Historias que contar

Por: Esthela García M.
Docente, Azogues (Ecuador)

La vida diaria de una docente antes de la  pandemia

Lunes a las cinco de la mañana se levantaba, para preparar su día.  Debía dejar las cosas del almuerzo listas, para sus tres hijos, verificar sus uniformes, preparar el desayuno básico para ellos, ordenar un poco la casa, quitar todas las cosas que usó para hacer material didáctico,  y que quedaron sobre la mesa del comedor. 

A las seis despertaba a sus niños, uno en el colegio y dos aún en la escuela. les insistía que se aseen que se vistan, que desayunen. Ellos discutiendo entre sí por tonterías hacían somnolientos lo que su madre les indicaba.

A las seis y media salían todos de la casa, en tres caminos diferentes, los dos niños a la escuela el mayor al colegio y ella a la parada del bus para ir a la escuelita en una parroquia rural cercana a la ciudad, llevaba un gran bolso con la computadora portátil, una funda con el material elaborado la noche anterior. y su cartera  llena de lápices, marcadores, borradores, etc.

A las siete y quince más o menos, dependiendo de la velocidad del bus,  estaba en el salón de clase  esperando a sus niños, un grupo de veinticinco pequeñines de segundo grado de educación general básica,  que iban llegando paulatinamente hasta casi las ocho de la mañana, unos llegaban solos, otros con sus hermanos o sus padres.  con casacas acolchonadas por el frio, gorros de lana, mochilas repletas de libros y cuadernos. las mejillas coloradas por el frio.

La clases empezaban con un juego, los niños se abrigaban y reían, poco a poco empezaba la lección de lenguaje, reconocer las letras, dibujarlas,  repetir palabras con ellas, dibujarlas,  luego iba un cuento que pone énfasis con la letra del día, algún color o estado de ánimo, una moraleja, una lección, seguía luego la conversación de todo eso, y la tarea en clase que los niños hacían con su vigilancia.

Antes del receso hacía que se alimenten con lo que habían traído de la casa o que vayan a comprar en el bar,  pedía que fuesen al baño y orinaran quienes tenían ganas de hacerlo, siempre iban de dos en dos. En el recreo  ella pretendía que jugasen juntos, uno que otro poco sociable o el peleón de la clase iba solo por ahí con su compinche. Ella tomaba sus manos y se inventaba juegos con ellos procurando que los niños más grandes no tropiecen con ellos.  Terminaba el receso exhausta y le dejaba una hora con el profesor de educación física o aprendiendo en movimiento. Hora en la que ella podía tomarse una jugo o una taza de café, para ese momento su figura antes acicalada mostraba las huellas del ajetreo del día, el ruido de los niños en el recreo aún retumbaba en sus oídos.

De vuelta en el aula empezaba la clase de aritmética con un juego que involucra los números, saca de su gran funda los elementos del material didáctico que había hecho la noche anterior, sobre la mesa de comedor en su casa, después de darles la merienda a sus niños.  Los pequeños aprendían de forma lúdica y reían, ella hacía voces y les contaba historias con los números, unos que otro también quería contar su historia, había otro que lloraba porque no se le ocurría nada, ella lo consolaba, secaba sus lágrimas y limpiaba sus mocos, lo abrazaba.

Cerca al medio día  escribía la tarea de ese día en el pizarrón y pasaba  por cada banca viendo que lo copiaran de forma correcta, y que puedan realizarlo en sus casas.

a las doce y media les despedía sacudiendo la mano desde la puerta, recogía al apuro sus cosas y se apresuraba por la carretera a tomar el bus de regreso a la casa.

Cuando llegaba a la casa, a veces su hijo mayor ya había puesto a calentar el almuerzo y los pequeños se sacaban el uniforme, siempre discutiendo entre ellos, contándose sus anécdotas del día.  Almorzaban  con cierta algarabía, y limpiaban la cocina entre los cuatro, cuando para todos el día había sido bueno.

Ahora ella  la antes maestra empezaba a ser mamá,  dejaba que sus niños descansen un rato, lo hacía ella también, veía algo de televisión, mientras ellos jugaban y el mayor se encerraba en su cuarto.

Cerca de las cuatro de la tarde  los acompañaba en sus tareas,  mientras ella empezaba a hacer sus planificaciones del día siguiente, sentados en la mesa del comedor a falta de escritorio, todos trabajaban en lo suyo y le pedían ayuda a ella cuando algo no entendían. La rutina de las tardes era casi siempre así, cuando no sucedía algún imprevisto o ella salía  por alguna diligencia, hasta entrada la noche.  Calentaba lo que sobró del almuerzo se inventaba algo para completar, merendaban. Los pequeños veían un poco de televisión o jugaban en la sala,   ella preparaba su material para el día siguiente, el mayor se encerraba en su cuarto.

