La melancolía como imperativo categórico

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista. Tenerife-Islas Canarias

Hay gente a la que el futuro le hace perder gran parte del presente. Se podría decir incluso que la pérdida del presente es una conducta habitual de la familia humana. Somos seres para el futuro, que es algo incierto y nebuloso, en el que solo podemos estar seguros de que en un momento del mismo nos acecha la angustia y la desventura.

Pero si bien hay individuos a los que el afán de futuro les hace desperdiciar el presente, la cuestión adquiere dimensiones sociológicas cuando el fenómeno afecta a toda una generación, o al menos a una parte importante de ésta, que es la que marca la tendencia general del período histórico que le tocó vivir. La generación que hoy tiene sesenta y tantos o más años vino a descubrir su presente muy tarde, Fue la generación ilusionada y revolucionaria de finales de los años 60 y de los 70, la que vivió el inicio del desencantoy la inmersión en la privacidad a mediados de los 80, se acostumbró a sobrevivir a partir de los 90 y actualmente parece contentarse, en su mayoría, con ser espectadora de una realidad que ya no ve plenamente como suya.

Todas las generaciones acaban pudriéndose en la historia, pero a algunos de sus integrantes les es dado el dudoso privilegio de destilar de su propia putrefacción el perfume evanescente de la melancolía, no como producto de una nostalgia del pasado, de la frustración por lo que pudo haber sido y no fue, sino de la decisión de aprovechar el presente, por ingrato que nos parezca, para intentar seguir cambiando, para mejor, las cosas. Se trata, pues, de una variante de la melancolía, que no conduce a la inacción nostálgica sino a la actividad combativa. Es la melancolía resistente de quienes tienen la convicción de que la lucha por una existencia más digna o por una sociedad más justa es casi un imperativo categórico, moral, y se emprende independientemente del éxito que se pueda alcanzar. Sin otras vacilaciones que las normales impuestas por la experiencia de los fracasos, más frecuentes de lo necesario para un buen equilibrio emocional. Pero, aunque debemos acostumbrarnos a perder teniendo razón, esa circunstancia ingrata no nos debe quitar las ganas de luchar por nuestras razones. “Nec spe nec metu”, como decía el viejo lema estoico

El pasado es como una melodía que puede encerrar el rumor de toda una vida entreverado en sus notas y, aunque no esté de más tararear boleros de vez en cuando, no parece muy conveniente hacer del canto de boleros el objeto principal de la existencia. Con el tiempo pasa algo parecido a lo que en economía se define como utilidad marginal, que es el valor que va adquiriendo un bien a medida que se reduce. Así, la comprensión del tiempo que se acaba puede inducirnos a vivirlo más intensamente, la melancolía puede ser un aliciente para vivir la vida con mayor entusiasmo.

Es menester por ello no darse por rendidos de antemano ante la magnitud de las tareas a realizar. Las caras de la injusticia son infinitas, hoy es la crisis económica, agravada por la pandemia del Covid-19; la enorme desigualdad social, puesta de manifiesto y ahondada por la manera en que los grandes del mundo están gestionando dicha crisis sanitaria, con continentes enteros, como África, a donde prácticamente todavía no ha llegado la vacuna, (a estas alturas, solo el 0,1 % de la población está inmunizado); el hambre perenne de más de la mitad de la humanidad; las guerras de agresión y predominio imperialista, con sus secuelas de terrorismo, que es la forma que ha adquirido en nuestros tiempos la violencia de los pobres…

Contra este tipo de situaciones se siguen levantando en el mundo, aquí y allá, puñados de rebeldes, que, tomados de uno en uno, “son como polvo, no son nada”, pero en su conjunto constituyen la vanguardia actuante de la parte más sana de la humanidad, la que hace posible obstaculizar, y a veces hasta poner dique, a la barbarie de los poderosos.

Bienaventurados sean los disidentes, porque gracias a ellos los mansos podrán poseer la tierra. O al menos, lo intentarán.

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