El calvario de los fieles

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán
Estudiante Universitario (Ecuador)

Viose la colonial Cuenca apagada, desértica y embebida de una exigua multitud de feligreses, hoy, en la noche de todas las iglesias. Vacuos anatemas dirigidos a la ¨peste¨ quedaban superfluos ante el evidente derrocamiento de una profunda tradición arraigada a los tuétanos del morlaco“.
Mateo Sebastián Silva Buestán, abril 2020.

Oración para todos los días

Los siguientes párrafos de ninguna manera buscan escarnecer a ninguna persona ni a todo un sistema. Tampoco es propósito generalizar el comportamiento o las actitudes de todos los miembros de una congregación. De igual forma, la estructura de este texto no tiene por objetivo befar a cualquier otra parecida. Puramente, este escrito trata de brindar una perspectiva diferente a la habitual. Así mismo, este, podría llamarse ensayo, se basa en la inexistencia de verdades absolutas. Nadie tiene la última palabra. No obstante, somos afortunados de haber nacido en este tiempo ¿O no?, de lo contrario, más de uno ya habríamos muerto en la hoguera o algo peor. Se recomienda discreción para esta lectura, o no tanta, talvez sea una exageración. Que así sea.

Primera estación: La sentencia

Desde el nacimiento de un inocente infante, la ¨excelentísima¨ Iglesia Católica Apostólica y Romana pretende inflar sus números y mantener sus estadísticas intactas para seguir siendo la ¨única y verdadera religión¨. Aquella es la razón por la que el bautizo es exigido desde edades muy tempranas. Pero hay que ser realistas, bautizar no es más que una simple costumbre basada en el miedo y sometimiento hacia la cruz. Echar agua ¨bendita¨ sobre la calva cabeza de un menor, promete, según ellos, una vida plena; sin embargo, las desgracias persiguen a cada persona, incluidos los que cuentan con tan sagrado manto. Es así como esta salvaje empresa ha mantenido su poder hegemónico desde su fundación – varios centenares después de la muerte de su salvador- claro está.

Dentro del mismo orden de ideas, bautizar, más que purificar, anula la libertad de pensamiento. Triste realidad, los padres, en su afán y temor, de que su hijo no sea el centro de incriminatorias miradas, sentencian al niño a vivir una vida que no ha escogido. Lamentablemente, así ha sido por generaciones. Por otra parte, el resto de corrientes ¨protestantes¨ que bautizan a sus miembros cuando estos ya están en edad madura, tampoco son flexibles, de hecho, son sumamente selectivos con sus integrantes. Así que, tranquilidad, los neonatos no tienen ¨cola que cortar¨, ni demonios que los persigan hasta antes de su bautizo. Por cierto, no olvidar la tarifa por sacramento, la comisión del cura y la fiesta post ritual.

Segunda estación: El peso de la sentencia

Una vez que el niño es oficialmente un soldado más del numeroso batallón, se presentan e imponen ante él una serie de reglas y prohibiciones. La persona crece desesperadamente en una perenne búsqueda de liberar sus instintos reprimidos. Sin razón alguna, vive una malsana templanza ¡Vaya contradicción! Porque, es ya de conocimiento general, las barbaries cometidas por innumerables sacerdotes a través de los años, así como son públicos los gloriosos festines y la exuberante riqueza de ese pequeñísimo país. Tampoco hace falta citar el quinto ¨No matarás¨, ni el sexto ¨No cometerás actos impuros¨, porque todo el cuento que han montado, los herejes de seguro, acerca de la inquisición, es mentira ¡Por D(d)ios! ¿Cómo tan noble institución pudo haber sido capaz de violar y asesinar de las formas más monstruosas a millares de hombres, mujeres y niños por tantos siglos? Blasfemos sin perdón; pero si talvez, y solo talvez, es cierto ¨Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados¨.

