Cuenca, una ciudad fundada bajo el derecho de horca y cuchillo

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán

La extensión de este texto ha sido pensada en aras de brindar un brevísimo resumen sobre la fundación de esta ciudad Patrimonio Cultural de la Humanidad. Hace ya 464 años que el Capitán andaluz Gil Ramírez Dávalos, Gobernador, en ese entonces, de varias ciudades del actual Ecuador, desenfundó su espada y la clavó en territorio Cañari, proclamando así la fundación de Santa Ana de los Ríos de Cuenca. Dicho acto se llevó a cabo un 12 de Abril de 1557 bajo encargo del Marqués de Cañete y Virrey del Perú Andrés Hurtado de Mendoza. Una vez que Cuenca fue consagrada al Soberano Rey de España, la primera orden de Ramírez Dávalos fue levantar una picota o rollo en la plaza pública. Al parecer existe una estrecha relación entre el nacimiento de una persona y la de una ciudad: ambas vienen al mundo ensangrentadas.

La siempre ambigua historia cuenta también que los principales señores y caciques de la región aceptaron y agradecieron que se funde en el Valle de Paucarbamba, provincia del Tomebamba, la ciudad de Cuenca. Ante todo, dos gaviotas no hacen verano. Y las múltiples consecuencias de esta neoconquista no tardarían en presentarse para el pueblo aborigen que aún resistía en esta mítica tierra. Genocidio, esclavitud, abuso sexual, explotación laboral, sincretismo religioso, entre otras vergüenzas, venían incluidas en las cláusulas, con letra pequeña obviamente, del acta de fundación. Acciones de lesa humanidad que cesarían incluso después de la transferencia de poder de españoles a criollos, también conocido como proceso independentista.

No hay más ciego que el que no quiere ver. Si bien es cierto, el totalitarismo y la opresión no empezaron con el desembarque español en América. Aquí, y en casi todo el ¨nuevo mundo¨, tenían lugar varias guerras entre imperios. Antes de ser Cuenca, fue Tomebamba (Cultura Inca) y antes Guapondelig (Cultura Cañari). Tristemente, tanto el origen de pequeñas ciudades así como de grandes metrópolis hallan su raigambre en un sinnúmero de batallas entre locales y foráneos, entre conquistadores y conquistados. Se dice que Tomebamba fue destruida y gran parte de sus habitantes sacrificados a causa de una guerra civil que, además de la traición de los cañaris hacia una de las partes y los españoles que buscaban pescar en río revuelto, causaría el fin del Imperio Incaico. Tras tan sangrientos acontecimientos, nace Cuenca -ya habitada por colonos- como una ciudad de españoles y para españoles.

Así como el agua corre por los ríos de Cuenca, por nuestras venas fluye la sangre, las lágrimas, el dolor, las alegrías y la herencia de cuantos pueblos han habitado esta ¨llanura tan grande como el cielo¨. Por consiguiente, resulta claro decir ¡Qué viva Cuenca, Tomebamba, Guapondelig y tantos otros nombres que han quedado en el olvido! Que viva la Cuenca de los ángeles sin cielo de Dávila Andrade, no la clasista y mojigata de unos cuantos feudales con supuestos apellidos ¨realísimos¨ traídos de la corona. Que viva la Cuenca de gente aguerrida y sincera, no la embustera de ese acento sonsonete, ostentoso y fingido. Que viva la Cuenca cultural y artística, no la burda y corriente. Que viva la Cuenca libre, no la conservadora y clerical. Y que viva la Cuenca de esa profunda belleza arquitectónica, conscientes, claro está, del verdadero peso y significado de sus edificaciones.

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