realiza la cualidad esencialmente humana de la libertad. La humanidad ha avanzado a golpes de desobediencias múltiples y constantes. No otra cosa han sido, por ejemplo, las grandes revoluciones que han cambiado el signo de los tiempos.

MALA PRENSA

Si esto es así, si la desobediencia como actitud forma parte de nuestro ser y es el motor del desarrollo humano, ¿por qué ha tenido siempre tan mala prensa? ¿Por qué todas las religiones, todas las normas morales y de conducta convencionales tienden, desde que el mundo es mundo, a exaltar la obediencia como virtud y a denostar la desobediencia como actitud nefanda, consecuencia de otra aún más grave, la soberbia?

Las religiones y las normas de todo tipo se realizan y desarrollan en la historia, emanan de una sociedad determinada, dividida según los intereses de sus integrantes. Y donde hay intereses contrapuestos, el equilibrio es difícil, por no decir imposible. Unos acaban sobreponiéndose a otros y la sociedad de que se trate es guiada y condicionada por ellos. Sus normas vienen a ser la cristalización de los valores constituidos del sector social dominante, aunque se presentan como las únicas verdaderas y apropiadas para la comunidad entera. Es bueno obedecerlas, pues ello contribuye a la consecución del bien común que aparece como el objetivo formal de esa sociedad. Y es malo desobedecerlas, porque atenta directamente contra ese bien común.

En las sociedades antiguas el bien social lo proporcionaban los dioses. La obediencia a sus normas (y a la casta sacerdotal que las interpretaba) conforma la esencia y la forma, los mitos y ritos de todas las religiones. En la actualidad el dador y administrador de ese bien es el Estado, que exige la misma obediencia a sus normas que los feroces dioses de antaño.

Muchísimas generaciones se han despeñado por los abismos del tiempo, innumerables civilizaciones se han formado, han brillado unos siglos y han desaparecido; pero en cuanto a actitudes humanas básicas seguimos en lo mismo, pues el poder nos sigue exigiendo sumisión y nosotros seguimos teniendo ante él las mismas opciones: obedecerle o no hacerle puto caso, e incluso oponernos a él para intentar cambiarlo.

LÍMITES DE LA DESOBEDIENCIA

Si no lo hemos dicho ya, está plenamente sobreentendido que la desobediencia es la madre de todo lo nuevo. Vale, pero, por una parte, lo nuevo no tiene que ser necesariamente mejor que lo viejo y, por otra, se puede desobedecer también en nombre de lo viejo. Esto nos lleva a la cuestión de cómo debemos entender la desobediencia, de cuáles serían sus límites.

No se trata de desobedecer a todo y en cualquier momento y lugar, pero sí de estar predispuestos a hacerlo cuando sea necesario. Y para vislumbrar esa necesidad en la infinita selva de las desobediencias, he aquí una norma de conducta: todo aquello que vaya en la dirección de restringir la libertad de las personas es materia de desobediencia.

Los obedientes de cualquier signo suelen esgrimir como argumento a la contra que la desobediencia equivale al desorden o, lo que es lo mismo, que la impugnación del sistema establecido conduce al caos. Aparte que no debemos tener nada contra el desorden, siempre que esté dentro de un orden, o sea, siempre que sirva para ordenar —o desordenar menos— algo previamente desordenado, es falso que la desobediencia, tal como la planteamos, conduzca al caos, pues está claro que no propugnamos la desobediencia como sistema, parida teórica que nos llevaría de regreso a la ley de la selva, que está muy bien y es la única posible en la jungla, entre las fieras y alimañas de todo tipo; pero no en las sociedades humanas. En estas se ha superado ese estadio y el más fuerte no es el que tiene músculos y colmillos más desarrollados, sino dinero, políticos, jueces, policías y, en última instancia, armas y soldados para utilizarlas. “Ius in armis, opprimit leges timor”, dijo Séneca hace ya la tira de tiempo.

Aquí, entre nosotros y en voz baja, diríase que no parece haber mucha diferencia entre las dos selvas que hemos descrito ahí arriba; pero tenemos que admitir que en las sociedades humanas actuales (o al menos en algunas) los más fuertes, que haberlos haylos, no actúan groseramente según la ley de la jungla, sino según la ley a secas, que ha surgido, según dicen, de la voluntad común de los ciudadanos y ciudadanas. Y para garantizar que esa voluntad pueda ser expresada sin limitaciones, o con las menos posibles, se articula todo un sistema que propicia y salvaguarda el ejercicio libre de la misma. Es lo que debe ser la democracia, aunque hoy no lo sea en la mayor parte de los países del mundo.

