Los migrantes como catalizadores de los descontentos: breves apuntes

Por: Carola Beatriz Henríquez Espinosa 
Comunicadora (Chile)

La migración es una condición humana tan antigua como la vida misma, es una fiel y valiente manifestación de la capacidad del ser humano para desplazarse, asentarse y adaptarse. Es una parte constitutiva de la identidad del ser humano. Es así que la historia de los pueblos tiene su relato en los diferentes procesos migratorios, de los cuales, a través de la interculturalidad, se ha nutrido en el intercambio de saberes frente a otras culturas.

Ecuador es un país de emigrantes e inmigrantes. En los últimos años la mayor afluencia de extranjeros corresponde a venezolanos/as, de acuerdo a la plataforma R4V (Capítulo Ecuador)[1] al 30 de junio de 2020, se registraba un ingreso histórico de más de 1,850.000 venezolanos, algunos de ellos utilizando al país como un lugar de transición hacia otros países y permanecen en el territorio nacional aproximadamente 417.285. Según el Grupo de Trabajo para Refugiados y Migrantes – Ecuador, durante enero y febrero de 2021 se han realizado 258 mil asistencias directas a refugiados y migrantes.

Nuestro país es parte de una serie de acuerdos que buscan proteger y mejorar la calidad de vida de las personas, entre ellos el Pacto Mundial sobre Refugiados; Pacto Mundial sobre Migración Segura, Ordenada y Regular, siendo parte del Comité Directivo del Fondo Fiduciario de Múltiples Socios para la Migración Segura, Ordenada y Regular.

Asimismo, la carta magna ecuatoriana garantiza la igualdad a las personas en movilidad humana; la no discriminación por la condición migratoria; el derecho a migrar; se prohíbe considerar ilegales a las personas en situación de movilidad, se debe procurar la protección y asistencia humanitaria, y la responsabilidad del Estado de velar por sus derechos. También se contempla la libre movilidad, responsable y segura; la prohibición de la criminalización de la migración, entre otros, establecidos en la Ley Orgánica de Movilidad Humana y el reconocimiento a través de la Agenda Nacional para la Igualdad en Movilidad de respetar, proteger y cumplir los derechos humanos de la población migrante.

En la legislatura y en el papel- al parecer – Ecuador sigue siendo un país de fronteras abiertas, donde el slogan de hace algunos años “Tod@s somos migrantes” se plasma en el reconocimiento y garantías de derechos. Sin embargo, en el día a día, en las calles y semáforos, en las avenidas, bajo los puentes o en las plazas vemos una realidad distinta. La llegada, permanencia y tránsito de venezolanos/as en nuestro país es una situación desconocida por muchos, una muestra es el relato sobre la cruda y –paradójicamente- esperanzadora travesía que realizan los migrantes en nuestra frontera sur[2].

Ecuador es un país donde la xenofobia se ha nutrido por los discursos que sostienen que los extranjeros nos quitan el trabajo, por la romantización del esfuerzo para alcanzar el éxito, llegando ahora a la utilización de los migrantes para generar miedo social de cara a las próximas elecciones y el futuro del país.

Las condiciones políticas y sociales que han llevado a millones de venezolanos a enfrentar la condición de migrantes, no son tan simples y no pueden ser reflejadas en un cartel promovido, claramente, por una tendencia política–partidista, mucho más cuando el candidato por dicho partido es causa fundamental de la migración de más de tres millones de ecuatorianos producto de la crisis económica del 99, conocida como Feriado Bancario, y una de las más graves en su historia republicana.

Las imágenes, viralizadas a través de redes sociales donde se observa a migrantes en las calles con carteles que rezan “vota bien”, son por lo menos indignantes. Aprovecharse de la situación de desprotección y desamparo que viven miles de venezolanos en nuestro país, no puede ser admitida como una estrategia política para ganar votos y no podemos aceptarla, porque jugar con la dignidad humana y la precarización laboral no debe ser concebida como parte de una – sucia- campaña electoral.

Infundir miedo a gritos, nos demuestra la poca concepción de humanidad que existe dentro de dicha propuesta política, que con esta acción nos dice que no le interesa la condición de vulnerabilidad de las personas migrantes, es más reafirma la precarización laboral que se da con la “búsqueda de mano de obra más barata”. Ve la oportunidad de afirmar el discurso de que el socialismo, cual sea, nos puede llevar a estar en esa situación de desamparo y desprotección y utiliza la convocatoria a “votar bien”, fuera de cualquier opción que huela a seguridad social o donde el estado sea un participante activo en la garantía de derechos, y lo hace – como una gran artimaña- en un momento donde el debate electoral se ha enfocado en el voto nulo.

Si bien el voto nulo podría ser una opción frente a un escenario en el cual la vulneración de derechos fuera inminente, y si surgiera desde la organización y considerando las reales necesidades del pueblo,  el uso que se le da demuestra una gran irresponsabilidad a la hora de elegir el futuro del país, irresponsable porque la decisión del voto no puede ser pensada desde un castigo al sistema, pues al sistema se lo castiga construyendo junto al pueblo, considerando todas y cada una de las necesidades que tienen aquellos que viven en pobreza, a quienes se les quita oportunidades y se les obliga a responder a un modo de vivir donde la inequidad impera desde el establecimiento de políticas públicas inadecuadas, construidas sin participación y en beneficio de quienes han tenido siempre los privilegios. Esa es la lucha, la convicción que debe guiar nuestro voto.

Por eso el nulo no puede ser considerado un cambio, porque no ataca la profundidad del problema. Porque la cimentación de un país y una sociedad mejor se hace con participación y con la férrea voluntad de cambiar lo establecido en el momento que sea necesario, sea quien sea que esté en el gobierno.

Atreverse a elegir una opción a través del voto es el mayor desafío que se presentará para muchas personas, pero ahí no termina, esa elección del voto debe responder a aquel país, a aquella sociedad que queremos construir, no como un simple discurso de campaña, no a través del slogan que este más de moda, no con el juego de quienes necesitan políticas públicas de protección e integración reales.

El voto no puede mantener el privilegio de unos pocos y esconder la realidad que viven millones de ecuatorianos/as y miles de migrantes. El voto consciente y participativo debe apuntar a construir un mejor futuro para todos y todas, un mundo, que como dicen los zapatistas quepan muchos mundos, construir una patria donde quepan todos los pueblos, pero sobre todo que sea un mundo donde se garanticen todos los derechos, la equidad de oportunidades y el reconocimiento de todos los pueblos.


[1] Plan Integral para la Atención y Protección de la Población Venezolana en Movilidad Humana en Ecuador 2020 – 2021.
[2] “Una maleta y muchos caminos. La migración venezolana en la frontera de Ecuador con Perú”, Andrés León para Wambra.ec

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