Nec spe nec metu. Sin esperanza, sin miedo (Isabelle d’Este)

Por: Erick Jara Matute
Estudiante Universitario (Cuenca, Ecuador)

¿Qué es lo que nos depara? A diario nos encontramos pensantes en el futuro, cuestionando la posible efectividad de un deseo y sufriendo por su agria fragilidad.  Comúnmente este actuar nos detiene, llevándonos a una pasividad del nulo actuar en el tiempo presente, condicionando los actos en favor del futuro. El complejo hecho de pensarnos amenaza nuestra vida bajo el manto del optimismo, que no aborrezco, respeto a quien lo hace, pero contrario a aquel, prefiero ver con ojos de negación. No podemos seguir destruyendo nuestros pies mientras caminamos por el desierto a la espera de una tierra prometida, no hay miel, no hay leche, no hay miedo, por tanto, no hay esperanza.

Este primer párrafo se puede relacionar con cualquier acto o hecho humano, pero en esta ocasión quiero ubicarlo en un contexto pandémico. No hablaré de vacunas, su control o de la mala política que los controla, más bien de los irresponsables actos humanos que a la otra cara de la moneda, condenan. Hablaré de aquellos que no se les ha dado la suficiente atención por una ética que se ha centrado en el bien común del cuidado de los enfermos por Covid. Hay otros que no se los está pensando, los rezagados.

La otra cara de la moneda, los condenados por los fiesteros, quizá sufren más que los que se han entubado. Saben, hay unos “otros” que esperan sentados por una camilla, obligados a hacerlo por la enfermedad que los carcome y han afrontado por años. Sí, claro, el Covid mata. Pero también lo hace un tumor en el cerebro, una hernia umbilical y una insuficiencia, atresia o estenosis aórtica, entre otros que han quedado desolados. Aunque pensándolo poco y por encima, no hay problema. Creo que el análisis ético de la situación -por cualquiera que se haya encargado de hacerlo- demostró que el bien común sería abrirle las puertas de un hospital a los que sufren de Covid.

Ya hace algún tiempo, específicamente un año, me he encontrado con personas que esperan intranquilas un turno para su operación. No es culpa de los cirujanos, no hay camas en cuidados intensivos; están haciendo lo posible -dicen-. Aunque se me dificulta mucho, intento entender el sufrimiento de los “otros” -como los he llamado- en estos momentos de angustia. Tratando de ponerme en sus zapatos ¿Qué es lo que pasa por las mentes de aquellos enfermos? ¿Ven la vida en el futuro, la muerte como riesgo o la vida en el presente? Es en este punto donde creo que surge la idea de esperanza para unos y su contrario para otros.

En mi caso, debido a todo este proceso de intentar sentirme como el “otro” -junto a una comunicación intersubjetiva- me ha llevado a imaginarme en un estado de vulnerabilidad que conecta nuevamente con mi filosofía de vida. El pesimismo, sea en este contexto como en otros, me ha salvado del optimismo enfermo que nos encierra en el peor de los males: la esperanza. Los lentes de la negatividad nos permiten ver las amenazas, enfrentarlas sin temor y esperar, solo esperar.

Escribo el presente artículo con razón de este nuevo feriado, donde todos los creyentes esperan desesperados la salvación de sus pecados, el de Semana Santa; mientras me resulta imposible alejarme de los zapatos de esos “otros”. Sigo sintiendo su vulnerabilidad como lo señalé anteriormente. Estoy temeroso, pues nuevamente las personas van a salir y habrá un aumento de Covid, y los cuidados intensivos en los hospitales y clínicas se colapsarán. Pasó en navidad, lo fue en año nuevo y luego en carnaval ¿Y ahora? En fin, nec spe nec metu.

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