El hombre deshabitado

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista, Islas Canarias

Hay días en que uno se levanta con la sensación de estar deshabitado. Va al trabajo y es otro el que toma la guagua o camina por las calles, llega a la oficina, da los buenos días al guarda de la puerta, ficha, enciende el ordenador y solo cuando lleva algún tiempo haciendo esos movimientos rutinarios y casi mecánicos, parece como si el alma que le ha abandonado a uno en mitad del último sueño, al filo del amanecer, regresa al cuerpo vacío y lo pone en actividad.

Tiene suerte el que vuelve a recibir su alma momentáneamente perdida. Las calles de nuestras ciudades están llenas de personas des-almadas que caminan a sus quehaceres como autómatas apresurados y como autómatas se comportan la mayor parte del día. Insensibles a todo lo que rebase sus propios intereses y conveniencias, están ahí, llenando un hueco en el espacio, pero es como si no estuvieran. Para estas personas el mundo se limita a las paredes de su casa, de su lugar de trabajo y del bar donde suelen beber sus cervezas y ver los partidos de fútbol. Cualquier cosa que indique conciencia de pertenecer a una clase o especie determinada y de compartir vida, destino e intereses con ella parece serles indiferente.

Esta subespecie de desalmados no está integrada necesariamente por malas personas, al contrario, suelen ser lo que se conoce comúnmente como individuos “normales”: buenos padres de familia, trabajadores dóciles, consumidores apacibles y compañeros más o menos soportables; pero sus preocupaciones morales, intelectuales o simplemente vitales no van más allá de las que tendría un ornitorrinco. Son la base ideal del sistema, los que “no se meten en política” y rehúyen los líos de cualquier tipo que puedan afectarles. Sobre ellos descansan las sacrosantas instituciones que conforman la sociedad. Y cumplen su misión trabajando, consumiendo y produciendo hijos e hijas que contribuyan a perpetuar el estado de cosas donde ellos, ni felices ni desgraciados, se encuentran a gusto.

Ay de la vida y de la sociedad, si el derivar de la historia dependiera de estos zombies satisfechos, estaríamos todavía en Atapuerca, comiéndonos unos a otros. Y no es solo que esta afición primitiva sea inexcusablemente vituperable, sino que todo lo que signifique evolución y progreso estaría vedado. Sería el fin de la historia que tanto predicó en tiempos relativamente recientes un importante sector de gurúes del entonces rampante neoliberalismo.

En los albores de la civilización nuestros ancestros pintaban animales y escenas de caza en las paredes de barrancos, grutas o cavernas. La interpretación más extendida –aunque no la única– de estas pinturas rupestres es que estaban relacionadas con ceremonias mágicas vinculadas a la caza, principal actividad económica de la época. El hombre cazador, por medio de la representación de las bestias se apoderaba en cierta manera del alma de las mismas, haciendo más propicia su captura, sometimiento y/o muerte.

No me extrañaría que en alguna dependencia ultrasecreta de la Reserva Federal, del Banco Mundial y del Bundesbank legiones de pintores estén en turnos de día y noche, representando frenéticamente en grandes paneles a la ciudadanía anónima que circula por las calles de nuestras ciudades. Lo malo de este tipo de suposiciones no es que sean absurdas –que lo son–, sino que, al mismo tiempo, son reales. En lugar de pintores pongan ustedes a otros “artistas” más significativos de esta época de miseria, como los dueños de los llamados mass media, que suelen ser los mismos que controlan las grandes corporaciones financieras, con muchedumbres de lacayos a su servicio, léase políticos, periodistas, escritores, programadores y guionistas audiovisuales, cineastas y un larguísimo etcétera. El hombre ha querido siempre apoderarse del alma de los objetos que les son apetecibles, y en la clasificación de objetos entran los otros hombres, siempre que de ello los detentadores del poder obtengan algún beneficio. El sistema capitalista (perdón, de economía libre de mercado) es en sí mismo un absurdo que conduce a su propia destrucción –y de paso a la de todo bicho viviente–. Los imaginarios pintores rupestres de hoy no son sino una metáfora más de ese absurdo.

Por fortuna, hay personas que se resisten a perder su alma y que, si la extravían momentáneamente, se esfuerzan en recuperarla antes de quedarse definitivamente sin ella. A esos hombres y mujeres debemos la evolución de las ideas, la lucha contra la alienación y el conformismo, la oposición a los dueños del mundo. No suelen abundar entre ellos los triunfadores; al contrario, la derrota y la frustración son muchas veces el resultado de sus esfuerzos, pero gracias fundamentalmente a ellos y ellas avanza el progreso, evolucionan las ideas, cambia la vida… Los poderes establecidos –el económico y sus servidores políticos– los consideran sus principales enemigos y contra ellos apuntan todas las baterías del sistema: las ideológicas, las políticas, las judiciales y, cuando son necesarias, las directamente represoras. Esta es una guerra donde no caben los neutrales. Quien no está contra el poder está con él. Como al principio de los tiempos, la lucha del hombre contra la bestia es la misma. Solo que hoy la bestia es más terrible y poderosa que cualquier hidra o dragón del pasado.

El resultado es incierto, el sacrificio seguro.

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