Trivialidades

Por: Julián Ayala Armas
Periodista y escritor (Islas Canarias-España)

Nadie es de una pieza. Cabe dentro de lo posible que Jack el Destripador salvara una mañana a una prostituta vieja de ser atropellada por un coche de caballos en una callejuela del Soho londinense, aunque ello no fuera óbice para que aquella misma noche rajara con pericia de cirujano a una de sus víctimas. La naturaleza del tigre es inmutable. No así la del hombre, que es capaz de compaginar las mayores sevicias con los más grandes actos de heroísmo.

Refiriéndose al lobo. Rubén Darío puso en boca de Francisco de Asís que “el alma simple de la bestia es pura”. Quería decir el santo que el lobo, como el tigre, son fieras previsibles. El hombre no; esa extraña alimaña lo mismo te puede dar besos en la boca un día que clavarte un tenedor en un ojo al día siguiente, sin que medie otra circunstancia entre un acto y otro que algún dudoso cálculo subjetivo sobre lo beneficioso que pudiera ser para él tener un conocido tuerto.

La maldad y la bondad humanas son como dos líneas paralelas imperfectas destinadas a encontrarse en un punto indeterminado del infinito. Ese punto es la banalidad, la trivialidad del mal y la no menor trivialidad del bien. Cada vez que se comete, por ejemplo, un crimen de género, los vecinos de la víctima y del victimario suelen declarar con sorpresa que este era una persona normal, muy unida a su pareja, que salía de paseo con ella y con sus hijos, compraba el periódico en el kiosco de la esquina y tomaban juntos su aperitivo en el bar del barrio, un buen hombre, en pocas palabras. Y seguramente era así. El crimen es como un río subterráneo que se va gestando por debajo de la superficie de las cosas insustanciales que marcan de manera rutinaria las conductas de las gentes.

La filósofa Hanna Arendt, en su retrato del criminal nazi Adolf Heichmann, demostró que en lugar de ser —de acuerdo con sus execrables acciones— un asesino diabólico, era tan solo un burócrata útil y obediente a sus superiores, un hombre ordinario y casi inofensivo que mostró ser muy eficiente en las tareas que se le encomendaban. Fue un producto de la casualidad más que de la culpa, una pieza intercambiable en un sistema que convertía a las personas en funcionarios dispuestos a participar con probada efectividad en los asesinatos masivos, que han pasado a la historia universal de la infamia con el nombre de genocidios.

No es una suposición gratuita. Los ejecutores de las decisiones de las dictaduras fascistas —en España y en otros países están todavía desenterrando a sus víctimas— eran, antes de convertirse en asesinos, hábiles trabajadores y artesanos, provechosos agentes comerciales, amables taxistas, apasionados investigadores o aplicados estudiantes de cualquier rama del saber, y nada hacía suponer su capacidad para el crimen y la indiferencia ante el sufrimiento de los demás. Hoy los economistas al servicio de las grandes entidades financieras o los periodistas que sirven de correveidiles a los políticos del sistema cumplen la misma función —si bien todavía incruenta— que los funcionarios de esos regímenes totalitarios históricos. Su actitud lleva implícita en sí la doble dimensión de la eficiencia técnica y la insolvencia moral que, según han señalado algunos autores, fueron los aspectos más destacados de la llamada “solución final”.

El ideal de los detentadores del poder en todos los tiempos es lograr un mundo (desigual) de gente eficaz, pulcra, obediente, indiferente, desapasionada, dependiente y con escasa capacidad de reflexión. Su arquetipo social es el sujeto/a bien pensante, que, con las miras puestas en su bienestar, hace lo posible y lo imposible por medrar en su empresa, sin que le preocupe mucho ni poco los muertos que van quedando en el camino. Y si esos muertos tuviera que producirlos él mismo, no sería muy sorprendente que aplicara en su nuevo trabajo la misma eficiencia y meticulosidad con que lleva a cabo sus tareas actuales.

Bienaventurados sean los rebeldes, que, por su propia naturaleza, están a salvo de caer en  tan abominables trivialidades.

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