Dentro de cien años

Por: Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista, Islas Canarias

Dentro de cien años, si alguien leyera estas líneas, quiero que sepa que las escribió un hombre que vivió unos fugaces instantes de eternidad una mañana de primavera de la segunda década del milenio bárbaro que empezó el 1 de enero de 2001. La calima difuminaba los contornos de los edificios de la ciudad del Sur donde el hombre vivía y desdibujaba el perfil de las lejanas montañas que se divisaban desde la ventana.

Puede que alguien dentro de cien años piense en aquel ancestro lejano que hará tiempo que dejó este mundo. Lo imagine fuerte y lleno de vida, escribiendo unas letras que le sobrevivirán y cuyo destino seguramente será permanecer olvidadas en la gaveta de una mesa para ser descubiertas casualmente por algún ocioso buscador de curiosidades domésticas, como esas cartas antiguas que se conservan en las familias y que al leerlas traen al presente el halo melancólico de unos tiempos y unas vicisitudes cotidianas de personas pertenecientes ya solo al pasado que, como bien dice Borges, “es la estación más propicia a la muerte”.

No pasó nada especialmente importante e insólito aquella jornada. Los periódicos trajeron las habituales noticias de catástrofes, accidentes y defunciones; también, el nacimiento de nuevos niños y niñas, que esa mañana iniciaban sus giros en la rueda sin pausa de la vida; la pandemia, que desde hacía muchos meses afligía a la humanidad, retrocedía en algunos países ricos y continuaba en pleno auge, incluso reavivada, en los lugares más pobres del planeta; las tormentas anegaron las mejores tierras de Pakistán, sembrando la ruina y la desolación en miles de personas; un atentado suicida se llevó por delante a más de sesenta desgraciados en cualquier ciudad de Oriente Medio; catorce muchachos y muchachas fueron apaleados en El Aaiún por la policía marroquí; volvían a aparecer restos de fusilados de la guerra civil española en una fosa común, al borde de una carretera muy transitada; el ejército del Estado genocida de Israel terminó de bombardear por enésima vez la ciudad de Gaza, después de haber asesinado a un montón de niños y destruido barrios enteros; veintidós personas vivas y cinco cadáveres fueron rescatadas por la Guardia Civil de una barca a la deriva en el Atlántico…

A pesar del calor pegajoso, inusual en la estación, el hombre salió temprano a pasear, en compañía de su perro, por un parque cercano a su casa. El jardín lucía solitario a esa hora, tan solo un par de operarios podaba los setos de schefleras, mientras otro regaba los parterres de uva de mar y lirios de los pantanos que crecían a ambos lados de los senderos de grava. Una ceiba frondosa ofrecía su sombra fresca y benéfica y el hombre se echó en el césped a sus pies, musitando unos versos de Horacio: “Huc vina et unguenta et nimium brevis / flores amoena ferre iube rosae, / dum res et aetas et sororum / fila trium patientur atra“. Nadie le trajo vino y ungüentos olorosos, pero poco más allá florecía un ameno rosal y Las Parcas no dejaron, ni siquiera en aquel momento tan quieto y apacible, de entreverar en su telar los hilos blancos y negros que conformaban el destino del ocioso paseante.

Al runruneo de las palomas allá arriba se unía el piar chirriante de los mirlos, el chasquido entrecortado de los gorriones y el arrullo tenue de los petirrojos. A su derecha un arroyuelo artificial entonaba su canción rumorosa y el hombre se estiró perezosamente en la hierba. Una ligera modorra, no de sueño, pero sí de ensoñación, le apartó un instante de la realidad, a la que le devolvieron los ladridos, entre alegres y frustrados, de su perro, que intentaba infructuosamente atrapar en el suelo la sombra de las mariposas que volaban entre las plantas. Pensó en el mito de la caverna y esta versión le pareció mucho más poética que la de Platón.

Al cabo de un rato se levantó, compró el pan y los periódicos y regresó a su casa, donde le esperaba su esposa con dos tazas de café humeante. El hombre apuró su taza y sobre la misma mesa de la cocina empezó a escribir estas palabras. Nada de particular, como pueden ver, una mañana normal de primavera, cosas sin importancia recogidas en un papel, que tal vez sea encontrado algún día, dentro de cien años, amarillento y comido por las polillas, pero quien lo lea podrá revivir los instantes de felicidad cotidiana y sencilla que aquí quedan reflejados.

¡Que los dioses guarden al innominado lector!

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