La tesis de la crisis civilizatoria ¿Otro resultado de la crisis de la izquierda?

Por: Jesús Puerta

Este artículo es sólo la expresión de una duda o una sospecha. Para nada vale como una crítica fundamentada de la tesis de la “crisis civilizatoria”, la cual se ha generalizado en los medios intelectuales de la izquierda mundial. Hacer eso ameritaría una búsqueda, muchas lecturas, revisiones y elaboraciones que en este escrito el lector echará mucho de menos. Se trata tan solo de una especie de “piquiña” intelectual, pero ese incómodo escozor puede servir para abrir un debate que, más allá del día a día, político, pudiera servir para aclarar algunas cosas. Por lo menos, a mí.

La “crisis de la izquierda” (o más específicamente, la crisis del marxismo) no es nada nueva. De eso se viene hablando desde la muerte de Marx, a través de momentos álgidos y otros más tranquilos, en flujos y reflujos donde, o bien las autoridades establecidas reinaban e imponían una “ortodoxia”, o se derrumbaban por los embates de unos rebeldes que denunciaban brillantemente las falacias y los engaños en cada época. Esa historia es larga y no me voy a detener en ella. Basta saber que, desde mi punto de vista, esa misma historia de constantes revisiones, reafirmaciones, dudas y polémicas, muestra que el marxismo es una tradición muy heterogénea y contradictoria, en permanente cambio y, por tanto, sobreviviente de revisiones más o menos profundas que atraviesa, por otra parte, momentos de nuevas ortodoxias y relativa estabilidad.

Otro punto previo es el término mismo de “crisis”. La uso, a pesar de haber sido tan manoseada y desgastada en su claridad semántica, y de que, incluso, se hayan propuesto sustitutos conceptuales provenientes de la teoría de sistemas, tales como “momento de bifurcación”, por ejemplo (Wallerstein lo propone; igual el profesor Gustavo Fernández de la UC). La ventaja de seguir usando el término “crisis”, a pesar de su imprecisión, es que es un término indicativo. La uso como se entiende en el contexto de la medicina: es un momento decisivo e incierto en que el enfermo tiene una de dos: o se muere, o sobrevive y mantiene vigente una esperanza de mejora. Es la Y misma. Indecisa. Una de las alternativas que presenta es la muerte o el paso a un estado existencial esencialmente diferente. Si no hay muerte, hay una supervivencia que, igual, ya no puede ser la misma.

Para entrar en materia, empezaré diciendo que la tesis de la “crisis de la civilización” tiene, por lo menos, los siguientes contextos originales: a) una crítica de la llamada “teoría crítica” (ver, por ejemplo, la crítica de Boaventura de Souza Santos a esos teóricos de la escuela de Frankfurt), b) una crítica a los supuestos de la “Teoría de la dependencia” (ver debate entre Gunder Frank y Dos Santos; el primero, afirmando con fuerza que hay un solo sistema-mundo), c) una crítica al mito del progreso indefinido que funciona como supuesto filosófico de múltiples teorías, pero especialmente del marxismo (ver crítica del marxismo emprendida por Edgardo Lander), d) una crítica, asumida por la ecología con marca política, al horizonte del crecimiento indefinido de la ciencia, la tecnología y la economía especialmente (esto se hace más fuerte a partir de los setenta, Informe de Roma mediante, donde se señala que los recursos del planeta son limitados; son ellos los que fijan el término de ese progreso económico, científico y tecnológico).

Por supuesto, la tesis de la “crisis civilizatoria” acompaña el discurso de la ecología política junto a su renovado indigenismo y la impugnación del extractivismo (del cual acusa a la experiencia del “ciclo de gobiernos progresistas” en América Latina de las primeras décadas del siglo XXI), así como elaboraciones recientes que, de alguna manera, afirman una relación explicativa entre la aparición de la pandemia del COVID 19 y la catástrofe ambiental, cuyos síntomas se manifiestan por doquier, desde el calentamiento global, pasando por el aniquilamiento de millones de especies y el problema creciente de la disponibilidad del agua, que ha determinado ese acontecimiento histórico que es la puesta en venta  de acciones en las bolsas para la explotación del agua.

