Por qué el 8 de marzo NO se celebra

Por: Carola Beatriz Henríquez Espinosa

Cada 8 de marzo con motivo del Día Internacional de la Mujer, el marketing nos llena de mensajes para felicitar a las mujeres en “su día”, comprar un regalito por ahí, enviar unas flores por acá, promoviendo mensajes sobre la belleza (estereotipada) de la mujer, como un ser bueno y angelical, delicado, sacrificado, madre como condición de mujer, entre otros adjetivos.

Esta construcción social de la mujer ha generado durante años una imagen que desvirtúa el real significado del 8 de marzo, y de forma particular minimiza el rol de la mujer relegándola a uno en el que debe cumplir ciertas funciones particulares, para recibir una felicitación, con la cual la sociedad espera no sólo quedar bien, sino invisibilizar la real lucha de la mujer por sus derechos, por la conquista de equidad de oportunidades, de respeto como persona.

En una pincelada por la historia, el “Día Internacional de la Mujer” se remonta al 8 de marzo de 1857, cuando miles de mujeres, trabajadoras textiles, salieron a las calles para exigir mejores condiciones laborales, disminución de las horas laborales y fin del trabajo infantil. Esta movilización como inicio de una serie de manifestaciones que se darían en el transcurso de los años y que visibilizaría sucesos como el incendio de una fábrica de camisas en Nueva York, donde más de 100 trabajadoras fallecieron al no poder escapar por encontrarse encerradas durante la jornada laboral.

Tras la proclamación del Día Internacional de la Mujer Trabajadora, en 1910 en la 2ª Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, en marzo de 1911 se organizaron mítines en los cuales las mujeres reclamaron su derecho al voto, a ocupar cargos públicos, a la formación profesional, a la no discriminación laboral, a la protección de embarazadas y mujeres lactantes, entre otras peticiones.

Desde entonces hasta ahora, la lucha de las mujeres se ha manifestado y mantenido en diversas esferas, de lo público y privado, en los últimos años hemos podido ver un crecimiento constante del movimiento feminista, permitiendo que los temas relativos a género y a la mujer puedan estar presentes en la opinión pública, en las calles y en las casas.

Pero esta visibilización no es suficiente, aún los temas de inequidad de oportunidades, desigualdad laboral y de participación política, de violencia hacia la mujer, del no reconocimiento del trabajo de cuidado y doméstico (que nos hace creer que es parte del ser mujer, del ser madre), de acceso a una salud pública real donde se aborde la importancia de salud sexual, el no avanzar hacia el reconocimiento de los diversos géneros y sus derechos, entre muchos otros, siguen siendo temáticas pendientes de analizar, de reconocer como sociedad y que se establezcan como asuntos públicos.

Ecuador se encuentra en un momento de definición política, sin duda las elecciones presidenciales llenan las noticias y el análisis en los medios de comunicación. Es entonces el momento de saber cuál es la posición de los candidatos frente a los pendientes, no que hagan promesas de campaña sino que presenten propuestas de trabajo y políticas públicas construidas desde las necesidades de la mujer: joven, trabajadora, madre, trans. Es el momento de conocer cuál es el propósito detrás del discurso, y para esto también es necesario entender qué candidato puede tener una agenda programática que permita avanzar en este sentido, en la cual se puedan recoger e incorporar estas temáticas y ser tratadas con la importancia que se merecen.

Contemplar, por ejemplo, la situación y afectación de la mujer frente al trabajo informal, el rol de la mujer rural y la explotación del trabajo en la ruralidad o la “libertad de contratación” que profundiza la precarización laboral que viven las mujeres.

La generación de políticas públicas que permitan comprender, la violencia hacia la mujer como un problema público, no simplemente como casos de violencia intrafamiliar, es decir, puertas adentro. La educación sexual integral como un deber del estado, desvinculado de valores católicos y del dogma, y el reconocimiento de familias diversas.

El 8 de marzo no se celebra, no puede celebrarse porque aún las mujeres deben atravesar una serie de adversidades impuestas por la sociedad. Porque aún muchas madres deben enfrentarse a la realidad de hijas que vivirán en un círculo de pobreza y/o violencia que no han podido romper; porque aún las mujeres trabajadoras ven invisibilizadas las dobles o triples jornadas que deben realizar en su rol de asalariada fuera del hogar, de trabajo doméstico y de cuidado, y a su rol comunitario.

Porque aún el cuerpo de la mujer está expuesto como un estereotipo que la define, como un objeto de venta y compra, porque hemos crecido en un sistema en el cual la cosificación de la mujer es cotidiana, reforzada gracias a la publicidad y el trato que se le da dentro de los diversos espacios de los medios de comunicación.

No es una fecha para festejar, porque en estos dos meses del 2021 ya se registran 13 femicidios[1],   118 mujeres fueron asesinadas en el 2020 y 106 en el 2019[2], porque en Ecuador cada tres días se comete un femicidio y 6 de cada 10 mujeres han sufrido algún tipo de violencia, porque muchas familias no han tenido justicia tras la desaparición, violación y muertes de sus mujeres.

Porque todavía los cargos públicos y políticos para mujeres no consideran realmente sus capacidades, sino que responden a una ley de paridad que termina convirtiéndose en una carta que da legitimidad.

Son sólo algunas de las razones por las cuales el 8 de marzo no se celebra.

El 8 de marzo conmemora la lucha de miles de mujeres, se toman los espacios, se crean encuentros y debates, se levanta la voz.

Es necesario que entendamos como sociedad que esta lucha viva responde a la opresión de siglos de estructuras como las de clase, raza, género y sexualidad, que en su conjunto han afectado a las mujeres, como variables que han profundizado y mantenido la desigualdad generada por el capitalismo, el neoliberalismo y el patriarcado, pero ahora ha encontrado un alto en los movimientos feministas, en las movilizaciones que se convierten en la energía necesaria para generar un cambio social.


[1] Fuente: Radio Púrpura.
[2] Fuente: Fundación ALDEA – Asociación Latinoamericana para el Desarrollo Alternativo

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