El Neoliberalismo como poder totalitario y las alternativas progresista y radical para superarlo

Por: Luis Herrera Montero, PhD
Universidad de Cuenca (Ecuador)

El neoliberalismo en América Latina ha tomado rutas totalitarias para el ejercicio del poder político. Recordemos el golpe de Estado en Chile y la instauración de una dictadura militar genocida, que fuera la antesala y el acontecimiento fundacional para medidas de política económica neoliberal. Naciones de la región se alinearon con dicho modelo neoliberal como paradigma de moda, ante la caída del bloque socialista a nivel mundial Su implementación obedeció a  un proceso diferenciado por países durante los años ochenta y noventa del siglo pasado. En Ecuador este modelo inicio con el acceso al gobierno por parte de Oswaldo Hurtado.

Como era de esperarse conforme diversidad de análisis que han demostrado la inviabilidad económica y social del neoliberalismo, desde la década del noventa su sostenibilidad se vio seriamente afectada por crisis inevitables no solo en materia económica, sino también socio política. Las consecuencias más evidentes de esta situación de crisis, provocó movilizaciones sociales que exigieron procesos de reestructuración política a través de gobiernos populares que paulatinamente se transformaron en regímenes progresistas. Evidentemente, la crisis mundial del modelo en cuestión implicó una relativa interrupción de los gobiernos progresistas, pero también por errores graves por cierta burocratización y acciones poco éticas. No obstante, en la actualidad su recomposición es un hecho ante el resurgimiento de gobiernos neoliberales de corte esta vez totalitario, que atraviesan nuevamente etapas de crisis, en menos de un período presidencial, que en promedio no supera los cinco años y que merece ser analizado en contrastación con la viabilidad progresista o la viabilidad radical para afrontar la crisis mencionada.

Resulta algo sumamente obvio afirmar que Ecuador es parte de una sociedad global capitalista, dominada por el neoliberalismo como régimen hegemónico. La novedad está en que dicho régimen tiene connotaciones totalitarias. Evidentemente el totalitarismo fue analizado con anterioridad al surgimiento de las posturas teóricas neoliberales; ya Herbert Marcuse caracterizó la unidimensionalidad del capitalismo y del socialismo real como sociedades dentro del calificativo mencionado, dentro de contextos y disputas durante la Guerra Fría. Anteriormente y con mayor nivel de complejidad analítica y precisión en detalles, Hannah Arendt explicó al totalitarismo como un orden social de imposiciones intolerantes de superioridad, que además conllevan ejercicios desmedidos de violencia hacia quienes considera bajo significados no solamente de inferioridad, también de inutilidad civilizatoria, propiciando genocidios por xenofobia, racismo e intolerancia ideológico-religiosa. Según la autora, cuando el totalitarismo asume el control del Estado, transforma el ejercicio militar en dominación policial excesiva y en procesos generadores de espectáculos publicitarios masivos en aras de exaltación discriminatoria y destructiva, como falsa legitimidad, propiciando instituciones productoras de muerte, de desacato de derechos humanos y de instauración de campos de concentración. Lo más claro y de contundencia, en materia de proyección y validez hacia el futuro próximo, es que Arendt no redujo su análisis sobre lo acontecido con el fascismo y el estalinismo, sino que advirtió la posibilidad de que la sociedad de posguerra se transforme en totalitaria.   En la actualidad, el tema del totalitarismo ha sido reforzado por Agamben como ejercicios de terrorismo estatal, implantación de Estados de excepción y crímenes de lesa humanidad.

En términos prácticos, el neoliberalismo se instituye por vez primera con la dictadura de Pinochet en Chile, cuyo totalitarismo se irradió hacia otras latitudes del cono sur de América Latina, a través del consabido plan Condor. Nuevamente, se requiere contextualizar el análisis en el escenario global, que se encontraba aún en pleno contexto de Guerra Fría, que para regiones de América Latina conllevaba la anulación totalitaria del socialismo-comunismo. La consigna de dicho totalitarismo regional, alineado con la política internacional de Estados Unidos, consistía en el sometimiento a todo militante de izquierda como peligro civilizatorio, que llevaba a justificar exterminios con represión y persecución policial extremas, asesinato genocida y campañas masivas de demonización. En América Latina, si bien el totalitarismo pinochetista y del Plan Cóndor terminaran, el caso del Uribismo en Colombia ha reactivado dicho régimen. Evidentemente, como todo proceso de reproducción social, el uribismo tiene otras características por un contexto de narco Estado, que lleva décadas en pleno funcionamiento, además de reproducir un totalitarismo luego del final de la Guerra Fría y del bloque soviético

