Sobre la actual y difícil situación del Ecuador

Después de la tormenta no viene la calma ¡Se aproximan mil más!

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán

Tras las elecciones generales del 7 de febrero, el foco de atención nacional se fijó en las secuelas que este proceso, dizque democrático, dejó. En un principio, un candidato parecía ¨dar la sorpresa¨ al posicionarse segundo en la tabla general. Este resultado provisional lo colocaba en segunda vuelta y, para muchos, lo convertía ya en Presidente. Su emoción fue efímera, pues horas más tarde había descendido al tercer lugar de entre los diez y seis presidenciables. Enseguida, se instó a ejercer presión sobre los organismos responsables de garantizar la legitimidad de los procesos electorales en el país, el CNE y el TCE. Así, líderes, miembros, partidarios y simpatizantes en general del partido político que se vio afectado se manifestaron. Realizaron un plantón a las afueras de las instalaciones de las entidades citadas para exigir que se respete la voz del pueblo.

El candidato de este partido político, supuesto víctima, presentó una serie de inconsistencias al CNE, respecto a un sinnúmero de actas mal contadas. La palabra ¨fraude¨, una vez más, se transformó en ese secreto a voces que todos comparten, pero que nadie, absolutamente nadie, se atreve a revelar. Por su parte, el CNE se deslindó de responsabilidades. Su personal se pasó la pelotita entre sí, de departamento en departamento, de funcionario en funcionario; jugaban a la ¨burrocracia¨, un tradicional juego de varias instituciones públicas.

¿La respuesta? Una marcha pacífica de sur a norte del país y varias amenazas de paro, si no se daba oídos a las peticiones del candidato y sus militantes. Así transcurrieron los días, la marea empezaba a descender. Al parecer la tormenta había pasado. De cierta manera, la población se acostumbró al silencio del CNE y TCE y sencillamente esperaban los resultados ¨oficiales¨. De hecho, se empezó a debatir sobre cuál de los candidatos finalistas era la opción que afectaría menos a los ecuatorianos y a sus residentes de todo el globo terráqueo, triste realidad.

En este contexto, azota al Ecuador la segunda tormenta. Esta vez, las miradas se caen en los centros penitenciarios del país. Luego de los acontecimientos de la mañana y tarde del 23 de febrero, la bandera tricolor pasó a ser totalmente roja. Sucede pues que, se registraron múltiples, organizadas y sincrónicas matanzas al interior de los centros de ¨rehabilitación social¨, de reos contra reos. El número de asesinados se aproxima al centenar de personas. Sin duda, surgen un sinfín de interrogantes que jamás llegarán a esclarecerse. Ya para aquella noche, los videos de esta mísera masacre se habían viralizado entre el común. El morbo, en su máxima expresión, mostraba su rostro más feroz. Y a la mañana siguiente, como si nada, todos comentaban las muertes como si se tratase de un partido de balompié. Sociedad putrefacta y gustosa de revolcarse en las más viles cloacas.

En los siguientes días, las personas ¨privadas de libertad¨ emitieron un comunicado, en una rueda de prensa como tal, se disculparon por el derramamiento de sangre, pero aseguraron que era necesario. Al parecer, todo se debía a restaurar el orden y dar una muestra de supremacía y poder. Sin embargo, no se pueden descartar: vendettas, narcotráfico, reyertas internas de grupos criminales, disputas por territorio y demás conflictos propios del bajo mundo. En tanto a los asesinados, bajo ningún concepto se puede permitir el salvajismo, esa exfoliación de los instintos básicos. No obstante, se ha dicho que los ahora muertos, cumplían condenas por cometer actos muy similares a como fueron ejecutados. Hace algunos milenios, el mundo se guiaba por la famosa Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Se creía que el Hombre había evolucionado, aunque, hay acontecimientos que demuestran que sigue en el primer peldaño de su raciocinio.

En el Ecuador, el pan de cada día son balaceras, sicariatos, robos, estafas, secuestros, violaciones, desapariciones, corrupción y una pandemia que no da tregua. Todo esto sucede mientras la cúpula del Gobierno se preocupa más por irrisorios programas de televisión y abyectos discursos de falsa humanidad, que por la realidad de las calles. Si bien es cierto, hay una enorme responsabilidad por parte de las autoridades, pero no se puede esperar a que el Estado solucione todos los conflictos. También depende de nosotros mismos. Todos los problemas sociales están enraizados en nuestra idiosincrasia. Entonces, no hay cabeza que cortar, esto es hombre muerto frente a otro. Lo que se evidencia es debilidad humana.  

Habida cuenta ¿Qué nos espera? ¿Cuándo se pronunciará al fin el CNE? ¿Se vivirá un paro similar al de octubre de 2019? ¿Existirán retaliaciones por los hechos sangrientos en las cárceles? ¿Debemos encerrarnos por miedo a ser asesinados? ¿Cuándo nuestra Historia tomará un rumbo diferente? Me gustaría proclamar las palabras del fiscal Strassera en el juicio contra Videla y sus secuaces ¨¡Nunca más!¨ Lamentablemente, lo que se viene no es nada prometedor. Las mil tormentas que se aproximan quizá dejen al Ecuador como un punto perdido del Pacífico. Quisiera creer que aún tenemos oportunidad, pero dicen por ahí que no se debe llorar sobre la leche derramada.

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