Energía eléctrica: business as usual

Por: Juan Almagro, PhD
Universidad de Almería, España

Cuando la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) estableció los criterios y sentó las bases para que la educación financiera comenzase a tener visibilidad en las escuelas, lo hizo con la intención de utilizar su Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos (PISA) y medir así la eficacia de sus directrices. Se me ocurren varios símiles al respecto: podríamos, ahora que estamos en tiempos de Eurocopa y Copa América, comparar esto con querer sacar el córner y, a su vez, rematar a portería; o con la versión culinaria –y socorrida- del Juan Palomo, en la cual, ya se sabe, yo me lo guiso y yo me lo como. En fin, qué mejor evaluador para un proyecto de la OCDE que la propia OCDE, debieron pensar, con tal de facilitar el proceso de imposición de contenidos que quería este organismo económico y quienes se cobijan tras él. En el fondo, no iban mal encaminados: en el caso del Estado español, los resultados que arrojó PISA en 2012, 2015 y 2018, sirvieron para consolidar una educación en finanzas que nunca pasó de aborregar al alumnado con pamplinas hipotecarias, solicitud de créditos inútiles y coqueteo con planes de pensiones privados. Neoliberalismo en dosis industriales, bajo la batuta de un profesorado que vio en aquello la innovación educativa que necesitaba la Economía en las escuelas.

Pero más allá de los contenidos que la OCDE y la Banca establecían como condición sine qua non para amoldar la educación financiera a su imagen y semejanza, alguien de la propia OCDE, quizá por tratar con cierto disimulo el mayor de los descaros, consideró preciso medir en las evaluaciones internacionales que se repetían cada tres años, la capacidad del alumnado para leer una factura de la luz. En España, por ejemplo, sorprendió soberanamente que, según los mamotretos e informes de evaluación de PISA –en 2012, y, posteriormente, en 2015- sólo una/o de cada cinco estudiantes sometidas/os a dichas pruebas no fuese capaz de comprender el galimatías que incluía la mencionada factura eléctrica. Incluso así, la OCDE, haciendo uso de su versión más catastrofista, enfatizaba con ahínco en este dato, sin detenerse a pensar –o quizá sí- que, si una/o de cada cinco no entiende el papel de marras, significa que cuatro sí lo hacen. Pero todo valía con tal de que la educación financiera se consolidase y convirtiese en la asignatura más cool del alumnado en su periplo escolar.

A pesar de aquel pesimismo que trataba de enmascarar una dicotomía claramente favorable a quienes realizaron con éxito el análisis del desglose de la factura, es muy probable que, entre esas/os jóvenes, incluidas/os quienes veían ese papel como quien lee un jeroglífico, surgiese un pensamiento común: el precio desorbitado de la electricidad. Llegados aquí, quizá se preguntaron por qué pagar aquellas cifras tan elevadas por un derecho básico y esencial para vivir dignamente, y qué o quiénes tienen la capacidad para detener ese abuso y poner cordura en toda aquella sinrazón.

Como en dar respuesta a esto no pensó la OCDE y su programa de finanzas en educación, es posible que, a día de hoy, quienes cursaban la Educación Secundaria vean cómo las compañías eléctricas, aquellas que aparecían en los membretes de las facturas que quizá les tocó estudiar y analizar, han incrementado sus beneficios sustancialmente, entre otras razones porque el precio de la electricidad no ha cesado de subir; es probable que vean cómo muchas personas han empezado a adaptar sus horarios para poder usar ciertos electrodomésticos y evitar así sobresaltos en la próxima factura, o que en otros casos, ni siquiera se hagan cálculos de horarios, porque es inviable usar la lavadora o el aire acondicionado; es muy posible, en definitiva, que no dejen de preguntarse por qué las compañías eléctricas han tenido barra libre durante todos estos años…

Quizá, no obstante, alguien se siente a su lado y les explique que ese incremento desmesurado se debe al precio del petróleo; una respuesta que siempre suele apaciguar las dudas de quien pregunta. Aunque también podría hablarles de la falsa competencia que esconde un oligopolio formado por tres grandes compañías eléctricas que se reparten un pastel inmenso, y que, en las famosas subastas de energía, si les place se venden a sí mismas la electricidad que luego comercializan al precio que les viene en gana. Y ya puestos, en medio de este oscuro panorama, tan paradójico cuando hablamos de la luz, también se les podría explicar que sólo algunas puertas giratorias y consejos de administración permanecen iluminados, como una pasarela que sólo unos cuantos están llamados a cruzar.

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