Homo academicus – Homo ethicus

Por: Dr. Enrique Pozo Cabrera, rector Universidad Católica de Cuenca

La filosofía es el amor al conocimiento, el cual sólo existe y se entiende en razón del  hombre; pero, del hombre que convive en la naturaleza, que piensa en el otros y en los que vendrán, que protege el medio ambiente; y en el marco de la tolerancia, también de aquellos que piensan y hacen lo contrario.

De lo dicho, extraemos que, el conocimiento, la ética  son fuente de amor al hombre, que estudian los actos humanos en caminos a su corrección, definiendo y redefiniendo contenidos en el marco de plena libertad en busca del bien universal.

El hombre es un ser inquieto, que busca conocer, irrumpe,  abre caminos, construye senderos que luego los ilumina con conceptos que inundan la idealidad del conocimiento contrastado que busca la verdad. Esto implica el reconocimiento de que cómo ser humano está dotado de trascendencia y que las acciones que motivan sus pensamientos tendrán consecuencias de trascendencia personal y social.

El académico es un ser ético por naturaleza; así está inscrito en sus acciones de autonomía de libertad que busca generar nuevo conocimiento, discriminando lo que considera malo y se lanza apasionado a la búsqueda de lo bueno.

Procurar la corrección de los actos humanos es ciencia, aplicar el conocimiento en la vida es procurar bienestar y, procurar la corrección de las acciones humanas orientada a la dignidad de la persona es ético.

La razón práctica se traduce en el obrar humano, se dirige a aquello que es bueno por contener  el bien en sí; el académico es ético por naturaleza, pues busca a través del conocimiento el bien para los demás ; y en conjunto, ética y conocimiento se encaminan a la perfección humana para hacer el bien.

El académico toma en cuenta los resultados previsibles  de sus acciones, es decir los fines que no pueden ser absolutos no comunes en toda la sociedad, por lo que es consciente de que se pueden producir  resultados que generan consecuencias por las acciones; es siempre un contra poder necesario; por ello, el comportamiento ético del docente no puede estar en duda.

Para el académico es indispensable vivir la filosofía como un saber necesario para lo cual todos los académicos no solamente son capaces, sino que necesitan y, de hecho, forma parte de su obligación de pensar de manera crítica. Es necesario, pues, representar no sólo una realidad especulable, sino el ejercicio de la realidad operable en el actuar racional humano.

El origen de la filosofía se encuentra en la admiración intelectual de los académicos, la felicidad y la satisfacción de las necesidades humanas; las dos primeras llamadas a provocar la reflexión, la constante y perpetua admiración por el saber produce en los académicos la felicidad del conocimiento y orienta al bien trascendente; pues el mal  sólo surgirá, esencialmente, en aquello que se ignora; la ignorancia es el mayor mal hacia la humanidad.

La ética como herramienta del académico adecúa su conducta, libre, autónoma, que se orienta a la búsqueda incansable del saber para generar bienestar en la sociedad; es un obrar moralmente bueno hace que la generación del nuevo conocimiento se oriente en libertad hacia provocar acciones beneficiosas.

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