La caída del Muro, como símbolo del final del sovietismo, conllevó un proceso de  falsa democratización capitalista bajo el liderazgo de  Estados Unidos, ya que lo que terminó posicionándose fue el dominio unipolar neoliberal como sociedad totalitaria, pero esta vez no con el propósito de demonizar y exterminar al fantasma comunista, que lo asumiera extinto, sino que inaugurara la estrategia en ejercicios totalitarios contra regiones que durante largos procesos históricos se asumieran como parte del islam. De este modo se justificaron invasiones militares en Irak y Afganistán, motivados para el control de la región por su relevancia petrolera y de abasto energético a nivel planetario; las intervenciones totalitarias iniciaron con prácticas de guerra o invasión territorial con presencia militar, pero que se transformaran luego en control policial,  masivas campañas de antiterrorismo religioso y de falsas acusaciones de producción de armas nucleares. La lógica totalitaria implicó crímenes de lesa humanidad y el fortalecimiento de la base militar de Guantánamo en calidad de campo de concentración.

Ahora el totalitarismo ha tenido serias dificultades de sostenimiento, por provocar diversidad de resistencias que lo han debilitado, aunque no con la suficiencia deseada por muchos sectores sociales, pues el resurgimiento de procesos neofascistas es un hecho de preocupación innegable. Así como el fascismo y el estalinismo no pudieron mantenerse, tampoco lo pudo el Plan Cóndor en el cono sur de América Latina y en Irak y Afganistán la presencia militar-policial de Estados Unidos se encuentra en franco agotamiento. Sin embargo, en la actualidad, la peligrosa emergencia del totalitarismo a través de figuras como Bolsonaro, en clara confluencia con el gobierno neofascista de Trump, resulta una realidad a tener presente en el análisis político, por la reactivación del fantasma comunista, aspecto que incluso influye en el constante desposicionamiento de corrientes progresistas al interior de Estados Unidos y que han sido, a su vez,  demonizadas en calidad de socialistas, a pesar de las reiteradas aclaraciones de Sanders para evitar la difusión masiva de calificativos de desprecio al comunismo. Afortunadamente, las resistencias sociales y/o procesos multitudinarios de movilización, han colocado en evidente estado de debilidad a dichos regímenes totalitarios en Chile, Brasil, Colombia y Estados Unidos.

El análisis sobre el totalitarismo en contextos como el ecuatoriano, ha sido en realidad inexistente, porque las resistencias y movilizaciones sociales lo han impedido. Si realizamos un ejercicio de memoria social,  es factible recordar como León Febres Cordero se reafirmara políticamente, con estrategias publicitarias de campaña electoral, basado en fuertes declaraciones en contra del gobierno de Salvador Allende, bajo el supuesto de desastre socioeconómico, que se produciría con el triunfo de Jaime Roldós, acusándolo de ser heredero de propuestas socialistas. Conviene aclarar que Febres Cordero no planeó el asesinato de Jaime Roldós, quien apenas pudo sostener dos años de ejercicio presidencial y que sufriera un sospechoso accidente aéreo, cuando las evidencias se direccionan más hacia un atentado en estrecho vínculo con el Plan Condor y su relación con la política internacional de Estados Unidos ante el triunfo de la revolución nicaragüense. La muerte, de Roldós, no obstante, implicó como consecuencia el inicio de procesos neoliberales en Ecuador, que posteriormente lograron mayor posicionamiento con la sucesión gubernamental de León Febres Cordero, que se caracterizó por prácticas totalitarias.

Ante el agotamiento de la presencia militar de Estados Unidos en Afganistán (Recientemente los Talibanes recuperaron el poder político) e Irak (Supuestamente derrocaban un régimen terrorista y el nivel de guerra se multiplicó significativamente), recomienzan iniciativas para revivir el fantasma comunista. El epicentro sin duda para este proyecto continental lo es Colombia y el uribismo, que ha ejercido procesos de terrorismo estatal, crímenes de lesa humanidad y masivas campañas de demonización a movimientos sociales y organizaciones movilizadas, como reproducción de procesos de guerrilla, acusación nada apegada a lo real, pues las guerrillas están en franco debilitamiento y los crímenes uribistas han tenido por víctimas a una pluralidad de líderes sociales incluso adversos al guerrillerismo. Para el caso ecuatoriano, ese contexto es de relevancia, por las desatinadas declaraciones del actual presidente Lasso, respecto a catalogar a Uribe como ejemplo y liderazgo a nivel continental. Es claro que Lasso triunfó en las elecciones por la división entre el centro izquierda y la izquierda del país, por una demonización excesiva del correísmo. También es claro que Lasso fue parte de la desviación de Moreno respecto de legado político que lo llevara el poder. El régimen de Moreno reinstituyó medidas neoliberales-fondomonetaristas y de totalitarismo represivo cuando en forma multitudinaria el pueblo gestara acciones de movilización de alcance e impacto nacional. El número de personas encarceladas, heridas y fallecidas a consecuencia de dicha represión policial, superó incluso las prácticas totalitarias de Febres Cordero.

