De la competitividad y otras fruslerías

Por: Jacqueline Murillo Garnica (PhD)
Colombia

La competitividad para los antiguos griegos era proporcional a la naturaleza humana, encarnaba una fuerza positiva e innovadora, un fin que se cultivaba desde la infancia hasta la adultez mayor. El logro de la excelencia mediante el equilibrio entre el cuerpo y el espíritu. La rivalidad a juego limpio, la consagración del cénit de la perfección como un bien de todos los ciudadanos. Pero esa era la época de los griegos de otrora, de marras. En la China aparece Sun Tzu con su manual “El arte de la guerra”, un tratado que hoy siguen los estrategas militares y sobre todo los comerciales; las armas psicológicas para derrotar al enemigo o a la competencia. Pasaron varios siglos de guerras intestinas cuyos trofeos también fueron las conquistas de territorios, y luego surge ese negociador florentino en pleno renacimiento, el padre de la ciencia moderna, Nicolás Maquiavelo con uno de sus esloganes, “Cada uno ve lo que parece, pero pocos palpan lo que eres”, del que la gran mayoría de los políticos occidentales se han sumado a llevarlo como bandera de un principio ineludible.

La guerra del todo vale, el mundillo de los negocios y la competencia en sus fauces más desaforadas con tal de asegurar una ganancia, un escaño en la vertiginosa escala del jet-set de los negocios. Su traducción consiste en porcentajes y estas en cifras, dinero contante y sonante, en metas que exigen unos niveles altísimos en términos de conseguir una meta, de cerrar un lucrativo negocio, de obtener la presea deseada al precio que sea.  Los niveles de competencia pueden llegar a ser tan perversos como el mismo engaño que los encarna. Ejemplos tenemos variados en toda la baraja que nos ofrece el mundo de la alta competitividad.

Por ahora me referiré a la educación, al tráfico de discursos que pregonan palabras tan mancilladas como “felicidad”, “éxito” y una palabrita que tiene unas connotaciones bárbaras como “prestigio”. Y digo bárbaras por lo que encierra el término, una especie de condena tanto para el que se postula en una institución que sopla a los cuatro vientos estos términos, como para sus familias y lo que implica este viacrucis para lograr ingresar a tan prestigiosa universidad, por ejemplo. E insisto en el término “prestigio” que viene del francés Prestige y que a su vez deriva del francés original Deceit que quiere decir engaño (Jon Reider, documental Operation Varsity Blues: The College Adminissions Scandal). El discurso que se construye en relación con las formas del éxito exige pensar en cómo apostarle a la victoria. La pandemia solo ha sido un acelerador de una congragación que ya se venía ver su expansión y el lugar común en el que cada uno conserva y atesora su versión de ascenso social al precio que fuere. En el caso de un adolescente ¿cómo configura en su mente los conceptos como “mérito” y “felicidad”?

Por supuesto, todo este fenómeno totalmente opuesto a lo que concebían los griegos en torno a la educación moral y la educación intelectual. Sobre todo, el primero, hoy por hoy puede decirse que ya es un exotismo o que solo es cuestión de historia de la antigüedad. En la Grecia de antaño la competición representaba la personalidad colectiva y era un elemento de cohesión social. Nada que ver con el individualismo de la sociedad actual. Dirán ustedes que la comparación no tendría asidero, pero me cuestiona que no prevalezca la legitimidad, la ética y la honradez como un principio que todo ser humano debe tener independientemente de su época. Concierne a la formación cultural y moral, el aprender a manejarse en comunidad y al desarrollo de un individuo de forma productiva, de igual forma el respeto a los demás desde la generosidad de espíritu y la bondad.

En el pasado mes de febrero estuvo en Colombia, el profesor de la Facultad de Derecho de Harvard, Michel Sander, quien habló de su último libro titulado, “La tiranía de la meritocracia”, sus páginas ponen el dedo en la llaga en el orden moral que sustenta las sociedades actuales. La realidad es que los méritos no explican el éxito social y mucho menos el fracaso. La genética y el tipo de hogar en el que nace un individuo pesan más que el esfuerzo personal. Puede ser esta premisa una lección de humildad para los que llegan al éxito. La meritocracia, dice Sandel, ha servido para fomentar la arrogancia de los triunfadores y el resentimiento de los perdedores. La frase motivadora que reza: “si trabajas duro y cumples las reglas del juego, puedes alcanzar tus sueños”, acabó siendo un saludo a la bandera.

No solamente esta situación cobija la educación, también sucede en el mercado, la ciencia y la administración; es decir, los pobres difícilmente llegan a ocupar cargos de alto rango.  En Colombia, las élites tienen un sistema propio de reproducción aristocrática. El modelo neoliberal de la globalización que han aplicado políticos de la extrema derecha e izquierda en América Latina también ha producido un incremento en la desigualdad social. Sostiene Sandel que los partidos de centro izquierda se han sostenido en la retórica del ascenso y no se han ocupado del desequilibrio social. Lo grave en Colombia, una sociedad marcada por la inestabilidad social, con un clientelismo salpicado de corrupción, ha sido el puente oportuno para que una buena franja de la sociedad solvente la falta de meritocracia y de movilidad social.

La metáfora de la competitividad

Los niveles de exigencia en el ámbito empresarial han sido retratados desde el arte, ese gran denunciante. Me refiero aquí al cine con películas como “El lobo de Wall Street”, un coctel entre hedonismo, fraude y avaricia para imprimir allí el oscuro mundo del mercado bursátil, sin torna para triunfar en el universo de los negocios. El filme de Scorsese fue inspirado en la vida de Jordan Belfort, aquel corredor de bolsa, reconocido como el magnate del fraude, que presumía en sus tiempos de gloria, de ganar 9.5 millones de euros al día; una buena metáfora del estafador estafado.

Otro retrato del cine que refleja estándares insospechados en el mundillo de los negocios es la película, “Éxito a cualquier precio”. Un agente inmobiliario se ingenia un concurso para incrementar las ventas en su equipo, y consiste en regalar un Cadillac al agente que consiga mayor número de ventas y al último que no logre su cometido, su sanción será el despido de la compañía. Toda una oda a la materialización y a la obtención de logros al precio que sea. La fábula del vendedor exitoso.

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