Trabajos

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

Hace unos días, compartiendo unos vinos con gente a la que llevaba tiempo sin ver, surgió una conversación referida al mundo laboral. Comentábamos la capacidad que tenemos los seres humanos para convencernos de que si nos sentimos realizados en nuestro espacio de trabajo seremos más felices. Una mentira bien urdida, que ha permeado profundamente el ámbito social en el que nos encontramos.

Trabajar. Recuerdo, cuando era un adolescente imberbe, un anuncio que publicitaba una conocida compañía de seguros. Decía algo así como: “La vida es nacer, crecer, estudiar, trabajar…”. Después, se simulaba que aquel trayecto era como un puente que nos conducía hasta una jubilación hedonista, representada tras un ventanal enorme con vistas al mar. Aquella reflexión estaba acompañada de una melodía melancólica, lo cual producía cierta sensación de calma, y a la vez de reto. Hoy me parece de una psicopatía mórbida. Si se lee con otras gafas, lo que aquellos publicistas venían a decir es que para alcanzar la tranquilidad en la senectud debemos de cruzar un terreno escarpado y lleno de obstáculos, del cual no podemos desviarnos ni mucho menos distraernos con cuestiones referidas a decidir cómo y en qué emplear nuestro tiempo, dedicándolo por ejemplo, si nos da la gana, a mirar las musarañas durante horas, a ser improductivas e improductivos, pues la vida es lineal, así que no se te ocurra mear fuera del tiesto o correarás el riesgo de quedar fuera del juego; o lo que es peor: que te etiqueten como un vago, rojo y comunista.

Afortunadamente, hay precedentes que sostienen que quedar al margen de ese círculo vicioso, y ser definido como tal, no resulta tan diabólico. En cierto texto relevante, pero con poca repercusión (La ideología alemana), Marx y Engels afirmaban y reconocían la posibilidad de que las personas se dedicasen a hacer una cosa hoy y otra diferente mañana: dedicarse a cazar o pescar por la mañana, a criticar por las tardes y a apacentar el ganado por las noches, todo ello sin la necesidad de que siempre sea igual ni de que quien hace esto sea exclusivamente definida como alguien que caza, pesca, critica o pastorea, según cada caso. En su ensayo Capitalismo canalla, César Rendueles, lejos de interpretar esta reflexión como un desvarío de dos románticos aquejados de desorbitada ingenuidad, hace un análisis lucidísimo al respecto, incidiendo en un planteamiento del trabajo como una realización de tareas necesarias para subsistir, que con el devenir de los siglos el sistema capitalista deformó y transformó en un monstruo que ahora nos devora, como Saturno lo hizo con sus hijos.

Pero no sólo se ha deformado el concepto trabajo desde un punto de vista sociológico. Antropológicamente, las sociedades o tribus cazadoras-recolectoras anteriores a la revolución neolítica dedicaban apenas dos o tres horas al día al trabajo productivo, estableciendo, además, ciclos en los que trabajaban uno o dos días, seguidos de uno o dos días de descanso. A día de hoy, en la mayoría de los trabajos asalariados, esta idea resulta impensable. No es nada extraño desayunar cada poco tiempo con nuevos estudios que reflejan que no sólo trabajamos más, sino que además lo hacemos en peores condiciones. La precarización laboral a la que se enfrentan muchas personas no puede ser considerada como un criterio que potencie el crecimiento y enriquecimiento –laboral y personal- de cualquier ser humano. Cuando firmamos un contrato laboral, deberían advertirnos de la coerción y la servidumbre a la que nos veremos sometidas y sometidos por un tiempo definido o indefinido. En realidad, la visión etimológica que ofrece la propia palabra –trabajo- nos remonta hasta la antigua Roma, cuando los esclavos eran atados, vejados y torturados en una especie de aspa formada con tres estacas. El latín popular se refería a este yugo como tripalium; el término del cual proviene el concepto trabajo.

Al menos en este sentido, es evidente que existe cierta disociación entre lo laboral y la realización personal. Claro que es viable que seamos felices haciendo algo que nos gusta y que nos mantiene activas y activos, mental y profesionalmente; sin embargo, el espacio y/o la esfera que envuelven esas acciones deben estar en constante proceso de revisión. Porque, sí, es posible que algún día alcancemos y crucemos ese puente hacia nuestra jubilación, pero, ¿a qué precio?

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