Robinson Crusoe: el mito

Por: Juan Almagro, PhD
Universidad Almería, España

Si se plantea con cierta perspectiva nostálgica, puede que acercarse a los mitos sea un ejercicio complejo, sobre todo cuando cabe la posibilidad de desentrañar algunos que, por circunstancias varias, nos hayan acompañado en nuestros viajes literarios, y que, incluso, hayamos llegado a idolatrar. Si el tuyo, lectora, lector, es Robinson Crusoe, el náufrago, la leyenda, el aventurero, Viernes, quizá leer lo que viene a continuación te deje un poco fría/o, pero, estoy seguro, también te resultará curioso conocer lo que sucedió entre bambalinas y cómo se gestó la novela de Daniel Defoe, adaptada y representada, en múltiples ocasiones posteriores – no puedo dejar en el tintero la extraordinaria obra de Tournier Viernes o los limbos del Pacífico– tanto en el mundo de la literatura como en el del cine. 

Pues para colocar el listón alto desde el principio, diré que Robinson no era Robinson, y que ni siquiera fue víctima de un naufragio. El personaje en el que se basó Daniel Defoe en esta historia fue un pirata escocés llamado Alexander Selkirk, que, junto a otros compañeros de profesión, se dedicaba, a bordo de un barco corsario británico, a saquear las colonias españolas de la costa americana. El tal Alexander, era un tipo pendenciero de los que preferirías evitar en cualquier viaje que durase más de dos horas, así que, os podéis imaginar lo que debía ser compartir barco con él en mitad del océano durante meses. 

La consecuencia de aquella actitud camorrista se consumó cuando aquel barco en el que Alexander viajaba como contramaestre fondeaba aguas del Pacífico sur cercanas al archipiélago de Juan Fernández, conformado por las islas de Más a Tierra y Más Afuera, situadas a unos 600 kilómetros de las costas de Chile. Tras días sin mucho que echarse a la boca ni regar el gaznate –esto último era lo peor-, Selkirk busca provocar un motín y le dice al capitán del barco que él se queda allí y que en aquellas condiciones no sigue pirateando. El capitán, que durante meses había aguantado a aquel tipo mal encarado, ve la oportunidad de su vida para deshacerse de él y no opone resistencia al respecto. El problema viene cuando Alexander comprueba que nadie en aquella expedición le secunda en su ocurrencia. Al pobre de Selkirk la chulería se le pasó de golpe y decidió recular, pero el capitán, con mucho aplomo y poca mano izquierda, le entrega un mosquetón con pólvora, un poco de Ropa, un cuchillo, una cazuela y una biblia. Y fue a partir de ese momento cuando Alexander comenzaría a convertirse en el personaje que inspiró el nacimiento literario de Robinson, que después conocimos.

Al parecer, Selkirk era un tipo bastante fanfarrón, lo cual no le impedía ser un muy buen superviviente. En la isla de Más a Tierra, que fue en la que permaneció, contaba con buena materia prima para el caso. Los españoles, en su costumbre de poblar de cabras las islas que colonizaban durante sus travesías por la costa americana, le dejaron un suculento banquete. Además, también le habían dejado diversidad de campos y huertos de verduras, preparados para ser consumidos con la tranquilidad que le da a uno saber que nadie más participará de ese banquete. Digo esto porque de Viernes no hubo ni rastro real en aquella historia, y la biblia se convirtió en el único instrumento con el que Alexander trató de esquivar la locura, leyéndola en voz alta para así trabajar unas cuerdas vocales que para poco más debió utilizar. Resulta, también, que el padre del tipo fue curtidor y, gracias a ello, consiguió hacerse algún que otro ato con las pieles de las cabras. Amaestró varios gatos –que también habían dejado allí los españoles- para mantener a raya a las ratas, dejó de beber –a la fuerza- y hacía muchísimo ejercicio, así que, durante el tiempo que permaneció en aquella isla del Pacífico, sus condiciones de vida mejoraron bastante. Es posible que, debido a ello, evitase su rescate en al menos dos ocasiones, aunque también sabía que, si le encontraban allí los españoles, al carajo todo, porque hubiese ido a la cárcel por pirata. 

Finalmente, fue otro corsario el que le sacó de aquella isla, y Alexander, retomando viejas costumbres, acompañó y colaboró a sus nuevos compinches en el ataque a Guayaquil, y participó en la captura de dos galeones españoles. De esta manera, aunque volvió por sus fueros, quién sabe, quizá durante sus nuevas hazañas, por la cabeza de Selkirk pasó el recuerdo de las cabras, los huertos y los gatos que aquellos a quienes saqueaba de nuevo habían dejado en aquella isla que fue su casa.

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