Tercera estación: Primer resbalón

En la primera infancia, despierta el raciocinio y con ello, la duda, la inquietud. Una etapa que está llena de preguntas sin respuestas, el niño, por ocasiones, hace el papel de filósofo. Llega un momento en el que empiezan, en palabras de Atahualpa Yupanqui, las ¨preguntitas sobre dios¨, y estas dejan atónitos a los padres. Ni si quiera las abuelas, con su infinito conocimiento religioso, pueden dar solución a las interrogantes del niño. Entonces, le censuran ¨no digas más eso, porque Diosito te está escuchando, a él no le gustan los niños preguntones¨ o ¨si te portas mal, te vas al infierno¨. De esta manera, el niño teme, no importa si es un temor de o a dios, la imagen que se ha forjado dentro de sí, es la de un ser desconocido que castiga con el infierno simplemente por pensar. A todas luces, la promesa del cielo o, en su defecto, el infierno, actúan como un mecanismo de control. Así, mantienen a todos sus adeptos con la venda bien apretada: en el reino de los ciegos, el tuerto es el que manda.

Cuarta estación: Encuentros que ¨fortalecen¨

Continuando con la tradición familiar y social, el niño, ya más crecido, es enviado a una segunda escuela -como si no fuera suficiente tortura con una- llamada ¨catecismo¨. Allí, el infante se preparará para consumir el cuerpo y la sangre de un tal señor que se llamaba Jesús, que murió hace muchos años para limpiar al mundo de los pecados, alguien bastante modesto para ser tan importante. Tan confusa idea, de cierta manera, es asimilada e interpretada como un acto de infinito amor y perdón. Obviamente, al niño se le explica que no va comer carne humana ni a beber sangre real, sino que, simplemente, se trata de un simbolismo, traducido en pan y en vino. Una metáfora que hace alusión al canibalismo.

Quinta estación: ¡Ayuda! Empieza a pensar

Para que el niño haga su primera comunión, es necesario que, antes, cuente todas sus ¨faltas¨ y ¨errores¨ a un tipo de identidad misteriosa que permanece dentro de una especie de castillo reducido, ¨confesionario¨ lo llaman. Un individuo que habitualmente usa zapatos negros y atuendos blancos. Y ahí va el niño, nervioso, huraño, cabizbajo a contar sus más íntimos secretos a una persona, como cualquier otra, que le han dicho que es capaz de ser intercomunicador entre el mismísimo Dios y la humanidad. Alguien realmente poderoso, que con su castísima prepotencia juzga vidas y, lo peor,  tiene la facultad de perdonar ¨pecados¨. Es cuando el niño, en pleno uso de sus facultades mentales, sospecha que todo es una farsa, pero calla por el miedo que antes le han plantado.   

Sexta estación: Enjuague de cerebro

Finalmente llega el día para el que tanto se ha preparado, va a comulgar por vez primera. Unos días antes de este evento, las clases religiosas se han intensificado, los catequistas han hecho énfasis en lo que hay que hacer antes, durante y después de la comunión. Han practicado un sinnúmero de veces, se supone que nada debe salir mal. El niño viste un elegante atuendo, ha ido a la peluquería y ha descubierto el aroma de algo llamado ¨perfume¨. Toda su familia también viste de gala. La iglesia luce más emperifollada que cada domingo. Padres y guías espirituales han cumplido su misión, juntos han remojado el cerebro del niño por varios meses, alistándolo para ese momento. Empieza la ceremonia, fotos por aquí, fotos por allá. Pasarela de muchachitas y señoras mostrando sus atributos en la casa de a quien llaman ¨Dios¨, y señoritos y caballeros que siguen con la mirada, descarada, la  forma de mujer. Así de extraña resulta, a veces, la psicología del feligrés.

Séptima estación: Segundo resbalón

¡Ha llegado la hora! El niño ya está en la fila y al fin va a recibir la hostia. Sus manos permanecen juntas a la altura del pecho todo el tiempo. Se adelanta con incertidumbre; se sitúa frente al sacerdote, abre la boca, cierra los ojos, saborea… ¡Amargo! Eso no fue lo que le dijeron. No pensó que el vino tenía ese sabor. Continua sigiloso su camino de regreso hacia la banca donde estaba sentado; llega, se arrodilla y reza y ora, esperando sentir al menos una de las múltiples sensaciones que le describieron. Se sienta, mira a su alrededor, no encuentra a su familia; voltea la cabeza, allí están. Lo miran con orgullo y dicha, pero él no sintió nada ¿Qué pasó? ¿Qué hizo mal? Aquel segundo resbalón agita su cabeza, desacomoda sus ideas. La fiesta que se ha organizado en su nombre resulta triste y baladí.