En la actualidad, esos síntomas de fascismo totalitario, el pueblo ecuatoriano lo evidenció con el maltrato simbólico que hiciera el programa La Posta en TC televisión al nuevo presidente de la CONAIE, Leónidas Iza,  a través de calificativos denigrantes, reunidos en forma de sigla en la palabra CABRON. Sin duda fue otra prueba de reivindicación del fantasma comunista, pero con la inclusión de sesgos racistas. En una lógica similar, también se evidenció ira de dimensiones racistas en las agresiones últimas a Jorge Yunda, alcalde de Quito. El hecho de que el Municipio de este Distrito Metropolitano atraviese una crisis institucional en torno a la legitimidad o no de la permanencia o destitución de Yunda, no puede implicar agresiones como las acontecidas.   En esta perspectiva analítica, insistir en que los procesos de movilización social han impedido la continuidad institucional de regímenes totalitarios, representa un factor a considerarse, ya que las oligarquías y sus gobiernos de turno no han contado con el poder suficiente para tal propósito, siendo un hecho indudable gobernabilidades débiles y de poca capacidad de sostenimiento.

Con base en lo expuesto, debemos ratificar que las oligarquías han triunfado a causa de divisiones en de los sectores de  centro izquierda e izquierda. Una vez finalizado el gobierno de Rodrigo Borja, si estos dos sectores sostenían procesos electorales de manera unitaria, hubieran logrado pasar a la segunda vuelta y con posibilidades serias de triunfar en la segunda vuelta, ya que los grupos oligárquicos se han caracterizado a su vez por prácticas de fraccionamiento en su operatividad política. Por esta razón es urgente concretar procesos unitarios que cuenten con la capacidad de articular reforma con revolución como un proceso legítimo y viable, superando concepciones que las colocaban como procesos en radical contradicción. Esta propuesta lleva por sustento concepciones que fundamentan la necesidad también de tejer proyectos de praxis política con los horizontes utópicos.

De ahí que las rupturas entre progresismo y movimientos sociales están llevando a ignorar que la lucha política se concreta con base en correlaciones de fuerza a nivel local, nacional, regional y global. Las derrotas electorales del progresismo implicaron, en casos como Brasil, que sectores alineados con el fascismo accedan al poder político. Este asenso al control estatal, sin embargo, no logró reproducir lo sucedido con el Plan Cóndor a causa de niveles de insostenibilidad del neoliberalismo y su modalidad totalitaria. No obstante, la permanencia de posturas y prácticas de fraccionamiento, pueden provocar que el totalitarismo neoliberal alargue su vigencia en crisis y se actualicen en consecuencia sistemas de alta represión, terrorismo estatal y crímenes de lesa humanidad, vividos lamentablemente en América Latina durante la década de los años 70 del siglo pasado. No se afirma que sea una repetición sino una reproducción actualizada de imposiciones de corte fascista en franco matrimonio con el neoliberalismo, que auspician ciertas oligarquías en nuestro continente y que se atreven a idolatrar regímenes como los de Uribe en Colombia, que hoy está en crisis por la unidad de la lucha popular. En definitiva, lo que se intenta posicionar es advertir respecto de tendencias con implicaciones de alto riesgo social, alrededor de la peligrosa fusión entre fascismo-neoliberalismo, como versión  contemporánea de totalitarismo glocal. 

2 comentarios en «El Neoliberalismo como poder totalitario y las alternativas progresista y radical para superarlo»

  1. Que será mejor o menos malo? El. sistema capitalista donde la mayoría vive bien y si quiere salir de su país puede hacerlo o el sistema de cuba, Venezuela, Nicaragua, Corea del Norte, donde la mayoría vive en la pobreza y si quieren salir no pueden?

  2. El problema es que del 70 al 80 de la poblacion mundial vive en pobreza. Y la pobreza mayoritaria siempe caracterizó al capitalismo, por tato es irreal que la mayoría viva bien. Adicionalmente, el texto es sobre neoliberalismo y obviamente jámás podriamos preferir al régimen de terror de Pinochet que al democrático de Allende. El neoliberalismo es la modalidad en crisis del sistema capitalista. El progresismo el tránsito a una sociedad poscapitalusta

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.