La mama paila

Por: Marisol Cárdenas Oñate
Ecuador

Cuando aún escucho la voz de María me viene a la mente su dulzura: siempre viendo al horizonte con esperanza, manos llenas de ríos surcando sus músculos de poderosa lavandera y su sazón.

Hay todo un aprendizaje a través de los sabores. Esos son el territorio más delicioso que nuestros viejos nos heredan: enjambres de papilas gustativas entrenadas para recordarlos.  El sinónimo de abuela es sin duda sabor.  Los ancestros viven en la sinestesia.  De pequeños pensamos que los caramelos son un placer supino, quizás algo así es el cielo gastronómico que acoge y embarra a esas almas de dulzor para olvidar tantas nostalgias de la vida. Sólo así, tal vez y si hay retorno, se les permite que vuelvan a ser niños.

La materialización de esta herencia para mí han sido las pailas: vientres de metal que albergan maíz, harinas, y tantos y tantos cocimientos que secretean creatividad femenina en su tizne o despostillo; una de aluminio la heredé de mi abuela paterna cuando fui a Guaranda, luego de que sus directos herederos seleccionaron lo más valioso, y a la paila la habían dejado arrinconada por ahí y a la intemperie. Sin embargo, para María, la paila era su único bien material, el más preciado. Yo la había heredado de mi tía Mati, quien a su vez la obtuvo de su tía Rosita, y ésta de su madre Panchita, y quién sabe cuántas más cocineras de linaje habrán impregnado en ella su firma.  

Cerca de un año antes, en ella se hizo el ritual de celebración de la cosecha, la fanesca. Es una especie de sopa a base de granos y frutos de los parajes andinos que van entrando a la paila con cierto orden, y que antes habrían sido pelados y hervidos. En la época de mi abuela esta actividad se realizaba un día antes, entre conversa y conversa las mujeres pelaban, reían, y atendían a los guaguas a la vez, me decía María.  Pero esa paila albergaba un tanto más.

Aquella Semana Santa, tiempo en que se elabora la fanesca, la abuela le dijo a María, su fiel empleada, que preparara la fanesca para toda la familia, como ya era tradición. Esa mañana madrugó a la vertiente donde lavaba la ropa. Como siempre, la agenda la organizaba ella y ese día decidió utilizar su carretilla para acompañarse de esa paila de cobre. Así no tendría que estar poniendo “pite pite agua” en un pondo tan grande donde cabían una docena de litros de leche, ingrediente con el que se cocinan los granos. Salió a las cuatro de la mañana, antes que apareciera el sol, para aprovechar también bañarse a gusto y regresar ropa, mujer y paila, limpias. A esa hora además se reunía con otras cholitas para hacer la faena más alegre. Esa noche no había salido la luna, pero igual, como ella conocía bien la ruta, puso el miedo a la espalda junto a los atados de vestidos y siguió su camino, no obstante sentía que alguien la seguía, más las veces que volteó a ver apenas se movían los arbustos y pensó que sería alguno de los perros que siempre le acompañaban. Al llegar también le llamó la atención que no habían otras mujeres en el lugar, pero ella era arrojada y se propuso avanzar a su faena. Cuando estaba lavando la paila, de repente observó una cara haciéndole muecas reflejada en su panza y una voz ronca diciendo su nombre; tanto fue el susto que de un esfuerzo viró la paila y se metió dentro de ella. Hubo un silencio que aprovechó para pensar y armarse de valor y dijo: “cualquier cosa que seas, si te atreves, abre la paila si puedes, y con la misma paila te daré”.  Pasó un bien tiempo, y después oyó unas voces… ya eran las mujeres que se les habían pegado las sábanas, y entre sonrisas de picardía, mientras se acomodaban le decían: “se te apareció la Caja Ronca, (una versión del Chusalongo  ese espanto que dicen toma a las mujeres del río y las deja embarazadas), sólo que no contaba con tu mama paila”. Por eso, quizás, ella era tan apegada a sus asas.

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