Octava estación: Consuelo y resignación

El ahora muchacho tiene que seguir yendo a la catequesis para algo acerca de confirmar su creencia y jurar lealtad ante un sacerdote de mayor jerarquía. Asiste, ya no con las mismas ansias de cuando niño. En este punto, el joven busca respuestas, sus catequistas ya no son útiles. Sus padres, furibundos, han mitigado su ¨rebeldía¨. Las charlas, los sermones y las lecturas le aburren profundamente, le dan rabia. Ha descubierto nuevos horizontes, nuevas formas de pensar, otras culturas, una Tierra repleta de novedades; pero debe ser cuidadoso. Ya que, un comentario desubicado o una idea fuera de lugar, lo dejaría expuesto ante una nueva reprimenda. Pasan los años, se confirma -o mejor dicho, le confirman- en la fe, en la iglesia, en ese camino que no termina de entender. Dicen que la resignación no es un valor digno de un cristiano, pero el muchacho se resigna a su vida miserable y halla consuelo en su mundo arcano.

Novena estación: Tercer y último resbalón

¡Basta ya! El joven no puede seguir aparentando. Se ha cansado de dar gusto a todos quienes le vieran persignarse, rezar, ir a misa, comulgar, entre otros desatinos. Ha decidido volver a ¨rebelarse¨, esta vez irá contra viento y marea, no habrá fuerza terrenal que le detenga. Atrás han quedado todas las enseñanzas cristianas, basadas en un libro de cuentos de hadas, al parecer revisado por un par de ciegos, literalmente. El joven ha conseguido cortar el cordón umbilical que le ha mantenido atado a un rejunto de creencias caducas y obsoletas. Ahora es un poco, solamente un poco, más libre. El camino es largo, aún quedan cientos de actitudes neocoloniales por abolir.

Décima estación: Rasgar vestiduras

Súbitamente, todo el círculo familiar y social del joven ¨descarriado¨ se ha tomado muy en serio tal irreverencia. Razón por la que, oran por su alma, aconsejan sin cesar, incluso lloran y piden a regañadientes su retorno a la madre Iglesia. Algunos, más osados, cuestionan y ponen sobre la mesa someros debates de los que siempre salen victoriosos, según su criterio. Otros, se apenan y se muestran condescendientes ¨así mismo es, nada más es una etapa; mi sobrinito también era así, ya le ha de pasar…¨. Mientras todos alrededor del joven se parten la camisa, él, fastidiado, los omite y continua su vida. También ha encontrado equilibrio ¿En qué puede afectar su decisión? Si todos los aspectos de su vida siguen igual, no hay diferencia alguna. 

Décima primera estación: Castigo, sangre y condena

El tiempo, ratero por excelencia, no se detiene, los años pasan, el joven se ha convertido en hombre, es ya un señor. Las constantes farfullas y críticas sobre su estado religioso no han cesado. Ha sido cobardemente excluido e ignorado. Conforme ha transcurrido el tiempo, el poder de la palabra ¨¡Apóstata!¨ ha dejado de generar en él ese sentimiento de orgullo y satisfacción incomprensible. Hoy por hoy, ese miedo hacia la cruz, ha vuelto y con más fuerza. La presión familiar y social, en adición con ese temor renaciente que le han infundado desde que era niño, han hecho que se rinda. Afortunadamente, nunca es tarde, y el perdón es un acto que a las sectas les encanta otorgar.

Décima segunda estación: Muerte

El hombre ha vuelto a asistir a misa todos los domingos y fiestas de guardar. Se ha casado, eclesiásticamente, por supuesto. Pero antes, sobre él han descargado nuevos y mejorados mensajes de amenaza, disfrazados de amor, por si se le ocurre abandonar, nuevamente, la Iglesia. De esta manera, el niño, joven y adulto pensador, muere, o, nunca antes mejor dicho, le asesinan. Pero no de forma física, ya los tiempos de inquisición quedaron en el pasado, aunque de seguro existe algún fanático extremista que quiere rescatar esa vieja tradición católica. La Iglesia, no conforme con arrancharle algunos dólares en cada ceremonia, le ha quitado lo más importante: su libertad. 

