Salud mental: modifiquemos la mirada

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

A ninguna persona con cierto raciocinio debería costarle entender que la situación pandémica mundial ha tenido una significativa incidencia en la salud mental de la población. Nada más lejos de la realidad, lamentablemente.

Desde que comenzaron los contagios, las muertes y las medidas adoptadas para paliar una situación, hasta ahora inusitada, no han sido pocos los estudios que han puesto el foco en indagar qué consecuencias está teniendo esta espiral tan compleja en los trastornos mentales. Someramente, las conclusiones a las que apuntan dichos estudios indican que no sólo las personas con diagnóstico previo de trastornos mentales han presentado un aumento significativamente superior de los signos de la ansiedad, la depresión y el estrés agudo durante la pandemia, sino que, de la misma forma, la situación también ha alcanzado a quienes creían haber encontrado una especie de bálsamo de Fierabrás en sus vidas, sin –aparentes- problemas previos de esta índole.

Pues bien, a tenor de lo que todavía sucede en algunos espacios sociopolíticos, da la sensación de que quienes sufren y se encuentran en este escenario son personas que desvarían o que simplemente tienen ganas de llamar la atención con sus berrinches. En el Parlamento español, por ejemplo, no hace mucho que cuando un diputado alertaba sobre la llegada de la ola de salud mental que avanza paralela a la pandemia e incidía en que la atención psicológica fuese reconocida dentro del sistema público de salud para atender a quienes se encuentran en tal situación, otro diputado de la derecha –otra vez; ¡están en todas!- ridiculizaba su discurso con un desafortunado y grosero “¡Vete al médico!”. Otro caso, este más reciente, lo hemos conocido cuando la tenista Naomi Osaka ha tenido que abandonar Roland Garros por la ansiedad que le provoca atender a la prensa. Es verdad que, afortunadamente, la gran mayoría de compañeras y compañeros del mundo del tenis han empatizado con ella, pero, nuevamente, surge el comentario que deja en un segundo plano el problema. Esta vez con la respuesta de Rafael Nadal; otro tenista de élite, pero en este caso aficionado en compañerismo, que vino a explicarle y recordarle a la buena de Naomi – primera mujer asiática en conseguir el primer puesto en la WTA-, la obligatoriedad y relevancia de las ruedas de prensa en el deporte profesional. Él entendía su caso, pero ella debía entender quesin esos medios de comunicación las y los deportistas profesionales no serían quienes son. Quizá no se dio cuenta, pero con su respuesta, Nadal no sólo se estaba marcando un mansplaining, sino que a la vez estaba negando, implícitamente, el problema de salud mental al que se enfrenta otra persona, compañera de su gremio, en este caso. Y es que hay momentos y situaciones en los que las palabras no admiten peros ni matices.

Sendos ejemplos implican responsabilizar y culpabilizar a la víctima de su dolencia; incluso regodeándose en ello, con mayor o menor grado de explicitación. Pero tampoco vayamos a pensar que esto sólo sucede cuando los medios de comunicación nos lo muestran. Y es que, si miramos a nuestro alrededor con las gafas adecuadas –qué necesarias son-, no dejarán de sorprendernos la cantidad de situaciones en las que se ridiculiza e infravalora a quienes muestran algún síntoma de trastorno mental. El cine, las series, la literatura o la música son, también, espacios en los que -afortunadamente no siempre- se ha parodiado la vulnerabilidad de estas personas, restando importancia y almibarando sus problemas y realidades.

Sin embargo, paralelamente –y también paradójicamente-, tenemos mayor capacidad para reconocer nombres de medicamentos vinculados a tratar estos trastornos. De la misma forma que se nos pone en bandeja soltar la risa fácil ante un contexto de este calado, también se nos ha ayudado a familiarizarnos con palabras como: Lorazepam, Valium, Diazepam, Orfidal o Trankimacin. Y lo hemos hecho, principalmente, por dos razones. En primer lugar, porque es evidente que estos nombres están cada vez más presentes en nuestra vida y/o entorno social, ergo los problemas y trastornos mentales a los que se vinculan, también.  Preguntémonos, en este sentido, por qué no estamos tan alerta con otros fármacos con los que se tratan otras dolencias que de la misma forma afectan a buena parte de la ciudadanía. En segundo lugar, porque nos han hecho creer que sólo en estos ansiolíticos se encuentra la salida a los problemas de las y los pacientes que sufren ansiedad, estrés o depresión. Es decir, ahí está de nuevo el bálsamo de Fierabrás: tómate una pastilla y sé una persona positiva, porque el mundo no acepta que enfermemos, seamos frágiles y que no emprendamos o luchemos por nuestros sueños. Y es que tampoco nos damos cuenta de la actitud excluyente que representa esta positividad tóxica para con quienes se encuentran atrapadas y atrapados en un lugar frío y oscuro, del cual se tienen más probabilidades de salir cuando exista empatía entre personas y un sistema de salud público y universal que de una vez por todas se tome, con el rigor que merece, la salud mental.

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