CARÁCTER UNIVERSAL DE LA DEMOCRACIA

Los que la inventaron hace más de doscientos años le dieron un carácter universal. La democracia era para todos (todos los hombres, naturalmente, porque las mujeres, ya se sabe, hasta hubo épocas en que se dudó que tuvieran alma…). Ante la democracia, pues, todos los hombres eran iguales, pero pronto se descubrió que, como los animales de la granja de Orwel, algunos hombres eran más iguales que otros. Y así, los inventores de la cosa empezaron, al mismo tiempo, a inventar la manera de ponerle cortapisas que corrigieran sus excesos. Entre ellas, el voto censitario, según el cual solo podían votar los inscritos en un censo electoral previo, del que estaban excluidas las mujeres, las personas que no llegaban a un nivel determinado de riqueza y los analfabetos, aparte de otras chapucerías por el estilo (vgr: los límites de tipo racial) y que, con fundamento en el carácter universal de la democracia, todos y todas debían obedecer, aunque en la realidad la democracia fuera solo para unos pocos y no para todos y todas. Flagrante contradicción que, a estas alturas pero en otros términos, sigue sin resolverse del todo.

Supongo que, evidentemente, ustedes estarán de acuerdo en que, por mucho que lo dispusieran las leyes del momento, no había que obedecer las exigencias del voto censitario y que era absolutamente injusta la exclusión de las mujeres. La imposición del sufragio universal no ha conducido al desorden, sino a un orden más justo.

Da la impresión de que la exigencia de universalidad democrática fue impuesta por los padres de la cosa para hacer bonito (toda una taifa de filósofos ilustrados y politicastros poco ilustrados complicaron hasta lo indecible una situación en principio sencillísima, ya saben: si tengo la sartén por el mango, me frío los mejores huevos para mí, y al que proteste le doy con ella en la cabeza), o con la finalidad puramente utilitaria de aunar esfuerzos contra los sectores sociales dominantes en la etapa anterior, el llamado antiguo régimen.

Pero lo cierto es que esa exigencia igualitaria acabó convirtiéndose en lo más sustancial de la democracia y, en base a ella, se han   depurado muchas lacras y salvado muchos obstáculos a la libre expresión de la voluntad de las gentes. Por ahí hay que seguir abriendo brecha. La democracia —su norma constitucional— debe ser igual para todos y aplicarse a todos por igual. Si la ley dictamina que todos los ciudadanos y ciudadanas tienen derecho a un trabajo y un salario digno, al respeto de su intimidad, a su libertad de expresión, a una pensión justa, etcétera, todas las cortapisas que se pongan a esos derechos deben ser desobedecidas. He aquí otra norma de conducta para los y las desobedientes.

Y pasando de lo general —que no todo consiste e impartir doctrina— a lo particular, ¿hay que obedecer la Ley Mordaza del Partido Popular y las reformas laborales y de las pensiones, que recortan derechos de los sectores afectados? ¿Hay que obedecer la Ley de Extranjería, con las repatriaciones de inmigrantes en caliente? ¿Hay que aceptar pasivamente el maltrato a ciudadanos y ciudadanas desobedientes por los cuerpos de seguridad del Estado? ¿Hay que conformarse con la existencia, ya casi rutinaria, de la tortura en los centros de detención? ¿Hay que bajar la cabeza y susurrar que “esas cosas han pasado siempre”, cuando salen a la luz casos de corrupción en las esferas del poder político y económico? ¿No son una verdadera desvergüenza las “puertas giratorias” en antiguas empresas públicas privatizadas, de las que se benefician precisamente políticos responsables de su privatización, caso, por ejemplo, de Felipe González (PSOE) y José María Aznar (PP), ambos ex presidentes del Gobierno de España?

La verdad es que Goethe se pasó de olímpico cuando dijo que prefería la injusticia al desorden. No cayó en la cuenta de que la injusticia es el mayor de los desórdenes y que cualquier desorden contra la injusticia es un desorden justo.