Cerca de las nueve de la noche hacía que se aseen y se acuesten los pequeños, a veces el mayor le ayudaba en elaborar sus materiales, o viceversa, mientras conversaban.  Ella tenía miedo que éste entre en la adolescencia y que la rebeldía se hiciera presente a causa de la falta de una figura paterna, trataba siempre de saber lo que le pasaba, de estar cerca para él, de comprenderle.

Cerca de las once de la noche, se iba a dormir cansada casa día, pero satisfecha de su trabajo, de su día.

La vida diaria de una docente en pandemia

Lunes se levanta a las seis de la mañana,  desayuna, deja listos los ingredientes para  preparar la comida. Enciende su teléfono celular que lo había apagado durante la noche, y enseguida escucha el tintineo peculiar de los mensajes, uno tras otros.  esa mañana habían sido solo treinta y cinco mensajes de los padres de sus  estudiantes, desde las nueve de la noche  cuando lo había apagado.

La mesa del comedor está dispuesta para dar clases, detrás de ella afianzado en una vitrina que usaba para guardar la loza, estaba apoyado un pizarrón.  La computadora portátil siempre abierta para empezar las clases a las  siete, hora en la que daba su primera clase, por que su hijo mayor tenía la suya a las ocho y tenía que dejarle la computadora, sobre todo en la asignatura de matemáticas porque el profesor es más exigente.   El mayor les coloca en diferentes puntos de la casa un celular  a cada uno de sus hermanos para que puedan ingresar también a sus clases.  ella tuvo que invertir en estos celulares, porque con una sola computadora no abastece para los cuatro, a veces el internet también falla, porque su plan es el básico, el que más se ajusta a su presupuesto.

No puede hacer que los niños jueguen con ella durante la clase, en reiteradas ocasiones pide a los padres que los acompañen durante la misma, porque los niños se distraen. Usa el pizarrón, les comparte la pantalla con videos animados, que consigue en internet o que elabora ella misma.  Trata de que le atiendan, mientras  está pendiente también de las clases de sus hijos.  Uno que otro de sus alumnos llora o deja la cámara encendida y se va,  escucha la impaciencia de los padres de éste.  No hay juegos, ni camaradería, ni receso.  No se puede tener a los niños más de una hora frente a la pantalla de la computadora o de un celular, así que la clase termina cerca de las nueve, hora en que su hijo vuelve a utilizar la computadora y ella se apresta recibir las llamadas y mensajes de los padres de sus estudiantes, preguntan ellos cómo tienen que hacer la tarea, le mandan fotos de la tarea a medio hacer.  Justifican la inasistencia a la clase virtual porque los hermanos usaron ese momento el celular, o porque se quedaron sin internet, porque se les dañó el celular, porque alguien de la familia ha contraído el virus; mientras vigila a sus hijos en las clases de ellos según el horario  de cada uno que está pegado en la pared de la sala.

Prepara con más calma el almuerzo, y almuerzan en silencio, agotados, como si algo les hubiese robado la sonrisa, no hay anécdotas que contar a la hora de la comida. Limpia la cocina en silencio, los pequeños a veces juegan y el mayor se ha vuelto huraño y se encierra en su cuarto cada vez que puede.

En horas de la tarde se sienta en la mesa de comedor cuya mitad se ha convertido en  un escritorio permanente,  empieza a planificar su clase del día siguiente,  pero no se concentra porque  recibe constantemente las fotos de las tareas que le envían sus niños, las revisa y les contesta el mensaje con alguna observación o corrección para que los padres le orienten en el desarrollo de esas tareas. Registra la presentación de las mismas con la nómina de los niños,  si alguno no ha justificado la inasistencia a la clases, llama al representante para averiguar qué ha pasado.  Y si al final de la tarde algún estudiante lo le ha enviado la tarea, también llama para recordarle. A veces su insistencia es bien recibida por los padres, otras no tanto. 

Mientras  revisa las tareas de sus hijos, y envía también la foto a sus respectivos docentes, averigua si el mayor las ha cumplido ya, éste siempre malhumorado se limita a mover la cabeza en afirmación. Ella sigue recibiendo mensajes de los padres de los niño, bien con las correcciones de la tareas o recién enviando las tareas atrasadas.

Su teléfono celular se colapsa con facilidad, tienen que pasar todos los archivos a la computadora para no perderlos, una vez que lo limpia, cerca de las nueve de la noche lo apaga, y se prepara para acostar a sus niños, conversar con ellos un momento antes de que se duerman, el mayor se vuelve a encerrar en su cuarto, protesta por el encierro, se reniega.

Ella enciende el televisor y ve las noticias de contagios, hospitales colapsados,  indisciplina de la gente,  ve como los políticos juegan con la vida y la salud del pueblo, por dinero. Se deprime y lo apaga. 

Cerca de las once de la noche, se va a dormir cansada, le duele la cabeza, los ojos, el tintineo del celular  amenazaba con  perforarle el oído por eso decidió apagarlo máximo a las diez de la noche, porque dejarlo en silencio es lo mismo, y le causa más ansiedad. Pese al gran esfuerzo que hace en casa todo el tiempo, siente que su trabajo no está completo, no está satisfecha.

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