8-M: Incentivar la sororidad; deconstruir la masculinidad

Por: María Justicia Gómez & Juan Almagro Lominchar

Con el preludio de una nueva primavera nos acercamos a una fecha que cada vez tiene más visibilidad en buena parte de los países del mundo: el 8 de marzo (8M), entendido como Día Internacional de la Mujer, en el cual se reivindica la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Como si se tratase de un síntoma con el que nuestro cuerpo nos avisa de que algo no funciona bien, este día ha de seguir sirviéndonos como un indicio de las carencias que aún emergen en el ámbito sociopolítico en el que nos movemos, y que, a su vez, debemos identificar y analizar con el rigor que merecen, si queremos transitar hacia una sociedad formalmente democrática. 

A día de hoy, las mujeres seguimos sometidas a un mundo regido por un sistema patriarcal, desde el que perpetuamos roles de género. Buscamos ser perfectas o, al menos, estar lo más cerca posible de una perfección establecida por los cánones de belleza. Elegimos trabajos asociados al cuidado, la limpieza o la educación, si lo podemos compaginar con la maternidad, que no conciliar. Casi nunca somos ingenieras, científicas o futbolistas y si llegamos a un puesto de poder tenemos que demostrar constantemente tu aptitud.

Y no culpo a nadie, no es culpa nuestra, es de un sistema que nos socializa para ello: cuando en la escuela carecemos de referentes femeninos, que las hay, pero se ocultan; cuando en la tele, la música, el cine o los libros que consumimos se muestra un modelo de mujer que cumple unos cánones y cuyo objetivo es estar o ir tras un hombre; o más peligroso aún, cuando nuestra educación sexual es escasa o nula, se convierte la menstruación y la masturbación femenina en un tabú y nuestra principal fuente de información sexual es el porno, al que tan sencillo es acceder hoy día.

Este modelo de mujer desde el que nos socializan, incluye ver a nuestras compañeras como rivales. Tendemos a culpar a otras mujeres; desde aquella ocurrencia de Eva de comerse una manzana, hasta las distracciones que podemos provocarle a un futbolista de élite que últimamente no marca un gol. Hay que detectar estas situaciones, dejar de perpetuarlas y concienciar a las generaciones venideras, pues esta lucha es inconcebible sin sororidad, y, en paralelo, sin que los hombres cuestionemos esa jaula de masculinidad que actúa como un corsé, limitándonos, con el fin de perpetuar un conjunto de desigualdades cada vez más evidentes, a reproducir fielmente los roles que la sociedad patriarcal espera de nosotros, a saber: que seamos poderosos y dominantes; que siempre estemos preparados para actuar con rigor ante cualquier situación que surja en nuestras vidas; y que todo esto lo hagamos sin mostrar ningún atisbo de inseguridad. Sin embargo, esta concepción de lo que implica el concepto de hombría nos separa peligrosamente de las peculiaridades que emanan de nuestra propia naturaleza como seres humanos sensibles, frágiles e inseguros, capaces de empatizar y emocionarnos ante situaciones que cada día surgen de nuestras relaciones con el entorno y con las y los demás.

Deconstruir esa jaula, con el fin de alcanzar una nueva subjetividad masculina, también implica que los hombres entendamos que el machismo es la ideología que sustenta el patriarcado, y que hemos de revisar nuestros comportamientos y acciones, principalmente aquellas que nos sitúan en esa órbita de poder con respecto a las mujeres. Y debemos empezar a hacerlo, en contraposición con la construcción de la masculinidad tóxica, desde la infancia, detectando los   comportamientos y actitudes machistas que, por mucho que intentemos atenuar, restándoles importancia, están ahí. Sin ir más lejos el ámbito educativo es un espacio del cual podemos partir para analizar y profundizar en este tema; por ejemplo,  mientras que ellas han de meditar mucho algunas de sus intervenciones en las aulas, ellos, jaleados en la mayoría de ocasiones por sus compañeros, acaparan la mayoría o totalidad de las intervenciones, aunque sea para exponer una solemne estupidez, o, en el peor de los casos, para realizar una corrección, con autoridad masculina, a las palabras de sus compañeras (lo que se conoce como mansplaining). Es por ello tan necesario y relevante empoderar a las chicas para que sean capaces de reclamar sus espacios y tiempos, como educar -más allá de lo que implica el concepto de socializar- a los chicos para que sean capaces de ceder y replegarse en ocasiones, alejándose de ese rol que busca, mediante estas actitudes, no sólo acaparar sino también posicionarse y acomodarse, desde temprana edad, en la poltrona patriarcal de los privilegios, el poder y la invulnerabilidad; es decir, el caldo de cultivo perfecto para, en un futuro, rehuir los cuidados –siempre vinculados a lo femenino-, evitar expresar emociones y mostrar constantes dotes de mando de las que, en muchas ocasiones, emerge cierto paternalismo y condescendencia hacia las mujeres.

Por todo ello, el 8 de marzo ha de suponer un día para reflexionar sobre el camino que nos queda por recorrer, exigiendo nuestro espacio y nuestro derecho a ser quienes queramos ser, sin modelos que nos esclavicen y enfrenten, ni jaulas que nos encierren. Quizás sea algo obvio, pero solo así nos acercaremos a esa igualdad real entre hombres y mujeres que reivindica este día en el que ponemos en valor todo lo conseguido, y que bajo ningún concepto debemos permitir que retroceda, debido a discursos o debates que ponen en cuestión derechos ya asumidos.  La respuesta para no perder esta perspectiva está en el feminismo; un feminismo transversal e inclusivo desde el que seguir caminando juntas.

Salud y feminismo.

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