El trabajo invisibilizado de las mujeres

Por: Carola Beatriz Henríquez Espinosa
Comunicadora (Chile) 

Se acerca un nuevo 1° de Mayo, una jornada fundamental para el movimiento de trabajadores y trabajadoras, que nos recuerda cada año la lucha por sus reivindicaciones y los pendientes que aún se tienen en este ámbito, y en el caso de las mujeres más aún, pues la superación de las brechas de género en lo laboral, es todavía un tema pendiente y que se ha mantenido en las peticiones de las mujeres trabajadoras.

Si bien el Día Internacional del Trabajador/a es una fecha que convoca a la clase trabajadora en su conjunto, no podemos pasar por alto la desigualdad que existe cuando se trata de analizar la condición laboral de hombres y mujeres.

El trabajo es en sí uno de los elementos que establece las diferentes formas de división social, de clase y de género. La división sexual del trabajo está generada por la dicotomía público-privada originada dentro de un sistema patriarcal y capitalista, en el cual la asignación de roles asociados a la mujer la relega a lo privado. El espacio público y de trabajo asalariado en lo relacionado con la mujer sigue teniendo desventajas en comparación con los hombres asalariados. Ya sea que hablemos de mujeres profesionales, empresarias, académicas, como de mujeres que trabajan como asesoras domésticas, en el campo o en los mercados, existen desigualdades que se pueden evidenciar tanto en el tema económico, como justamente en el cumplimiento de roles en el ámbito privado.

En Ecuador, en marzo de este año, el desempleo global alcanzó el 5,5%. La cifra de mujeres desempleadas es de 6,9% y la de hombres de 4,4%, pero esta no es la única diferencia cuando se trata de diferencias laborales por el género.

El trabajo doméstico y de cuidado, que abarca factores económicos, materiales, psicológicos, no es reconocido como una actividad productiva, siendo catalogado sencillamente como trabajo no remunerado. La construcción social de la mujer con base a su función reproductiva ha permitido un aumento en la carga laboral asociada a estas tareas de cuidado en el hogar.

Según datos del INEC, las mujeres destinan en promedio cuatro veces más tiempo al trabajo no remunerado que los hombres. En una semana en promedio las mujeres dedican casi 32 horas a estas actividades frente a 9 horas por parte de los hombres, es decir existe una diferencia de más de 22 horas de carga extra. Dentro de esto, el tiempo dedicado a las tareas domésticas es de 24 horas y el de cuidado de otras personas alcanza las 9 horas semanales, finalmente mientras las mujeres dedican casi 5 horas al día (extra de sus actividades fuera del hogar), los hombres alcanzan una hora y media diaria.

Por su parte, la diferencia salarial también es una de los asuntos urgentes a superar, el ingreso promedio de un hombre en Ecuador alcanza los 325,5 dólares, mientras que el de una mujer, en las mismas condiciones, es de $287,4. Y aunque la precarización es lacerante para las clases trabajadoras, para las mujeres supone la condena a la pobreza extrema que, en muchos casos, involucra también a sus hijos.

Las teorías feministas y diversos estudios han demostrado que la carga desigual enfrentada por las mujeres, respecto al trabajo de cuidado, es una de las principales causas de inequidad económica. En este sentido, no sólo es una reivindicación modificar el orden de la repartición de tareas de cuidado, sino también es necesario que exista un mayor reconocimiento de las mujeres en la economía, y políticas públicas que entiendan y reconozcan el trabajo de cuidado como un asunto que involucra al Estado y a la sociedad.

Más aún, es necesario separar este rol asociado a la mujer, que incluso se refleja en la esfera pública, recientemente muchos celebraron la designación de ministras para el nuevo periodo presidencial, sin embargo, es importante considerar, que los cargos pertenecen al área social, lo que mantiene el discurso de relacionar las tareas de cuidado como intrínseco a la mujer.

En este Primero de Mayo es necesario comprender el rol de la mujer trabajadora dentro de la sociedad, visibilizar su condición apuntando a la superación de brechas sociales y económicas, pues la continuidad de estas condiciones se encamina a mantener una feminización de la pobreza, que afecta en especial a aquellas mujeres invisibles. Es necesario que la lucha por la reivindicación de sus derechos se extienda desde la esfera privada a la pública, para alcanzar una real igualdad en las posibilidades y equidad en las condiciones, sobre todo considerando la doble explotación de la mujer trabajadora.  Apremia reconocer que las reivindicaciones laborales deben tener perspectiva de clase, género y raza, pues es la única forma de construir un movimiento trabajador que sea capaz de luchar en unidad por la redistribución de la riqueza y el reconocimiento pleno de sus derechos.

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