¿Sueño?

Por: Erick Jara Matute
Estudiante Universitario (Cuenca-Ecuador)

Estoy enfermo, no puedo más ¿Qué es lo que se debe/puede hacer cuando tu espíritu se encuentra inmovilizado, como si una fuerza exterior se apoderara de los movimientos? Y por suerte no de los deseos, al menos. Pero sí de las ganas de continuar haciendo o cumpliendo lo que antes era de gozo y disfrute, y que ahora parece ser una tortura; semejante a los actos barbáricos que, en tiempos de conquista territorial o ideológica, buscaban normalizar desde la represión. Aquello que daba entera fuerza al espíritu para superar su flaqueza en favor de su superación, ahora parece ser su contrario -un veneno que lo carcome y devora por completo ¿Por qué dicha fuente de energía, aparentemente vital, resultó ser una máscara atractiva que guardaba cadenas? Y éstas siguen, son heladas y pesadas.

El temor perdura por saber a consciencia el lugar a donde nos llevan. Yo, por ejemplo, veo ya casi de cerca o de lejos -no lo sé- un espacio oscuro e inerte lleno de niebla pesada y gritos desesperados de dolor.

– ¡Ayuda!

Por más resistencia que aplique, mayor presión en el cuello, brazos y piernas recibo. Mientras continúo, voy dejando un rastro de dolor por el suelo arenoso, junto con el frio filo de las rocas que me obligan a desechar lágrimas y sangre que ahora tanto me hacen falta.

A mi lado veo como otros -la mayoría dormidos, unos pocos recién despertando y un par de ellos ya padeciendo- están, al igual que yo, siendo jalados al frio descanso: la muerte. Por suerte -creo- no llegaremos vivos al fuego incesante que se ve a la distancia.

Me parece recordar que hace ya algún tiempo, hubo una persona que se logró liberar. Vino por azar donde mí -mientras estaba en pleno sueño- a decirme gritando:

– ¡Yo lo vi, no mueres en el camino, solo quedas inconsciente!

Continuó desesperado mientras agitaba mi cuerpo.

-Segundos antes de caer, despiertas. Te encontrarás con fuego y una trituradora que te despezada el cuerpo ¡Logré salir, logré salir!

Él intentó ayudarme, pero solamente logro interrumpir por breves momentos mi coma. Luego se fue.

En estos momentos poco recuerdo, pero al inicio de todo esto, el suelo arenoso y las rocas filosas no parecían doler, estaban abrazadas por un conjunto de placebos, como rosas, por ejemplo. Creo que fue su olor y ternura lo que cautivó y mareó mi consciencia; entumeciendo completamente mi cuerpo y destrozándolo a la vez. Por suerte no ha tocado mi corazón, aún. Las cadenas, por su parte, eran cánticos que profesaban un futuro prometedor, y para poder participar/continuar solo tenías que seguir el sendero de dulces pétalos de amapolas, caso contrario, a nuestras espaldas estaba la imagen que ahora veo ante mis ojos.

Nada logro entender de cómo llegamos, todos a mi alrededor, a este punto; no se si lastimar mis pies, rodillas, o espalda para seguir mi pesado destino ¿En qué momento todo cambio? ¿Fue una estrategia progresiva? En el “paraíso”, ¿la imagen a nuestras espaldas y que supuestamente negaba, es donde me encuentro ahora? Aunque no lo recuerdo, pero ¿acaso me negué a continuar y este es mi castigo? ¿El “paraíso” fue una mentira?

Realmente ya no sé qué estoy pensando, ¿cómo lo haces mientras en cada paso una roca filosa se roba parte de ti? Si a donde miras te encuentras tatuado en el cuerpo de los tuyos aquellos símbolos que tanto defienden en sus sueños y que entumecen su cuerpo para no sentir la presión de las cadenas y el dolor del recorrido. 

Apenas llevo un par de minutos despierto -no creo que pase de 30- y tengo tanto en qué pensar. Mi deseo abriga una compleja esperanza que obliga a mi espíritu al suplicio; quiero que aquel hombre regrese, tengo que saber cómo se liberó pues ahora yo lo necesito. Desangrando y en seco sollozo aguardo otra espera, que su imprevista visita no haya sido solo un sueño.

– ¡Quiero una salida!

Ilustración: Andrea Jara.

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