Jornada del antisistema

Por:  Julián Ayala Armas

El antisistema se levantó aquella mañana a la hora habitual para poder estar en el trabajo a las ocho en punto. Se duchó y afeitó a toda prisa, mientras oía en el transistor las primeras noticias del día: masacre en los territorios ocupados del Sáhara Occidental, bombardeo por error de los asistentes a una boda en Afganistán, atentado en cualquier parte con decenas de muertos, efectos devastadores del huracán en Haití, diez o doce inmigrantes (qué más da) ahogados como ratas a pocos metros de una playa del sur de Europa…

Maldiciendo para sus adentros al régimen social causante en última instancia de tales desmanes, el antisistema se tomó de pie una taza de café recalentado y salió pitando a coger la guagua. Después de ocho minutos de nervioso paseo de un lado a otro de la parada, llegó el autobús, lo que le permitió fichar sólo treinta y cinco segundos después de la hora de entrada. Esquivó la mirada de reproche que le dirigió el jefe de personal al pasar a su lado, murmurando los buenos días, y fue a ocupar su puesto de trabajo al lado de una ventana que daba a un patio de luces frío y desangelado. Sobre la mesa, un montón de expedientes le esperaban para ser examinados y tramitados. A media mañana fue llamado al despacho del director, donde tuvo que soportar una dura reprimenda por ser el causante del extravío de un legajo que al final se demostró que, debidamente diligenciado, había sido entregado a su superior días antes y yacía bajo un montón de papeles en su propia mesa. Resuelto el conflicto y sin recibir excusa alguna, el antisistema se reincorporó a sus tareas habituales.

A las cuatro de la tarde terminó el trabajo y el antisistema, después de coger unos expedientes para verlos en casa, salió rumbo al cafetín donde solía tomar su parco almuerzo. De camino a su domicilio dio una limosna a una mendiga anciana, sabiendo que no le iba a resolver nada con ello.

Por el camino abrió su móvil, que no se permitía usar en la oficina. Tenía tres mensajes de WhatsApp. Dos eran comerciales, pero uno de ellos le avisaba de una concentración de protesta aquella misma tarde frente a la Delegación del Gobierno. De su colección de pancartas, debidamente clasificadas por temas, cogió la más apropiada al momento y “armado” con la misma y su correspondiente pito salió a participar en la acción. Durante dos horas aproximadamente estuvo ante el edificio oficial, pitando y exhibiendo su pancarta junto a dos centenares largos de cofrades, la mayoría de mediana edad como él, varios jóvenes e incluso algún glorioso vejete, muy respetado, cuya oposición al sistema se remontaba a los míticos años ’60.

Terminada la protesta, el antisistema se fue con algunos colegas a tomar unas birras en un bar cercano. Allí se habló inevitablemente de lo decaído que estaba el patio antisistémico, de las acciones necesarias para reanimarlo y de la corrupción imperante en las esferas del poder institucionalizado y su maridaje con el poder fáctico por excelencia, el económico. Reconfortado por la tertulieta y las cervezas trasegadas, el antisistema se despidió de los compas y marchó hacia su casa. Al pasar junto a unos contenedores, encendió un cigarrillo e inadvertidamente arrojó la cerilla a un montón de basura apilada junto a ellos, que momentos después, cuando ya se había alejado del lugar, se convirtió en una hoguera. Unas calles más allá, el antisistema, denunciado por un vecino, fue detenido por la policía.

Al día siguiente, los periódicos daban una escueta nota de la manifestación frente al Gobierno (un simple pie de foto donde se hablaba de “una decena de manifestantes”) y una amplia noticia en la sección de “Sucesos”, donde se informaba del vandálico acto del conocido activista de izquierdas.… (aquí unas iniciales), que impulsado por su vesania incívica había destruido seis contenedores de basura, causando un importante daño al patrimonio municipal y colectivo de todos los ciudadanos. Algunos periódicos incluso publicaron editoriales sobre el asunto, enlazando el caso con la oposición de los del “no a todo” a proyectos tan necesarios para el progreso insular como el puerto de Granadilla, los trenes del norte y del sur, o el Plan General de Ordenación de Santa Cruz de Tenerife.

Y es que estos antisistema, ya se sabe, son insaciables…

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