Sobre el sistema educativo, breves relatos y experiencias con el profesorado

Por: Mateo Sebastián Silva Buestán

Es siempre bueno recordar las experiencias vividas dentro de un salón de clases, sobre todo para los jóvenes que hoy nos preparamos para educar. Existen infinitas memorias, imposibles de clasificarlas, en cuanto a lo vivido en una institución educativa. Vivencias que evocan amistades pasadas, colores, formas, sonrisas, nostalgia; y también a esa figura que posa al frente de todo el aforo, responsable de las vidas de treinta y tantos estudiantes. En atención a lo expuesto, son los docentes, profesores, maestros, tutores -o cualquier otra denominación- quienes serán los protagonistas de estos párrafos.

Es necesario precisar, antes que nada, que el objetivo de estas líneas no raya en criticar a los que fueron mis profesores, ni mucho menos pretendo jugar a ser juez y dictar sentencia sobre ellos. Simplemente, es una reflexión que nace desde el análisis de ciertas realidades educativas. Así, este corto escrito busca esclarecer y ampliar la visión de todo el proceso educativo en el que, hasta el día de hoy, me encuentro inmerso. Por otra parte, también se busca reconocer lo que se puede considerar como “buenas prácticas educativas”. De esta manera, y en un primer momento, procedo a describir, muy sintéticamente, mis experiencias de la antes llamada Escuela: EGB, Elemental y Media.

Vagas memorias poseo de aquellos años, una escuela tradicional -entiéndase tradicional como antiguo, más no en referencia a un Modelo Educativo-fiscal de la ciudad de Cuenca, de gran reputación, pero en lo que a mí respecta, de escaza calidad educativa. Si bien es cierto, todos, o casi todos los alumnos aprendimos destrezas y competencias básicas, como leer, escribir, sumar y restar. Sin embargo, recuerdo profesores y profesoras aplicando una respuesta negativa y abusiva en reacción a una acción que no cumplía con sus expectativas de grandes maestros. Así mismo, por más de una ocasión, se podía sentir el fétido olor a licor proveniente de quien ejercía como “educador”, acompañado y acompasado de improperios y gestos vulgares de muy mal gusto. En fin, “adiós, adiós, adiós, maestros queridos, maestros sin igual…” cómo decía la canción de despedida de esta etapa educativa. El Humano es un ser curioso: pese a todos los actos descritos, rememoro con cierta alegría la experiencia general de la escuela.

En tanto a lo que se conocía como Colegio -EGB Superior y BGU-, la situación parecía cambiar. Colegio fiscal, mixto, igual o quizá menos tradicional que la escuela donde crucé mis primeros estudios. No todo era bueno, tampoco todo era malo. Recuerdo profesores que llenos de cólera, inyectados sus ojos de un rojo mortal, reprimían la “indisciplina” o la ¨ociosidad¨ de varios compañeros y la mía misma, mediante gritos, amenazas y burlas. Maestros con aires de superioridad que menospreciaban un comentario, una corrección, e incluso, una queja justa; sofocando la voz de la juventud y apagando sus preludios de rebeldía nata. Autoridades como rectores e inspectores que pretendían manejar a su antojo a los estudiantes, como si se tratase de un régimen militarizado, de una dictadura, de seguro aduladores de Pinochet y Videla en secreto. En lo opuesto, hallé docentes que inspiraban, que poseían una dialéctica titánica, que respetaban al estudiante y presentaban su clase horizontal y homogénea. Docentes que han dejado huella, a mis Profes de Inglés, Literatura e Historia ¡Mi entera gratitud y admiración!

Ya en la Universidad, la sed de absoluta libertad se vislumbraba ante mis ojos. Libertad, a veces bien aprovechada y otras veces usada como excusa para justificar actos propios de “universitarios”. Estudié cuatro ciclos antes que la pandemia nos haya obligado a atender a clases desde una computadora, “Virtualidad” la llaman los expertos. Como todo sistema, la universidad también tiene sus fallas, por citar tan sólo un ejemplo “los profesores de relleno”, personas dictando materias que no guardan ninguna relación con sus estudios. Enhorabuena, he tenido docentes que brindan oportunidades, que potencian al máximo todas las capacidades de los estudiantes, en favor de la Educación y de la Academia. Docentes nacionales y extranjeros que sin llevar bandera alguna, nos involucran, nos sumergen en un mar de nuevas corrientes, de mundos recónditos y poco explorados. Profesores que confían que en nuestro futuro como educadores, seamos la diferencia y no la semejanza.

Concluyo, el sistema educativo de este país posee varios y serios problemas que no se pueden resolver creando elefantes rosas o agitando una varita mágica que en vez de salvar del fuego a toda la baraja, rescate solamente a los reyes. Una magia oscura, que juzga y osa de poder cambiar el mundo. Sino que se necesita un cambio de raíz. Entender que la Educación es una responsabilidad compartida, no un compromiso de pocos, por ende, no se les puede echar la culpa entera a los profesores, mucho menos generalizar y tildar de “mala práctica” su labor. Se anhela una Educación que enseñe a caminar junto al otro, no a pisarlo para llegar primero. Una Educación que deje de crear robots, pero que tampoco reproduzca holgazanes. Evidentemente, no todo en el actual sistema educativo es malo ¿Existen grandes docentes? Claro que sí, por supuesto, pero no olvidemos que para el sastre ¡Un botón basta de muestra y los demás a la camisa!

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