La prensa bajo el neoliberalismo. Persuasión versus información

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias)

El auge y la importancia social de la prensa es un fenómeno típico de la democracia. Entre las libertades que fundamentan ésta se encuentra en lugar preponderante la libertad de expresión, que es un corolario de la libertad de pensamiento. Estas libertades se las debemos a la Ilustración, al llamado Siglo de Las Luces, que es el hito más importante de la Modernidad.

La democracia, pues, se caracteriza en teoría por garantizar las libertades de las personas, entre ellas la libertad de expresión y, por ende, la libertad de prensa. Todo esto, claro está, dentro de una concepción ideal de la democracia, la que nos debe servir de referencia para luchar contra sus limitaciones y desviaciones. A continuación, trataremos algunas de ellas.

CUALQUIER TIEMPO PASADO… Según Ignacio Ramonet, una democracia no puede afianzarse e incluso sobrevivir, si los ciudadanos y ciudadanas no están bien informados y, por consiguiente, no tienen capacidad de intervención en los asuntos públicos.  Ante el desprestigio de los tres poderes en los que se asienta la democracia, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, hubo un tiempo en que el llamado cuarto poder, la prensa, se presentaba como un recurso para la posible intervención cívica en la cosa pública, pero a estas alturas también la prensa está bajo sospecha. El cuarto poder ya no es un recurso para la ciudadanía,porque los periodistas han dejado de ser fiables para mucha gente, que ya no confía en lo que dicen. En España tenemos multitud de ejemplos al respecto.

Cuenta George Orwel, en su fábula distópica Rebelión en la granja, que, cuando el cerdo Napoleón accedió al poder e instauró un régimen autoritario personal, lo primero que hizo fue cambiar el lema de la revolución animalista, que de “Todos los animales son iguales” pasó a ser “Todos los animales son iguales, pero hay algunos que son más iguales que otros”.

Así mismo, la libertad de expresión y, consiguientemente la de prensa, es igual para todas las personas, pero en una sociedad donde todos los poderes se supeditan a uno, el poder económico, “los más iguales”, es decir, los que más posibilidades tienen para hacer prevalecer su propia libertad de expresión sobre la libertad de expresión de los demás, son los más fuertes económicamente, los que tienen riqueza suficiente para crear periódicos millonarios en tirada, televisiones que lleguen a todas partes, radios potentísimas, grandes empresas editoriales, revistas digitales muy promocionadas, etcétera, etcétera.

MEDIOS DE PERSUASIÓN. Así, vemos que, en esta democracia controlada por los poderes fácticos de la sociedad, la libertad de prensa es fundamentalmente la libertad de los dueños de la prensa. Y los dueños de la prensa, hoy por hoy, son también los dueños de la banca, de los fondos de inversión, de los negocios especulativos, de las grandes empresas comerciales y de las industrias de todo tipo. Por ejemplo, de armamento, como ocurre en los principales países del mundo globalizado, Estados Unidos, Francia o Alemania.

Y el papel fundamental de los grandes medios hoy es defender el sistema económico y político que hace que los poderosos de este mundo sean lo que son, y su principal misión no es informar, sino convencer, es decir, persuadira los consumidores de los productos puestos en circulación por los amos (entre ellos la misma información) de que este no es ya que sea el mejor sistema posible, sino que es el único posible. No son ya medios de información sino medios de persuasión.

SUPEDITACIÓN DE LA POLÍTICA. El sometimiento de la política al poder económico está en la base de esta deformación de la libertad de información. Esta supeditación política ha traído consigo, entre otras calamidades sociales, el abandono por parte de los poderes públicos de sus funciones de gestión y salvaguardia social, funciones que en gran parte han sido —y están siendo— transferidas a manos privadas.

El ejemplo más claro (y más viejo) es el del trabajo, que, en las Constituciones de muchos países, entre ellos España, está considerado entre los derechos de las ciudadanas y ciudadanos. Pero se trata de un derecho que se materializa a través fundamentalmente de la economía privada, de manera que, si ésta va bien —es decir, si los empresarios ganan dinero a espuertas— el trabajo, en el mejor de los casos, también irá bien, pues se creará empleo y este será retribuido con salarios dignos. Partiendo de esta consideración teórica, la labor del Estado se limita, pues, a facilitar el negocio empresarial, a base en gran parte de bonificaciones fiscales. Aquí tenemos, por ejemplo, la Reserva de Inversiones de Canarias, la execrable RIC, que en la práctica se ha convertido en un medio “legal” para evadir impuestos.

