Bailando sobre el volcán

Por: Julián Ayala Armas
Escritor y periodista (Islas Canarias – España)

Caracteriza a las “épocas heroicas” que los papeles de los antagonistas sociales aparecen claramente definidos. La sociedad, siempre desigual y, por ello, siempre en conflicto, está en blanco y negro, sin matices, fatal dicotomía por la que a menudo se ha matado la gente. Rebasadas todas las líneas rojas, la lucha de clases se convierte en guerra civil y ésta muchas veces en guerra de exterminio.

No me atrevo a afirmar que estemos en el umbral de una de esas trágicas coyunturas, pero los efectos de la pandemia, están ahondando hasta límites insostenibles en muchas partes del mundo la brecha abierta entre ricos y pobres.

En un territorio limitado, como Canarias, por ejemplo, donde escribo estas líneas, mientras se hunde el turismo pilar fundamental de la economía isleña desde hace décadas, los grandes empresarios de las SICAV han visto crecer obscenamente sus beneficios. Simultáneamente, los sectores sociales marginados, en exclusión social o por debajo de esta, superan cifras superiores al 43 % de la población. En el resto del país la situación no es cualitativamente mejor en general, aunque varía según las distintas comunidades autónomas

Por fortuna, la sangre no ha llegado todavía al río. Aunque la avaricia y usura de los ricos crece exponencialmente, la paciencia y resignación de los pobres parece ser infinita. A pesar de los estallidos espontáneos que se producen aquí y allá de manera coyuntural, desde las esferas del poder establecido no se manda todavía ametrallar a los disidentes (todo se andará) y estos, en general, expresan sus disconfomidades dentro de ámbitos soportables de convivencia (elecciones o cosas así, la mayoría de las veces inútiles y frustrantes).

MIRANDO ATRÁS CON IRA. Hace treinta años, cuando el llamado “socialismo real” (el más irreal de los socialismos) vino a su fin, el alborozo se desbordó entre los jerarcas y beneficiarios del llamado “mundo libre”, que vieron en el hecho simbólico de la caída del muro de Berlín la confirmación de su victoria que desde 1979 venían fraguando, primero Margaret Thatcher, en el Reino Unido, con la implantación en Europa de las primeras medidas económicas neoliberales (privatización de empresas públicas, desregulación del sector financiero, flexibilización del mercado laboral, destrucción de los sindicatos, etc.), y después Ronald Reagan, en EE.UU., que añadió al neoliberalismo económico el factor más importante para hacerlo eficaz, el poder militar y la voluntad de usarlo cuando hiciera falta. Empezó bombardeando Libia e invadiendo la isla caribeña de Granada y abrió la senda a sus sucesores al frente del Imperio, discípulos aprovechados en el arte de destruir naciones y asesinar personas, mediante la guerra y la destrucción de países como Yugoeslavia, Libia (la segunda y definitiva vez), Afganistán, Irak y Siria.

Los gurús del nuevo régimen económico nos dijeron entonces que la historia había terminado, que la lucha de clases era una antigualla, que ya ni siquiera había clases, que la democracia (de mercado) nos igualaba a todos, que el Estado defendía y representaba por igual a todos los ciudadanos y ciudadanas…

Pero en eso llegó la crisis de 2008. La economía, dirigida no a satisfacer las necesidades humanas, sino a dar cada vez más beneficios a los tiburones de las finanzas, estalló, y a los comensales del banquete capitalista se les rompieron en las manos las copas de Mouton Rothschild que levantaban gozosos.

Poco duró su sobresalto. Los bomberos del sistema acudieron presurosos a apagar el fuego y, naturalmente, apuntaron los extintores sólo a las suites habitadas por los banqueros y los dueños de las grandes corporaciones. Los habitáculos de las obreras y obreros de la colmena, las menesterosas y menesterosos de la tierra, ardieron (y siguen ardiendo) sin remisión.

Y es que todos aquellos alegatos eran mentira: La historia no había terminado, la lucha de clases no es una antigualla, el Estado no es de todos, sino de los grandes capitalistas, que ahora se llaman mercados, y únicamente responde a sus intereses.

Por eso no es extraño que se empleen cuantiosísimas sumas públicas en reflotar entidades financieras (que, una vez saneadas, se entregarán otra vez al capital privado), mientras se aplican medidas restrictivas a las verdaderas víctimas de la debacle. Esas medidas, adoptadas por los aparatos e instituciones de la democracia demediada —gobiernos, parlamentos, tribunales de justicia— tratan de legitimar la explotación y el robo descarado, pero lo que verdaderamente hacen es deslegitimar al régimen que detenta el poder a los ojos de amplísimos sectores sociales cada vez más afectados en su vida y en sus intereses: obreros, funcionarios, trabajadores autónomos, pequeños empresarios, jóvenes, pensionistas, mujeres…

TIEMPOS MÁS DIFÍCILES. Y ahora, según todos los augurios, se avecinan tiempos aún más difíciles. Tiempos de resistencia y de lucha. El resultado es incierto, a pesar de los optimistas históricos, pero habrá que afrontarlo, sabiendo que no hay luchas finales ni razones en marcha, solo una inmensa sinrazón que hay que intentar frenar como se pueda. Eso, o aguantar resignados los retrocesos sociales y económicos que cada vez más intentarán imponer los dueños del mundo.

Hay que presentar batalla con firmeza, pero también con la alegría necesaria para no dar al enemigo el placer de vernos sumidos en la amargura, que es la peor de las derrotas. Emma Goldman decía que una revolución donde no se pueda bailar no es revolución. El volcán sobre el que bailamos está activo, pero mientras no entre en erupción no tenemos por qué huir despavoridos. Incluso entonces, habrá que intentar salvar los muebles (el que los tenga). 

Por eso y a la espera de que el mundo se desmorone, aprovechemos las pausas para seguir disfrutando de la vida en la medida de lo posible. Antes de adentrarnos en la vorágine —e incluso en medio de ella– siempre tendremos tiempo para leer un poema, disfrutar de la puesta de sol en una terraza frente al mar, saboreando un dry Martini, o reunirnos en torno a una mesa con un grupo de amigos y amigas a los que la miseria de los tiempos no haya anulado su afición a los placeres sencillos.

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