Ciudadanía global: un sentido a desarrollar

Por: Juan Almagro, PhD
Universidad Almería, España

Tras más de año y medio del inicio de la pandemia que ha afectado a millones de personas en el mundo, quizá sea hora de preguntarnos qué aprendizajes han emergido entre la ciudadanía. Podríamos partir de cuestiones como: ¿somos personas más responsables?; ¿más empáticas?; ¿éticamente mejores y más preparadas?… Vaya por delante, en relación a estos interrogantes, la dificultad y el riesgo que supone hacer un análisis global de todos y cada uno de los lugares del planeta afectados por dicha crisis pandémica; no obstante, si existe un denominador común a este respecto, es que debemos rescatar, repensar y enfatizar un concepto clave: me estoy refiriendo al concepto de ciudadanía global.

Hace un par de años escuché a un colega de profesión definir la ciudanía global como un sentido más; un sentido, decía, que tenemos cohibido y que debemos aprender a desarrollar, con el objeto de mirar y entender la realidad más allá de nuestro propio entorno. Aquella “definición”, tan abstracta, y a la vez tan precisa, me hizo reflexionar sobre la complejidad que envuelve un concepto difícil de acotar, precisamente porque si lo hacemos empobreceríamos su significado y también su significante, y perderíamos una visión amplia de lo que implica ser y ejercer como una ciudadana o un ciudadano global. Volviendo al símil sensorial, quizá una forma de no reducir el contenido de ciudadanía global a cualquier definición que pueda desproblematizarla, sería vincularla a la perspectiva educativa: a enseñar a mirar el mundo que tenemos; un espacio predecible e impredecible, que, a pesar de todas las contrariedades que nos ofrece, nos permite comprometernos para deconstruirlo y transitar hacia un lugar más libre, diverso y equitativo.

La vorágine vivida durante este último año y medio ha supuesto un antes y un después en nuestras vidas; como también lo han sido -y siguen siendo- otros acontecimientos que han marcado –y continúan haciéndolo- la historia de la especie humana: conflictos bélicos; crímenes financieros; machismo a raudales; homofobia desmesurada; odio e invisibilidad de colectivos minoritarios… ¿Alguien en su sano juicio puede imaginarse una escuela que continúe perpetuando aprendizajes inútiles y dejando de  lado problemas socialmente relevantes asociados a estas barbaries? ¿Hasta cuándo vamos a seguir perdiendo el tiempo con contenidos desfasados y desvinculados de la realidad social de la que las instituciones educativas forman parte?

Hablar de ciudadanía global, en este sentido, implica problematizar la educación; significa apostar por espacios educativos que contribuyan a que las personas, en su proceso de socialización y de enseñanza y aprendizaje, adquieran una conciencia crítica que les permita entender la complejidad de los fenómenos que les ha tocado vivir, y, fundamentalmente, a saber que también cuentan con herramientas para participar y ser dentro de ese mundo complejo y diverso, en el cual pueden influir con sus comportamientos y actitudes en sus entornos más próximos, con el fin de modificar y avanzar hacia un mundo socialmente más justo. 

Este enfoque del concepto ciudadanía global alude a la capacidad que tenemos los seres humanos para incidir políticamente en el espacio más próximo. Porque, también es hora ya, de que planteemos la política en las escuelas como algo transversal en nuestras vidas; una política que deje –de una vez por todas- de ser reducida a cuestiones de partidos, y que se centre en fomentar la actuación social desde un prisma crítico y de responsabilidad ciudadana.

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