Sir Thomas

Por: Juan Almagro, PhD
Universidad de Almería (España)

Somos seres emocionales. La razón suele llegar más tarde, generalmente para justificar, o no, esas emociones previas. Puede que pongamos a funcionar todos los mecanismos mentales posibles para tratar de comprender qué ha sucedido, analizarlo, y, por último, otorgar la justificación pertinente. Es una forma transitoria que nos conduce a recuperar la calma, la normalidad.

Pero en otras ocasiones, esas emociones se hacen persistentes. Reclaman su hegemonía, su espacio en un lugar que cada vez las arrincona y margina más. Se muestran fuertes y nos impiden transitar hacia la razón, aunque la veamos en el horizonte haciéndonos señales para que nos acerquemos a ella, para que comprendamos, dejemos atrás el llanto infértil y sigamos con nuestras frenéticas vidas.

Quien se resiste a iniciar ese camino que une emoción y razón no es menos fuerte que quien lo realiza sin demora; al contrario, demuestra la esencia intrínseca del ser humano, la sensibilidad que antropológicamente ha justificado nuestros actos y comportamientos como especie.

Hoy es un día en el que me resisto a cruzar ese puente. Quiero regodearme en mis emociones, disfrutar de ellas, a pesar de tener el sabor que desprenden las almendras amargas. No quiero impregnarme del discurso neoliberal que busca hacer de mi cuerpo una máquina en constante proceso de producción; no quiero perder ni un ápice de esa esencia que me humaniza, que me convierte en un ser vulnerable, que siente, que llora cuando está triste.

Hoy nos has dejado, Tom. Recuerdo ese gruñido con el que nos hicimos amigos; te visualizo bebiendo en la piscina; también, haciendo uso de esa sensibilidad que te hacía buscar el cobijo y la cercanía durante una tormenta; te recuerdo subiendo a Miramundos, en esos instantes que inmortalizamos, y en los que parecías compartir impresiones con nosotros acerca de lo maravilloso de aquel paraje; siento tu alegría cuando te acercabas sabiendo que compartiría contigo un poquito de mi plato; noto la presencia de tu hocico queriendo que te acaricie, porque, amigo mío, el gruñido inicial, con el tiempo, se convirtió en la fidelidad que caracteriza a tu especie.

Hoy quiero quedarme aquí, en el sitio de nuestro recreo, con mis emociones, con tus recuerdos. Y cuando llegue la razón, supongo, será bienvenida.

Buen viaje, compañero.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *