Educación y asertividad social

Por: Esthela García M.
Docente, Azogues (Ecuador)

Las redes sociales, llegaron a nuestra vida para trastocarla por completo. Vemos con total normalidad como éstas se han insertado en el común de las actividades de toda índole, desde las más simples e individuales, hasta las gubernamentales; tienen un espacio de difusión propicio en el mundo virtual de comunicación.  La velocidad con que se esparcen las noticias es vertiginosa,  no da tiempo a discernir entre lo que es, o lo que no es, o lo que puede ser. 

La individualidad, la integridad de una persona o institución, puede verse seriamente afectada por  un rumor que puede correrse con mala intención,  los pocos errores que pueden  detectarse,  son maximizados al punto de opacar todas las virtudes.

Los grandes inventos de la ciencia, los adelantos de la comunicación, nunca han sido pensados con malas intenciones, todo se hace con el objetivo de mejorar la vida, de facilitar el trabajo y el acceso a la información.  Sin embargo,  el uso que se les da a estos,  es lo que los santifica o los pervierte y los vuelve en contra de la humanidad; como es el caso de la  teoría de la relatividad, que ha ayudado a los científicos a comprender diversos aspectos del Universo y a estudiarlo de una manera distinta, pero también  fue el punto de partida para el diseño de  la  bomba atómica y toda la destrucción que causó.

Así mismo la facilidad en las conexiones, la inmediatez con que se difunden las noticias a nivel global,  es un adelanto increíble para la humanidad, acerca distancias, y la información útil  llega de forma propicia. Somos testigos y usuarios de esta tecnología  que era impensable dos décadas atrás, tal vez solo ideada en películas de ciencia ficción.

Pero ¿cuál es la bomba atómica producto de este avance científico del  internet? pues se ha vuelto un arma  mortal, provoca  una reacción en cadena que destruye todo a su paso.  Es que  no estamos preparados para portar un arma tan letal, somos inexpertos y no hemos desarrollado la habilidad de discernir entre tanto contenido que se encuentre en las redes sociales, que como decía en un inicio; forman parte de nuestra vida, tan necesaria como la alimentación, y se vuelve tan fácil desprestigiar a alguien, o inundar las plataformas  interactivas con contenido inútil, disuasivo; atractivo sí, pero infértil a la hora de generar conocimiento.

Dentro de todo este panorama oscuro, la enseñanza tiene que abrirse paso con un hacha en mano para  caminar cortando aquella maleza  que le impide caminar, pues al docente le ha tocado adaptarse a esta selva virtual, buscar las herramientas para hacerse una morada, y  forjar los utensilios para alimentarse y  beber agua.   Con la única herramienta que posee:  el conocimiento.   Pese a todos los esfuerzos por visualizar un horizonte seguro, los tentáculos de la mala información, abrazan sus intenciones y las dejan exhaustas.

Qué apoyo o respaldo pueden tener los docentes, si todos los valores y buenas prácticas que se pretenden inculcar, quedan desvirtuados y difamados en este reguero de pólvora como son las redes sociales, llámense Facebook, Instagram, tik-tok, Whats App, etc. Porque siendo adultos, no hemos desarrollado la destreza de utilizarlas con asertividad, permitimos  que nos invadan de forma audiovisual.

Ahora al finalizar el segundo año en condiciones de virtualidad, se nota lo infértil que ha llegado a ser la enseñanza, genera en la clase del magisterio un sentimiento de impotencia, cansancio, una desnudez en medio de las manos, una soledad en la palabra y en las acciones, un eco infinito hacia la nada, una mirada cabizbaja y la sensación de que algo falta.

Falta sí,  pensar en educación como el cúmulo de acciones que forman al individuo, desde al hogar, la escuela y el entorno. Falta también  el apoyo empático de la sociedad en todos sus contextos, porque  es terrible admitir que,  por una hoja marchita, se pretenda tumbar todo un árbol, que los espacios virtuales se presten  para   difamar el esfuerzo  individual y colectivo, porque estamos observando que toda obra pensada en bien de la sociedad, tiene detractores infames. Lo peor es que se dé oídos a la infamia que se riega y se le adjudica valor, solo porque tiene como portada una imagen bonita.

No aspiramos a vivir en una sociedad perfecta, con maestros perfectos, estudiantes perfectos, funcionarios perfectos, ciudadanos perfectos, pero sí que, en medio de todo este panorama virtual, se empiece a pensar  que el mal que se trasmite, es más pegajoso que el bien que se puede hacer. La solución está en nuestras manos, solo falta que empecemos a mirar dentro de cada uno y  discernir lo que compartimos en estos espacios de virtualidad,  que así mismo como apoyan a la educación, nos llevan por caminos de falacia.

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