Medios comunicación y persuasión: their rules

Por: Juan Almagro Lominchar, PhD
Universidad de Almería (España)

La semana pasada empezaba esta columna haciendo una crítica a las estrategias que grupos de derecha y ultraderecha han usado en España durante las últimas semanas para emponzoñar las elecciones a la Comunidad de Madrid, celebradas el pasado 4 de mayo. El resultado de las mismas –triunfo de la derecha, con el apoyo de la ultraderecha- muestra evidencias de la repercusión que tienen en este tipo de discursos y maniobras los medios de comunicación y persuasión. Un ejemplo muy reciente, vinculado a las aludidas elecciones, nos muestra una imagen de las candidatas de sendos bloques –derecha y ultraderecha- paseándose por los diferentes platós de televisión sin que, en ninguno de estos espacios, se hiciese cierta crítica coherente y rigurosa de la pésima gestión de la pandemia o a las barbaridades xenófobas y misóginas adheridas a su alegato. Así, mientras los datos dan muestra de cómo Madrid se ha convertido en una de las capitales europeas más afectadas por el virus, en lugar de afrontar desde el rigor que exige la política una situación cuanto menos preocupante, los mensajes de la presidenta de la comunidad no dejaban de jalear e incentivar a las masas utilizando y apropiándose de lo que implica el concepto de libertad, enfocándolo desde la perspectiva históricamente neoliberal –la libertad individual por encima de la responsabilidad colectiva- y como herramienta para hacer oposición al gobierno central.

Finalizadas las elecciones y también el estado de alarma declarado por el gobierno, hemos sido testigos de una serie de comportamientos preocupantes e incívicos durante las horas posteriores al fin de las restricciones. En las calles de Madrid y de otras principales ciudades se han visto aglomeraciones de personas que, al grito de libertad, han incurrido en una responsabilidad ética y sanitaria, obviando las medidas que todas y todos ya conocemos: uso de mascarillas y distancia social. Es evidente, en este sentido, que quienes han cometido este tipo de comportamientos punibles son responsables de ello, pero no podemos olvidar que, durante muchos meses, los medios de comunicación y persuasión han actuado como canales para difundir los mensajes de la derecha y la ultraderecha, cuyo único fin era sembrar hartazgo en la población, haciéndole creer que se estaban coartando y reprimiendo sus libertades. El resultado es el aludido: miles de personas en las calles, celebrando que pueden tomar una copa a la hora que quieran, sin pensar, por ejemplo, en el personal sanitario –emocionalmente saturado- que trabaja en los hospitales, o en aquellos colectivos vulnerables que aún no han recibido la vacuna.

Pero de aquellos polvos, estos lodos. Sin ir más lejos, en las horas previas al final del estado de alarma, algunos informativos en España abrían sus portadas con una cuenta atrás, como si se tratase del último día del año. Acto seguido, promocionaban alegremente el fin de las restricciones, animando explícita y tácitamente a la ciudadanía para que hiciese uso de esa libertad individual que la derecha y los ultras han aireado tan impunemente por sus platós. Finalmente, pasados los mensajes hedonistas, estos mismos medios de comunicación y persuasión daban voz a las personas expertas en el ámbito sanitario, para que volviesen a insistir en el riesgo al que nos enfrentamos si dejamos de comportarnos como seres civilizados. No obstante, a buena parte de la ciudadanía, esto último le debió parecer como esos temas que están al final del libro de texto, y a los que nunca se suele llegar. O lo que es lo mismo, la fatiga pandémica sólo les permitió escuchar que se puede viajar y que las discotecas abrirían sus puertas de nuevo. Lo otro ya tal.

Personalmente, el día que vi aquel desmadre por televisión volví a rememorar más nítidamente la polarización con la que ejercen su poder sobre las masas los medios de comunicación y persuasión. Primero provocan que desees una cosa, para luego animarte a odiarla, o al menos a quien la ejecuta. Durante horas y días, todas las cadenas nos han mostrado a aquellas y aquellos jóvenes interpretando que el estado de alarma era una herramienta represiva en lugar de una medida necesaria. Estoy seguro, en este sentido, que hasta quienes le compraron el discurso a las y los políticos que generaron esta idea, se sintieron con ganas de increpar la algarabía; es más, me atrevería a decir que, si alguna persona de las que estaba allí, vaso en mano, gritando libertad, se viese por televisión después, se reprendería a sí misma/o.

Este ejercicio de polarización es debido, entre otras razones, a que los mismos medios que apoyan discursos con el fin de generar ciertos comportamientos, después realizan una crítica a esos comportamientos y acciones que previamente han fomentado y canalizado. Es así como se hace de la reflexión del fallecido Aute –que no, que el pensamiento no puede tomar asiento, que el pensamiento es estar siempre de paso, de paso…– una expresión grotesca y descontextualizada; es así como, queriendo que transitemos –cuando les interesa- hacia la emergente flexibilidad postmoderna, lo que pretenden es evitar que nos posicionemos y asumamos responsabilidades con las ideas y comportamientos que tenemos y desempeñamos; es así como se emponzoña y desvirtúa la palabra libertad, y flexibilidad, y autonomía…, y todo lo que de ellas subyace…

España merece unos medios plurales, libres de servidumbre y de imposiciones e intereses políticos, editoriales y/o empresariales. Lamentablemente, la última reflexión a este respecto es que, según se conoció hace unos días, la Comunidad de Madrid ha regalado, desde 2018, al menos 50 millones de euros a algunos de los medios de comunicación y persuasión que canalizan, blanquean y almibaran sus discursos. ¿Y qué más da, si tú ya puedes volver a tomarte una copa?

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