Azúcares: pedagogía y políticas para un consumo responsable

Por: Juan Almagro Lominchar

Hace unos días, en un centro de salud encontré un mural que mostraba, explícitamente, las cantidades de azúcar que contienen algunas de las bebidas –refrescos, zumos, batidos…- y alimentos –galletas, cacao, yogures…- consumidas habitualmente por un público joven, y no tan joven. En aquel trabajo, elaborado por niñas y niños de entre 8 y 12 años, aparecía, por ejemplo, una lata de refresco y debajo su cantidad correspondiente en azúcar, que podía ser más de la mitad de dicha lata, perfectamente. Por motivos de tiempo, no llegué a indagar mucho en las razones que llevaron a ese grupo de escolares a realizar tan interesante labor; tampoco sé si el trabajo en cuestión se llevó a cabo en la escuela o en algún tipo de taller realizado en el propio centro de salud, quizá en tiempos preCovid; pero lo que sí me pareció relevante fue que, independientemente del contexto en el que se realizase, como docentes, nutricionistas, personal sanitario y/o cualquier persona comprometida con la causa, facilitemos y apelemos a la concienciación de niñas, niños y jóvenes al respecto de lo que contienen –ya sea azúcar u otros componentes- las bebidas y alimentos que consumen.

Varios informes derivados de los estudios que realiza la Organización Mundial de la Salud (OMS), reflejan, por ejemplo, que en 2016 –un año que parece tan lejano que tendemos a obviar su cercanía en el tiempo- había más de 340 millones de niñas/os y adolescentes (de 5 a 19 años) con sobrepeso u obesidad, y que la prevalencia del sobrepeso y la obesidad en niñas/os y adolescentes (de 5 a 19 años) ha aumentado de forma espectacular, del 4% en 1975 a más del 18% en 2016. Un aumento que, según sostienen estos estudios, ha sido similar en ambos sexos: un 18% de niñas y un 19% de niños con sobrepeso en 2016. Llegados a este punto, hay quienes pensarán que es responsabilidad de cada cual elegir lo que ingiere y por qué lo hace. Nada más lejos de la realidad si, por un lado, explicamos que la gran mayoría de ese público infantil y juvenil se ve inmerso, en su día a día, en una vorágine constante de anuncios y reclamos para convertirse en cliente perpetuo de las marcas que mercantilizan bebidas azucaradas y otros productos procesados; y, por otra parte, entendemos que la responsabilidad individual únicamente puede tener efecto si las personas tienen acceso a un modo de vida saludable.

El espacio socioeducativo debe integrar diversos ámbitos, vinculados a lo sanitario y lo nutricional, con la intención de realizar una pedagogía conjunta para confrontar con estos gigantes del marketing cuyo fin último y principal es captar la atención de niñas, niños y jóvenes, en muchas ocasiones con mensajes cuestionables y subliminales, obviando en los mismos lo perjudicial de un consumo recurrente y habitual de estos productos. En este sentido, la escuela ha de convertirse en un espacio para la reflexión y la concienciación, fomentando actividades que despierten la curiosidad del alumnado, a la vez que facilitando herramientas para indagar, desde las aulas, un tema tan significativo como este. Paralelamente, es preciso que nuestras y nuestros gobernantes realicen una puesta en escena y ejecución sostenida de políticas que ayuden a revertir la situación que reflejan los datos de la OMS, por ejemplo: estableciendo impuestos sobre las bebidas azucaradas; obligando a la industria alimentaria a la reducción de azúcares en sus productos; e incluso limitando la comercialización de tales productos. Por otro lado, se ha de facilitar que aquellas opciones alimentarias más saludables, ecológicas y, a ser posible, locales, sean asequibles y fácilmente accesibles para todas las personas, en particular para aquellas más vulnerables.

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