Aquí estoy

Por: Esthela García M.

En este tiempo de pandemia, el mundo se sumió la panza, se puso mascarilla, se dio baños periódicos de alcohol y se quedó en la casa. Justo ahora en que la vorágine de la modernidad, la inserción de la tecnología, la seguridad de los hombres en sí mismos, la indiferencia por el otro y el amor por lo exterior parecían no tener freno.

La pandemia: una sombra que poco a poco se tomaba las regiones del viejo continente, como animal rastrero invisible a la mirada de los hombres de ciencia, un virus perforaba la débil fortaleza de la carne y mataba con la crueldad de un sicario bien pagado.

Como una de las maldiciones de la Biblia, de las siete plagas de Egipto, un jinete del apocalipsis profetizado, en un tiempo que tenía la razón más inocente.

Este ser de cuerpo microscópico no tuvo miedo de las balas, ni a la guerra en medio Oriente, ni a la estricta disciplina del Japón. No respetó fronteras ni banderas, ni luchas intestinas, ni se compadeció de la miseria de las naciones sin perdón.

Por el cielo llegó el virus.  Sin permiso se alojó en nuestra América mestiza, tal vez metido en una maleta, o en un pañuelo de algodón. Incierto es su origen en el Continente de Colón.

Escenarios nunca vistos, ciudades vigorosas se durmieron en el pajizo silencio de las horas y la espera. Hospitales colapsados. Miradas de terror al contacto con la gente. Todos fuimos sospechosos de un crimen que jamás cometeremos. Los vestidos de la muerte lucían sus galas. Ella regodeándose por las esquinas, cosechando a mano abierta y con cestas de mimbre, los frutos de las vidas que caían por las calles y dentro de las casas, con los pulmones carcomidos. La gente lloraba ante la imposibilidad de despedirse de sus muertos.
Fueron tantos los héroes de mandil que perdieron sus latidos, en la guerra sin cuartel contra el covid-19. Muchos, los que siguen en la lucha, pese a todo, enfrentándose a este monstruo en las salas de hospitales. Porque es muy difícil que acepte tregua, mientras no se encuentre el arma que arrancará para siempre la raíz de su nido, su albergue putrefacto, donde quiera que esté.

Ante la imposibilidad de establecer contacto con el mundo afuera de las casas, la gente ingresó de lleno al mundo virtual, creado aún sin saber que sería el nexo que usarían para aliviar un poco el peso del exilio necesario en el hogar.

Con el paso de los meses se puso en evidencia la capacidad de adap- tación que tiene la raza humana, esa facultad que le permite aprovechar situaciones adveras como peldaño para escalar hasta la cima de sus anhe- los y migró con todas sus fuerzas a un universo paralelo a través de una pantalla, llevando hacia este: las relaciones y actividades familiares, de negocios, comercios, espectáculos, deportes, educación, capacitación; entre muchas otras. Aprovechando los beneficios de la inmediatez en las conexiones, de la amplitud de los canales de acceso que se ofrecen en este distanciamiento obligatorio.

En esta gama de posibilidades surge el arte como una barca de colores, que se presta a salvar vidas de las almas compungidas. La música llega con más fuerza. La danza no se inmuta ante la necesidad creciente de libertad de mente y cuerpo. La pintura encuentra un nicho vital en el encierro, la escultura es una hermana parecida que usa las manos para nacer todos los días.

Todas ellas se han erguido sobre la faz de la pandemia y de cierta forma han doblegado esa sombra visceral de la rutina y subsisten en el ingenio, en el contacto directo con las emociones y se nutren solas del deseo de vivir en los sentidos.

Todas han tenido su espacio en la mirada virtual que ha caído sobre el mundo. Pero sobre ellas, la literatura es para mí la soberana, que naciendo desde el vientre burbujeante de las hijas de Mnemósine, ha llegado a mí con una fuerza indestructible, se ha impuesto a mi razón y a mis querencias. Ha rasgado la piel de las palabras que tenía escondidas en crisálidas de tiempo y ha formado con ellas el universo que habito en mis horas más dichosas. Ella me conduce de la mano por lo incierto, por los versos que me amaron. Ella logra espantar el miedo que tenía de levantar mi voz hecha poesía y desterrar el miedo a elevar mis manos hacia el cielo y decirle al mundo confinado, ¡Hey, aquí estoy!, y escribo.

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