La vileza de los genocidas y los reconocimientos tardíos de sus atrocidades

Por: Jacqueline Murillo Garnica (PhD)
Colombia

De los genocidas, nos quedan varios retratos. Unos, el hombre que materializa todo su poder con sevicia y odio, con cierto placer en la naturaleza de los otros, en los cuerpos de sus víctimas, en su dolor. Y otros, la imagen del hombre altivo detrás de un estrado y aduciendo que su poder era necesario para el bien de la nación, de los principios de la patria. También les tengo este retrato, un hombre detrás de las rejas con vestido de reo, o como se han visto a algunos genocidas ya decrépitos y con Alzheimer, sordos, en sillas de ruedas y con un sinnúmero de limitaciones, como las fotografías que vimos de Pinochet en las primeras páginas de los periódicos.

Las imágenes de los horrores causados por los genocidas han sido testimonios de sus ignominias. La lista a través de la historia es larga y por todos los continentes del planeta. No voy a referirme a los genocidas del reciente siglo pasado; Stalin, ni a Hitler, tampoco a Ho Chi Minh, a Trujillo, por ejemplo. Pero si puedo referir que han tenido elementos comunes, como su origen, sus complejos y la forma de apropiarse de ellos, en cierta forma su acción de venganza.

La reciente fotografía del “Carnicero de los Balcanes” en los periódicos anunciaban la sentencia del tribunal de La Haya, a cadena perpetua al exjefe militar serbiobosnio, Ratko Mladic, condenado por genocidio, crímenes contra la humanidad y crímenes de guerra perpetrados durante la guerra de Bosnia (1992-1995). El exgeneral había apelado la condena de 2017, y entre otros delitos, su papel en la masacre de Srebrenica (1995), la peor desde la Segunda Guerra Mundial. Esta vez si hubo justicia, aunque 26 años tarde.

Las imágenes de la época lo muestran dándole dulces a los niños antes de que estos y las mujeres de Srebrenica fueran retirados del sitio, mientras los hombres eran ejecutados en un bosque. El exgeneral se defendía diciendo que se vio arrastrado por las circunstancias a ese conflicto que causó alrededor de 100.000 muertos y más de dos millones de desplazados. Las posiciones geográficas son lejanas, pero las coincidencias se reiteran en la historia de nuestros países.

Contrastan las fotografías de los horrores de los genocidas, con la reciente de Macron. Hace poco en un gesto, aunque parezca tardío, el presidente de Francia pedía perdón en Kigali, la capital de Ruanda, por las omisiones causadas en el genocidio de Ruanda en la época en que Francois Mitterrand era el primer mandatario de Francia. El ejercicio del buen gobierno también se extiende a pedir perdón, a ser humildes. Solo el dictador se limita a dar órdenes y sus lacayos las cumplen. La obligación de un gobernante también consiste en saber de dónde viene y para dónde va en el transcurrir de la historia.

Es menester de todo gobernante buscar las oportunidades del futuro, no se trata de ocultar las equivocaciones ni tampoco soslayar las faltas del pasado. Convocar sería entonces lo más sano y corregir el rumbo perdido. Los desdenes del gobierno colombiano ante las graves circunstancias de desigualdades económicas y sociales, y los desmanes causados por la misma administración, encarnada en la fuerza pública, contra sus ciudadanos, se han convertido en el telón macabro que ha cobrado más de 100 víctimas. Esto, desde el mes de abril hasta la fecha, es decir, solo en las marchas y las protestas, algunas pacíficas otras artísticas. No sumemos aquí los desaparecidos de este año, como los líderes sociales que ya pasó la cifra por 200 víctimas.

Vuelvo al presidente de Francia: dijo Macron que ahí estaba de pie, con respeto y humildad, al lado de los presentes, y que había ido a reconocer la magnitud de las responsabilidades de Francia en la forma como se desarrollaron los acontecimientos del genocidio que acabó con la vida de más de ochocientas mil personas de la etnia Tutsi, lo mismo que la de moderados de la etnia Hutu, por parte de hordas y milicias de ésta última, entre abril y julio de 1994, en ese país.

Si bien a Francia le cabe responsabilidad por omisión ante los hechos que pudo advertir, no participó, ni tampoco prestó colaboración alguna en los actos del genocidio. Fue esto lo que justamente Macron reconoció y sin perjuicio de que falte por establecer si muchos responsables de tales atrocidades, que viven hoy en Francia, sean llevados a la justicia. Estos actos como los del mandatario de los franceses, evidencian condiciones indispensables del buen gobernante. Saber enmendar los yerros propios y de los que lo antecedieron, como Miterrand. Ese coraje es también la grandeza de un gobernante en ser contundente y en ser capaz de corregir a tiempo para evitar los horrores de un genocida.

Todavía estamos a tiempo y puede bajarse de su pedestal, presidente de Colombia.

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