ORGANIZARSE PARA CAMBIAR LA VIDA

Aunque las actitudes gratuitas pueden ser perfectamente legítimas, si se plantea la desobediencia a algo establecido lo coherente es que sea con intención de cambiarlo.

El adolescente que desoye una indicación paterna da a entender con su actitud que ya la situación no es como cuando era un niño, que ya empieza a aflorar una personalidad que se afirma diciendo no. Es decir, que algo está cambiando en las relaciones con sus mayores. También el artista que rompe las leyes de la estética vigente está, consciente o inconscientemente, contribuyendo a la creación de una estética distinta.

Al jovencito respondón se le puede intentar convencer de que su actitud no es la más adecuada para la convivencia. Incluso, en casos extremos, aplicarle un castigo (incautarle el móvil unas horas o algo así), aunque este no parece lo más recomendable. Al artista rompedor, basta con despreciar su obra o, mejor dicho, no apreciarla, y dejar que se corte las orejas por esos campos. Pero el asunto adquiere otro matiz cuando se trata de un desobediente social y/o político. El poder al que se enfrenta es más homogéneo, más fuerte, despersonalizado y, por tanto, más cruel. Avalado por el bien común que dice representar y del que, naturalmente, está excluido el disidente, no duda en emplear sus baterías represivas —y tiene muchas— contra el mismo.

Por eso, los desobedientes sociales y políticos deben hilar más fino que los otros. Tienen que organizarse y aunar fuerzas para ser eficaces. Pero ¿organizar la desobediencia no equivale a agrupar a una serie de obedientes de distinto signo a aquéllos contra los que se organizan? No, porque la desobediencia —ya lo hemos indicado— implica una reflexión crítica sobre el objeto de ella. Así como el obediente es, en última instancia, un coaccionado, el desobediente tiene que ser siempre un convencido. Afluye a la desobediencia libremente, mediante un acto de reflexión que, como tal, es necesariamente individual, aunque luego se manifieste y desarrolle colectivamente.

Pero este es ya un asunto que excede los límites que nos hemos propuesto y se adentra en los medios de organización para la acción, que tienen suficiente enjundia para ser abordados con detenimiento y rigor en otro momento.

RESUMIENDO. Antes de terminar, vamos a resumir, a riesgo de pecar de reiterativos, algunos aspectos de este escrito:

—  La reivindicación de una moral de la desobediencia no debe entenderse como una exigencia de desobedecer siempre y a todo. Pese a sus carencias, en el actual sistema democrático hay aspectos positivos, que además sirven para, apoyándose en ellos, luchar contra los que no lo son.

— El desobediente consecuente no se limita a impugnar el sistema, aunque esto solo sea ya un avance; aspira a cambiarlo por otro mejor.

— La desobediencia no tiene por qué desembocar necesariamente en el caos. Los que creen eso tienen la misma mentalidad que aquel personaje de Dostoyevski que decía: “Si Dios no existe, todo está permitido”. Falso, lo único que evidencia esa frase es que el que piensa así necesita un Dios. Igualmente, quienes creen que no es posible la convivencia fuera del sistema de poder establecido, los que piensan que este es insustituible, es porque lo necesitan, temen la libertad de los otros, cuya alternativa no es necesariamente el desorden, sino un poder social, que estiman más justo y más libremente asumido, no coactivo y verdaderamente igualitario.

— A ello tienden algunos aspectos de las democracias modernas, su exigencia de universalidad principalmente. La tarea de las y los desobedientes es potenciar y apoyarse en esos aspectos con el objetivo de hacer posible una sociedad mejor.

CODA: “ODIO OBEDECER”

Hace algunos años un poeta, entonces joven y soviético, Evgueni Evtuchenko, se debatía entre la Ciudad Sí y la Ciudad No. Quién sabe por qué andurriales literarios y vitales andará en estos momentos, pero para terminar quiero unir el recuerdo lejano de sus versos a otro recuerdo más próximo, el de un graffiti que hasta hace algunos meses era un verdadero manifiesto humanista en una pared de la vieja ciudad de La Laguna. Allí estaba el sentido de la Carta Magna, la Constitución perfecta de la Ciudad No. Solo dos palabras: “ODIO OBEDECER”.

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