También las “reformas laborales” se encuadran oficialmente en el objetivo de creación de empleo (en España estamos sufriendo dos: la del PSOE en 2010 y la del PP en 2012), pero sus resultados, por encima de la faramalla  retórica que formalmente las justifica, han sido abaratar el despido, aumentar el paro (en los gobiernos del Partido Popular, durante la crisis de 2008-2014, llegó a ser del 26%, el más alto de la UE) y precarizar en grado sumo el empleo posterior, mediante contratos-basura que sufren especialmente los trabajadores y trabajadoras jóvenes.

Dicho groseramente, el objetivo del sistema es que los ricos “se forren”, para al mismo tiempo, dar ocasión de trabajar dignamente a quienes no lo son. Pero es en esta “vertiente social” donde falla el procedimiento, pues las empresas capitalistas no son ONGés al servicio de los trabajadores, sino entramados destinados a que sus propietarios ganen la mayor cantidad de pasta posible. A costa de lo que sea.

Y los medios de persuasión, antes de información, han sido y son los encargados de convencernos de que eso es lo bueno, de que vivimos en el mejor de los mundos y de que fuera de él no hay posibilidad de existencia digna. Un sistema como el socialista, por ejemplo, que anteponga las necesidades de la gente en general a los beneficios económicos de unos pocos, está obsoleto, desahuciado por la historia, no es rentable (naturalmente).

‘PENSAMIENTO ÚNICO’. El machaqueo es constante y el llamado “pensamiento único”, que no es otra cosa que la justificación de los comportamientos del mercado, se ha convertido en una rutina mediática que poco a poco se desprestigia a sí misma y hoy numerosos economistas y personalidades políticas y sociales de muchos países reniegan de esa versión depredadora, cruel y egoísta en grado sumo de la economía. No extraña, pues, el dato de una encuesta realizada hace meses para un periódico español, según la cual el 75 por ciento de las personas interrogadas —una muestra aleatoria de más de mil quinientas—consideró que los grandes medios españoles están al servicio de los intereses económicos de sus dueños.

APOYO DEL ESTADO. La crisis de 2008 se saldó con mayores ganancias para los de arriba y más recortes sociales para los de abajo. En España y en muchos otros países del mundo, la inyección de dinero público en la banca y en los grandes consorcios empresariales no sólo los libró del hundimiento, sino que les hizo salir de la crisis más ricos que antes.         

Ahora, la crisis sanitaria y la recesión económica están volviendo a demostrar que el neoliberalismo no puede funcionar sin el apoyo económico del Estado. Debido al confinamiento, en 2020 el empleo y la actividad económica general cayeron en todo el mundo; el PIB se contrajo un 3,5%, lo que, según el Fondo Monetario Internacional, ocasionó graves consecuencias entre la población trabajadora de muchos países con una gran subida del desempleo entre marzo de 2020 y febrero de 2021. En España, los ERTES paliaron en parte esta situación, al contrario que en la anterior crisis. Sin embargo, en ese mismo período, mientras casi el 50% de la población activa de EE.UU. se tuvo que acoger a prestaciones por desempleo, las acciones de Wall Street subieron entre un 38% y un 46 %, gracias a los rescates para impulsar los mercados financieros y echarles una manita a los más ricos.

EL NEOLIBERALISMO ES UN ‘ZOMBIE’. Este tipo de situaciones, que se dieron también en el inmediato pasado justifica a activistas como el escritor británico George Monbiot, que considera que el neoliberalismo “es un dios fracasado, como el socialismo real; pero, a diferencia de éste, su doctrina se ha convertido en un zombie que sigue adelante tambaleándose”. Como un boxeador sonado, y eso porque la izquierda ha sido incapaz de crear un marco económico nuevo de carácter general, como lo fue el keynesianismo cuando la hecatombe de 1929.

En España recientes y reiteradas declaraciones de la ministra de Trabajo y líder de Unidas Podemos en el Congreso de los Diputados, Yolanda Rodríguez, abogan por la necesidad de levantar un Proyecto de País que dé respuesta a las aspiraciones y necesidades reales de la gente. Tiene dos años para hacerlo efectivo. Veremos…

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