Décima tercera estación: Estado febril

Con la cabeza entre oraciones y cánticos, el señor ha caído enfermo y se encuentra en un estado poco común: la negación del todo y la aceptación de la nada. Este momento es aprovechado por sacerdotes y demás colaboradores de la Iglesia. Acuciosamente han intervenido, es la oportunidad para un segundo y definitivo enjuague cerebral. Es que, al parecer, los religiosos captan estas señales en una persona y sin perder tiempo le avasallan con falsas promesas en un lenguaje siniestro y confuso. El hombre, somnoliento, sosegado, confundido obedece y de rodillas frente al altar se entrega en cuerpo y alma ante un inexistente Dios que siempre ahorca y también aprieta.

Décima cuarta estación: ¡Sepultad sus ideas liberales!

El hombre, ya ¨curado¨ es terminantemente prohibido de volver a pensar. Ellos le darán nuevas actividades en las que mantenerse ocupado. Le harán guía de niños para que los evangelice. Sin duda, se topará con alguno que le recuerde a lo que él, en su tiempo, fue; pero, no dejará que ese tierno infante cometa sus mismos errores. Con el tiempo, se convertirá en jefe de catequistas; después, le integrarán en grupos de oración; posteriormente, se convertirá en el responsable de toda la parroquia. Finalmente, vestirá ternos para ir a misa, será el encargado de todas las lecturas. Se hará viejo, su voz melosa y su presencia inquietante se habrán convertido en una tabarra; después, lo desecharán sin más.

Décima quinta estación: ¿Catarsis?

Ya en este punto, el hombre alucina y asegura pasar por un estado de trance inexplicable. No puede articular una frase sin mencionar ¨a Dios gracias¨, ¨Dios le pague¨ o despedirse sin decir ¨que Dios le bendiga¨. Recuerda mucho a los tiempos de colonia: ¨pegue, patrón, pegue¨, ¨mande, usted dirá amito¨. Y sobre todo, se ha vuelto experto en mofarse de los que no siguen su lineamiento. Se burla de un cuarzo, pero cree firmemente que una estampa, con quien sabrá cual de las mil vírgenes creadas, le protegerá. Tilda de ignorantes e idólatras a quienes celebran costumbres ancestrales, pero cada diciembre viste y adorna a un niño de yeso, entre muchos otros ejemplos que, por salud, no valen la pena recordar. El homo catolicus se habrá transformado en la encarnación del odio y la intolerancia, no todos, desde luego.

Oración final

Movíame un exacerbado sentimiento de indecible rencor a la cruz y todo lo que esta, ostentosa y ponzoñosa para la libertad, representa. Aborrezco, pues, toda muestra de sumisión y legajos de sempiternas plegarias que en los corazones de los fieles actúan como cianuro, fumigando  de un solo tajo el pilar fundamental de la razón, filosofía y ciencia.  

En síntesis

A territorio Latinoamericano la religión y la idea de un ¨Dios¨ abrahámico llegó en tres embarcaciones, no fue inspiración divina. La expansión de la religión Católica, en estas tierras y en todo el globo terráqueo, se debe a una historia sangrienta de abuso y totalitarismo. El peso de millares de muertes, caen sobre este régimen, por lo que: persignarse, equivale a saludar como los nazis. Las primeras civilizaciones fueron politeístas, no monoteístas. El dogma de ¨imagen y semejanza¨ responde a miles de años y fases de un proceso evolutivo. Toda esa historia, desde el pueblo elegido hasta la resurrección del ¨Dios hijo¨ que también es ¨Dios padre¨, parece, más bien, una típica novela con final feliz.

Por otro lado, en la actual coyuntura, existen otro tipo de fieles, que, se supone, pasarán por este mismo calvario. Fieles que aun conociendo las mentiras de sus Deidades, optan por seguir recorriendo el tortuoso camino de la pasión, muerte y resurrección política. Fieles que el domingo -a propósito que es día santo- 11 de abril descubrirán cual de sus dos ¨religiones¨ tenía razón sobre el paraíso. Confiemos en que ninguno se equivoque.

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