El mito de la rehabilitación social en el Ecuador

Un pueblo con educación y justicia social,
no tendrá la necesidad de construir una cárcel.

Por:  Iván Petroff Rojas

Hace algún tiempo, tuve la oportunidad de acompañar a los estudiantes de la Facultad de Jurisprudencia de la Universidad de Cuenca, a una gira por los psiquiátricos y centros mal denominados de rehabilitación social del Ecuador. En efecto, y en los dos casos, asistí a un escenario con variadas muestras de cómo la condición humana era tan maltratada: seres que deambulaban por los túneles de su propia locura, tratando de alcanzar algún aeroplano que tan pronto como estaba al alcance de sus manos se retiraba en un viaje huidizo y veloz para perderse en un vago firmamento de pesadumbre y desilusión. En otros casos, parejas de enamorados separados por una gruesa valla que no les permitía sino tocarse la yema de sus dedos en un idílico almuerzo de promesas con jardines espléndidos de sol y plantas exóticas. Los más agresivos eran los reos declarados enfermos mentales y que estaban en celdas de alta seguridad; todos respirando un ambiente cargado de furia e impotencia, con los ojos desorbitados pidiendo justicia o venganza, suplicando la muerte o una buena dosis de letal droga en hipodérmica para dejar este mundo lleno de odio, resentimiento y desamparo.

El director médico, que nos asistió de principio a fin en el recorrido por los distintos pabellones, había sido nada más y nada menos,  un paciente que siempre tuvo delirio de poder y ahora se había conformado, luego de haber persuadido a las autoridades, en el rol de guía para los grupos de visitantes –turistas, investigadores o estudiantes. Supimos entonces de muchas carencias de muy compleja data para superar; y, sobre todo con métodos y prácticas de tratamiento en las que predominaba el castigo, el conductismo, la camisa de fuerza o los sedantes para apaciguar la esquizofrenia y otras manifestaciones de la condena mental y física que eran escondidas y severamente castigadas por considerarse en el terreno de la normalidad, graves faltas a la moral, la ética y las buenas costumbres.

En las cárceles y panópticos de Quito y Guayaquil, las historias de las personas privadas de la libertad eran estremecedoras: mujeres utilizadas por el microtráfico, trabajadoras sexuales que tuvieron que matar para sobrevivir en un mundo atravesado por la codicia, el deseo y la gula en medio de situaciones de hambre, falta de protección social y oportunidades de trabajo. Violadores que exhibían sus trofeos, fotografías y hasta lencería de sus víctimas. Ahí conocimos al famoso monstruo de los Andes, hombre con dotes persuasivos desbordantes y un personaje casi de ficción, de exquisita conversación, pero que la vida le jugó una mala pasada por culpa del ambiente y la realidad traumática que tuvo que vivir en una Colombia convulsionada por la violencia y las duras condiciones económicas y políticas, pero más aún era el tema de su hogar con una familia disfuncional, donde la promiscuidad no permitió el sueño de la paz y el equilibrio mental.

Los presos de la penitenciaría del litoral heridos en grescas y disputas, lentamente comenzaban a descomponerse en cuerpo y alma hasta que sus cadáveres eran cubiertos por las moscas y el olvido de sus familiares. Hombres y mujeres que rumiaban sus recuerdos al no encontrar ninguna actividad que les devolviera, siquiera por unas horas, una pequeña razón para seguir existiendo en medio del acoso de unos y el quemimportismo de otros que, como el caso del Estado, no han sabido asumir con responsabilidad social y humana el tema de la reclusión como forma bastante simple y cegata de afrontar el problema de la delincuencia, serio y severo problema en sociedades de contundente desigualdad e inequidad sociales

Y todo este colectivo, resultado de un sistema perverso y desalmado, clamando por una verdadera rehabilitación, porque estos centros, comprobado está con lo que pasó en uno de estos martes ácigos de febrero, son verdaderas escuelas del crimen y los más insólitos pecados contra los derechos humanos y el fundamental principio de la vida.

La enriquecedora experiencia que palpamos tiempo atrás, a partir de un pequeño proyecto de lectura con las personas privadas de la libertad en la cárcel de varones de Cuenca, nos permitió comprobar que en estos antros hay seres que en la primera oportunidad demuestran increíbles competencias de creatividad, imaginación, capacidad crítica e interactuación. Es el sistema el que los pierde para siempre en estos imaginarios de la sangre estrangulada y la muerte como una alternativa para sentir la verdadera libertad en un mundo de ignominia y estulticia.

Hoy tenemos un cruenta realidad, y las cárceles son solo espejos de la corrupción que en los diferentes ámbitos de una sociedad en descomposición vemos que sucede. La mutilación, la fragmentación de cuerpos, resulta una macabra performance e instalación del odio y la venganza contra el sistema. Una forma de clamor infernal de esos seres humanos que, así mismo se han sentido cortados y mutilados en sus proyectos y aspiraciones de vida.

Dante, otra vez, vuelve por los fueros de la escena épica, aunque en verso y profundo simbolismo, al recordar el infierno y sus siete círculos, para los pecados de un sistema social donde el dinero, el lujo, el poder y el dominio de unos sobre otros es el sustento para nuevas formas de dominación.

La rehabilitación social, continuará como una política de estado de cuarto orden, para nada asumido por proyectos sociopolíticos que nunca pensarán en los derechos de las personas, sabiendo sobre todo que este tema no deja réditos electorales. Una rehabilitación social que solo podrá ser planificada o reinventada por movimientos y acciones de colectivos con verdaderas propuestas integrales y altamente humanistas, que tengan nuevos conceptos y consideraciones sobre los seres humanos que han tenido que sufrir la travesía del abandono, la miseria y el desamor. Mientras tanto, y sin una propuesta en un mundo de oscura trama neoliberal, la rehabilitación en las cárceles del país seguirá siendo un mito.

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