Litros de sangre o el detrimento moral de un país

Por: Jacqueline Murillo Garnica

En Colombia, un escándalo es opacado por otro y así llevamos el peregrinaje de los sucesos, como el común denominador de una sociedad que no termina de desconcertarse y de asombrarse a sí misma. Rasgarse las vestiduras puede ser un ejercicio de exculpación, sin embargo, quedamos horrorizados ante la barbarie.

La revelación que en estos días ha hecho la JEP, la Justicia Especial para la Paz, ratifica la cifra de 6.402 “falsos positivos”, entre el 2002 y el 2008. Cifra que controvierte con la enunciada por la Fiscalía General de la Nación: 2.248 falsos positivos. Esta cantidad, pensarán ustedes, es una cifra de los muertos que ha dejado el conflicto colombiano. Quisiéramos que fuera así, aunque también absurdo, pero supongamos que lo hubiese sido.

El programa bandera del Centro Democrático, partido político que bautizó y enarboló el caudillo Álvaro Uribe Vélez, quien logra posicionarse como presidente, bajo la égida de la “Seguridad Democrática” en dos periodos consecutivos: 2002-2006 y 2006 a 2010. Años en que los titulares de los medios de información verificaban la contumacia y efectividad de la Seguridad Democrática, con la baja de guerrilleros combatidos por la Fuerza Pública. Fueron los años del ruido en que los colombianos de a pie creíamos que estábamos “ganándole la guerra a la guerrilla”, que ahora si podíamos estar tranquilos.

En reciente declaración voluntaria de algunos miembros del Ejército Nacional que se han acogido a la JEP han manifestado la presión que recibían de sus superiores para entregar cifras de cadáveres al precio que fuera para mostrar como resultados (ver https://www.youtube.com/watch?v=Mty-7dBISqA) la efectividad de la “seguridad democrática”. El nivel de competencia rebasó los límites de lo impensable. Las compensaciones fueron embajadas para los generales, condecoraciones, ascensos, vacaciones, licencias y nombramientos para los uniformados que lograban suma de bajas importantes. La más cruel de las competencias fue causada por la Fuerza Pública colombiana, hasta se emitían circulares que oficializaban la barbarie.

En la voz de un sobreviviente de los falsos positivos, se puede conocer cómo era el modus operandi para engañar a las víctimas https://www.youtube.com/watch?v=oC-HCX_VTgs y un testimonio de un capitán del ejército que narra cómo se le fustigaba cada vez más para incrementar la cuota de muertos y la comparación con otras unidades para dar más aliento y lograr mayor número de bajas y obtener entre otras prebendas, la medalla al “Mérito de la Patria” https://www.youtube.com/watch?v=69CkFtNmAL4 Testimonios de las partes han registrado esta escalada de barbarie que menoscaba en todo sentido la legitimidad del Estado y pone de manifiesto el detrimento moral de un país.

Entenderíamos que, en un conflicto, que en una guerra hay bajas de cualquiera de los bandos, pero lo que nos horroriza es que el mismo garante de la seguridad, el estado, sea el que haya propiciado esta barbaridad. Decía un reconocido general del ejército colombiano a sus subalternos: “no quiero litros de sangre, quiero ríos de sangre”. En el afán por tener resultados, miles de personas fueron engañadas y trasladas a otros lugares distantes de las ciudades, de los campos, bajo la promesa de un trabajo en alguna zona del país, luego eran asesinados y vestidos como guerrilleros. Las fotografías dan cuenta de las botas puestas al revés, los fusiles al lado del cadáver para que no se dudara que el muerto era un guerrillero. En alguna ocasión le pregunta un periodista al expresidente Uribe sobre los “falsos positivos” y él responde: “no estarían cogiendo café”. Tanto eufemismo no es posible resistirlo en tan zafadas frases.

Y en este escenario dantesco se conoce otra práctica de vieja data, de la época de las motosierras: ¿Cómo desaparecer los muertos? Otra de las barbaries habida cuenta de la complicidad del estado: el maridaje entre la Fuerza Pública y los paramilitares. En medio de esta bestialidad se ha revelado la existencia de los hornos crematorios para no dejar rastro de los asesinatos, masacres y torturas. Investigadores sociales de la Universidad de Antioquia refieren por fuentes confidenciales de estos hornos en los departamentos de Norte de Santander y Antioquia. Da cuenta esta revelación de “industrializar la criminalidad”. ¿Quién dio la orden? Había una imperiosa necesidad de desaparecer los muertos. Este sistema fue planeado, con escuelas para formar a muchachos en el oficio de la guerra o la muerte, que viene a ser lo mismo, tuvo un carácter sistemático y selectivo. Copio aquí esta investigación del diario El Espectador que detalla un manual de torturas: https://www.elespectador.com/noticias/judicial/manual-de-tortura-paramilitar/

Colombia ha generado toda suerte de narrativas, por desgracia también, la del odio visceral en que se recrudece la retórica, los discursos caudillistas mientras la gleba pone los muertos. El odio también se alimenta de sangre.

Los sucesos han sido también el leitmotiv para denunciar a través de la escritura todo este salvajismo. Recientemente se ha publicado una novela de Pablo Montoya, “La sombra de Orión”, una prosa cruda que se interna en uno de los lugares más tenebrosos llamado “la escombrera” que nos desgarra y nos deja el corazón sin aliento. También la literatura se encarga de cumplir con su función social e histórica y en ella su denuncia.

El presidente Duque ha dicho que se examinará caso por caso, los dirigentes del Centro Democrático, partido del actual gobierno, sostiene que “la justicia no debe hacerse desde el micrófono”, que, además, la cuestión no es tan grave porque los guerrilleros fueron criminales. Frases sueltas y acomodadas porque no pueden negar las cifras reveladas.

Me voy a permitir y solo por una liberación personal, por la incapacidad de comprender, de reconocer el sinsentido a toda esta locura que hemos vivido por años consecutivos en Colombia, si es que hay cabida para la poesía en estos tiempos en que como quijotes creemos todavía en el valor de la palabra.

Réquiem

            Desde la corriente del río Cauca

La corriente desmesurada
se lleva los escollos de las desventuras.
Arrasa con los residuos que salen a su paso.
las viejas o frescas cuentas ya saldadas.

El devenir postrero
ha sembrado de lamentos,
sin quejambrosas plañideras,
los despojos que depositan
en la ribera del río
por las madrugadas.

En un tiempo,
los lugareños de allí se
persignaban
y aterrorizados
huían a sus bohíos
en medio de la nada.

Ha pasado el verano
y las piedras solitarias
se quejan de no saber
lo que trae la corriente
al bajar por la montaña.

Historias macabras
de ene-enes lejanos
bajan por las cañadas.
Y ese río ha sido testigo
de lo que puede hacer
la condición humana.

Un comentario en «Litros de sangre o el detrimento moral de un país»

  1. Profundo lamento desde la literatura y la poesía con el que Colombia se identifica, con la excepción de los violentos victimarios, traficantes de la guerra que mantienen los negocios del narcotráfico, las armas y la minería.

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