La felicidad de mirar

Por: Julián Ayala Armas

Esta mañana en la semivigilia inmediatamente anterior al despertar me sorprendió la imagen de un hombre solitario que, acodado en la barandilla de una playa, contemplaba la puesta del Sol sobre un mar sereno y apacible, como si nunca hubiera roto un plato azul. El hombre estaba de espaldas, vestía una chaqueta blanca y, como un personaje del pintor Eduardo Úrculo, se tocaba con un sombrero panamá ligeramente caído sobre la nuca. Tenía los pies cruzados y una voluta de humo ascendía por encima de su cabeza desde el lugar, oculto por su cuerpo, donde debían estar sus manos. Un suave oleaje irisado por los agonizantes rayos solares venía morir dócilmente poco más allá de donde se encontraba.

Es curioso, pero su imagen me ha perseguido todo el día, hasta el punto que he buceado en mis recuerdos para tratar al menos de reubicar en la memoria el paisaje marino en el que aparecía el solitario personaje. Lo encontré al fin, envuelto en una evocación brumosa de la adolescencia, una playa de arena negra a la que no voy desde aquella lejana época y que es posible incluso que ya no exista tal como era, enterrada bajo el cemento de alguna urbanización turística de las que tanto abundan en nuestro litoral. No recordé, sin embargo, al hombre, que puede ser también alguna reminiscencia inconsciente de mis días de playa, pero me extrañó la insistencia con que se resistía a desaparecer de mi pensamiento.

Los antiguos solían dar a los sueños una proyección futura, lo que soñabas era en muchos casos un aviso de lo que te iba a ocurrir. Los relatos de los historiadores de aquellas épocas están llenos de estos sueños premonitorios, sobre todo cuando el afectado era un gran personaje, como Julio César o cualquier otro pastor de hombres de esas edades. Hoy sabemos que los sueños en todo caso están relacionados con el pasado o el presente de la persona que los sueña, no con su futuro. El subconsciente, que no es otra cosa que el consciente sin el control de la mente, juega con hechos, sensaciones, recuerdos o preocupaciones personales y los proyecta en nuestro sueño como quien da vueltas al azar a una moviola cinematográfica. Por eso el sueño se ha convertido en un método de introspección de la persona. Mediante el análisis de los sueños inventó Freud una terapia encaminada a bucear en los aspectos más recónditos de la condición humana, los que no se manifiestan de forma consciente, porque sin saberlo nosotros mismos tendemos a ocultarlos como consecuencia de algún trauma no resuelto.

¿Pero a dónde nos lleva todo esto? ¿Qué significado puede tener —si es que tiene alguno— el personaje de Úrculo que se extasiaba contemplando la puesta del Sol sobre un mar de olas cansinas? ¿En virtud de qué reminiscencia íntima y desconocida se introdujo este apacible individuo en mi sueño? No teman, no voy a intentar hacer ningún ejercicio pseudofreudiano. Quizá porque barrunto que, en términos generales y sin entrar en más sutilezas, aquella escena onírica era tan solo una simple imitación de la vida. El instante en que fue aprehendida en mi sueño postrero de hoy es irrepetible y la vida es precisamente una sucesión de momentos efímeros y únicos. Además, el gesto ensimismado del personaje, atento a la contemplación del paisaje, el humo que se desvanecía sobre su cabeza, sus pies cruzados indolentemente e incluso la misma posición de su sombrero, caído como con descuido hacia la nunca, daban una sensación despreocupada y serena a aquel cuadro idílico, dotándole de un aura de placidez casi irreal. La felicidad de mirar que todos hemos sentido y practicado alguna vez.

Seguramente cuando el Sol acabó ocultándose en el horizonte, el tipo tiró su cigarrillo medio consumido, lo aplastó con un pie sobre la arena y se encaminó al sedán, quizá de color rojo, que seguramente le esperaba aparcado al borde de la carretera. Terminó la magia del instante único y la vida y el sueño siguieron su curso natural. Cada uno por su lado como debe ser.

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