Las desventuras que dejaron las bonanzas de otrora

Por: Jacqueline Murillo Garnica, PhD
Colombia

Da cierto estupor ver cómo algunos jóvenes europeos se contagian de la curiosidad de conocer de primera mano, algunos fetiches y lugares que marcaron un cambio en la historia de Colombia, y con ella, el morbo con las historias de los grandes capos. El narcoturismo como se suele perversamente llamar en el argot de algunas expresiones de vanguardia. Toda suerte de amuletos, de feria de recordatorios y para que quede constancia de haber conocido los lugares: por ejemplo, la primera motocicleta de marca “Harley Davidson”, que se compró el hermano de Escobar con sus primeros pinitos en el mundo del hampa. Ejemplos, hay por montón. Pero no solo de pan vive el hombre, diría un oportunista de profesión.

El suelo colombiano, fértil, próspero y extenso ha sido un nicho que ha dado beneficios y maldiciones a lo largo de la geografía territorial. Empecemos por la costa norte, en la época de la “Bonanza marimbera” que cambió el panorama nacional, en el decenio de 1974 a 1985, aproximadamente.  La música vallenata fue y sigue siendo un buen referente de nuestra cultura popular. El folklore caribeño también le ha sabido rendir un atribulado tributo a lo que fue este fenómeno, con una canción que concretó todo el problema que se fue incubando en la región, con estos lastimeros versos de los compositores: Álvaro Serrano y Carlos Morean.

“Yo tenía mi cafetal,
era una tierra muy generosa
envidia de toda la vecindad,
pero la verdad,
apenas daba para la yuca
y pa’ educar los pela’os.

Hasta que llegó
un tipo gordo y muy bien trajeado,
que no se quiso identificar.
Me convidó
a una parranda pa’ proponerme
a mí un negocito muy bueno.

Todas las noches yo vi pasar
billetes verdes en cantidad,
muchas mujeres, mucho aguardiente
y que vida fácil sin trabajar.

El tipo gordo me convenció
de que sembrara en mi cafetal
una semilla que me haría rico
sin siquiera regarla.

Ese demonio cultivo, cultivo mono.
Ellos ponen la semilla y yo el abono.
Empecé a sembrar
y me empecé a llenar de billetes
que me gastaba en parranda.
Contraté un chofer
y me compré un último modelo
de gran estilo y tamaño.

Hasta que un día nos metieron presos
Al tipo gordo, al chofer y a mí.
No te preocupes, me dijo el tipo,
que ese problema lo arreglo yo.

A la semana al tipo le dieron
los tribunales la libertad.
Y hace tres años que estoy preso
por la maldita semilla.
Ese demonio cultivo, cultivo mono.
Yo estoy cumpliendo condena del abandono”.

Luego, y pasado este decenio, llegó el cultivo de la otra yerba; la coca. Esta que permitía el trance en los rituales de los primitivos ancestros, hasta la tecnificación con el proceso de la producción de la pasta de cocaína. La bonanza marimbera tuvo una corta y próspera vida, fue la ventana a esta nueva etapa que ya lleva cuarenta interminables años de daños y que algunos administradores del gobierno se jactaban de decir que la economía colombiana era la más estable del continente. Claro, la más estable y rentable del continente, por el lucrativo negocio de la exportación de la cocaína.

Ya llevamos cincuenta años de completo fracaso, de aquella frase que, hipócritamente llamaba Nixon: “La guerra contra las drogas”. Lo único claro para Colombia es que el negocio de la droga continúa con buena salud y prosperidad, con consumidores y productos que no merman de aumentar y diversificarse: de la mariguana de los setenta, la de los hippies y marginados sociales hasta la nueva sustancia milagrosa, al “pase” de coca y heroína de los ejecutivos y yuppies en los clubes, fiestas de alto turmequé y oficinistas prolijos.

“La guerra” que dice librar la administración de turno ha estado centrada en los eslabones más débiles de la cadena de producción: así,  los campesinos cocaleros y los vendedores al menudeo, mientras que se mueve libremente el negocio multimillonario controlado por organizaciones criminales transnacionales que como pocas se benefician de la globalización y desregulación del sistema financiero internacional, el lavadero eximio de capitales sucios —droga, contrabando, comercio de seres humanos…—.

Luego los discursos, esa retórica maloliente de los políticos de oficio “medrando” cifras, maquillándolas para hacer creer que se está combatiendo le negocio de la droga, pero no el hambre en los lugares olvidados de la geografía colombiana. Esa tierra del olvido, como dice la canción del juglar vallenato.

Es palpable que la violencia y la corrupción que por años han destruido la sociedad y menguado considerablemente la economía colombiana; ha alimentado un capitalismo salvaje, y tienen su sustento principal en las drogas. Y así ha conformado un gran obstáculo, aunque no el único, para que la convivencia democrática se imponga finalmente en un país que está hasta el cogote de corrupción y se ha debilitado por la violencia crónica, compañera inseparable.

Para colmo de males, es que ya no somos campeones en la producción, padecemos un crecimiento enorme del consumo interno. La problemática nos fue ajenas durante lustros, ahora la tenemos en la casa. Un grave problema de salud pública que no se le ha dado la atención debida, un asunto ajeno, es una fuente creciente y próspera de criminalidad urbana alimentado por el microtráfico criollo.

Una administración seria debe tener un compromiso ético y enfrentar la situación del aumento del consumo interno, en especial entre los jóvenes, darle la categoría de amenaza a la salud pública. Se puede combatir con campañas permanentes de educación, no con paños de agua tibia, con titulares rimbombantes, con cifras maquilladas que reflejan la “considerable disminución del consumo”. Es urgente que los colombianos seamos conscientes de la gravedad del consumo y lo que genera toda esta problemática: criminalidad, muerte y corrupción.

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