Los locos años veinte

Por: Manuel Ferrer Muñoz

Cuando en 1918 cesaron las operaciones militares en Europa, se puso término a cuatro años de muerte y destrucción: tan terrible fue el impacto de esa conflagración bélica que no tardaría en ser denominada la Gran Guerra, y poco después, la Guerra Mundial, porque involucró a países de los cinco continentes. Y, con la paz, llegó el desconcierto y los primeros atisbos de lo que daría en llamarse la decadencia de Occidente.

La Gran Guerra arrebató las ilusiones alimentadas durante varias décadas de estúpida prepotencia. El progreso indefinido que, aparentemente, nada ni nadie podían detener; la sujeción de las fuerzas naturales al imperio de las modernas y engreídas ciencias experimentales; el orgullo de todo un mundo embriagado de autosatisfacción; la solidez de unos Estados nacionales ya asentados con ese carácter y dispuestos por entonces a someter a sus intereses al resto del planeta; el cacareado triunfo de la Luz de la Razón sobre las supersticiones religiosas y la supuesta oscuridad de tantos siglos… todo ello quedó en entredicho ante la evidencia de que las jóvenes generaciones que debían proseguir la escalada de las más altas cumbres de la sabiduría y del poder habían quedado diezmadas, aniquiladas también todas las esperanzas puestas en el advenimiento de un siglo que se auguraba de plenitud y que, repentinamente, se vio envuelto en sombras.

Los años de la posguerra estuvieron marcados por el trauma demográfico de los muertos, heridos y mutilados de la contienda, por la ingobernable crisis económica agravada por el crack de la bolsa de Nueva York de 1929, y por la imposible reconciliación entre Francia y Alemania. Y, paradójicamente, asistieron a una desaforada fuga hacia adelante de bon vivants, aferrados al inmediato presente, que quisieron retener el efímero placer y la fugaz felicidad de la fiesta, el baile, el alcohol o el sexo, como único horizonte vital, más allá del cual no se adivinaba ninguna esperanza.

Ha transcurrido un siglo, y el Planeta Tierra empieza a dar señales de lo que podría ser el comienzo del fin de una pandemia que ha sembrado muertes, confinamientos, desmoralización, miedo. Cuando se escriben estas líneas, pocos son todavía los que intuyen la luz al final del túnel.

La inquietante pregunta que nos formulamos es si repetiremos la ligereza de nuestros antepasados que, atrapados por el deseo de escapar a los miedos acumulados durante cuatro años, apartaron su mirada de lo que ocurría ante sus ojos y no advirtieron que el mundo se entregaba en brazos de los totalitarismos.

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