Se asocia también la tesis de la “crisis civilizatoria” con el intento de proponer modos de vida (o, mejor, de “buena vida”) de los indígenas americanos, como proyecto alternativo a la sociedad moderna, capitalista, industrial, urbana. Esto empalma con el grueso de la posturas decoloniales, muy diversas, claro está, pero que tienen la perspectiva común de impugnar un enfoque de historia unificada de la Humanidad colocando como modelo la historia europea; en otras palabras, el eurocentrismo.

Una crítica tan abarcadora como la implicada por esta tesis, por supuesto, impugna también el status epistemológico del mismo discurso crítico. Ya no se habla desde la ciencia o, al menos, desde la ciencia “eurocéntrica”, en la cual se comprende el marxismo en sus muy diversas ramas. ¿Estamos en un dominio filosófico? Confieso que no estoy claro. Es interesante el cuestionamiento del “eurocentrismo”. Ya una crítica parecida la había hecho Spangler cuando advirtió que occidente se hallaba en su decadencia. La crítica al eurocentrismo no solo implica refutar de entrada los intentos de una historia universal que tiene, casi siempre, como modelo un esquema de la evolución de Europa, y como tal víctima de una distorsión por la cual unas pocas décadas o siglos de la historia de ese continente valen más que los milenios o siglos de otras “civilizaciones”, igual de complejas y ricas en cultura, conocimientos, técnicas, política, etc., como la azteca, la maya, la incaica, la china, la árabe-musulmana, y tantas otras. Las consecuencias van más allá: se trata de suspender la vigencia o la validez de conceptos y supuestos filosóficos que vienen desde la Antigüedad griega y se han diluido en nuestro “sentido común” filosófico y teórico en general. El fundamento de este replanteamiento, en algunos autores, es ético: al usar esas categorías de pensamiento nos estamos identificando con los conquistadores y opresores, y debemos, más bien, asumir la identificación con las Víctimas del colonialismo y asumir su “punto de vista” (esto se me parece mucho a la insistencia del joven Lukács del “punto de vista” del proletariado, y la abierta parcialidad de la mirada del feminismo). Llama la atención que esa responsabilidad con el Otro, tiene raíces en el judaísmo (a través de Lévinas y Jonas, claro), otro ingrediente de la civilización que se impugna.

 Por otra parte, curiosamente, los portadores y desarrolladores de la tesis se identifican políticamente con la izquierda, ubicación que tiene su origen, como todos saben, en las ubicaciones de las bancadas en la Asamblea Nacional de la Revolución Francesa. Este es uno de los motivos del escozor intelectual al que me refería al principio.

Otro aspecto también curioso, por lo menos, es la vinculación de algunos representantes de la tesis de la “crisis civilizatoria”, con los planteamientos éticos y políticos de la “filosofía (o teología, o la ética) de la liberación”. Por supuesto, son muy interesantes los cuestionamientos de esta teología a las ideas oficiales de la Iglesia Católica. Su perspectiva pastoral es clave. Brinda una profundización de los enfoques que, en varios países, constituyeron una renovación importante de la izquierda. Las posiciones actualizadoras del Papa Francisco I en relación al tema ecológico y algunos asuntos morales, son bastante aceptables y dignos de celebración. Así mismo, la discusión teológica planteada es muy rica y demoledora de antiguos dogmas y plantean una nueva forma de vivir la fe para todos los cristianos. Lo que causa cierta extrañeza, es que el cristianismo es uno de los fundamentos de la misma civilización de la cual se dice que está en crisis o, por lo menos, en una etapa terminal de una enfermedad mortal. Uno no puede evitar preguntarse ¿entonces, desde esa perspectiva de la “crisis de la civilización”, adquiere pertinencia la crítica frontal al cristianismo emprendida por Nietzsche, por ejemplo? Los denuestos de Franz Hinkelammert contra Nietzsche, por ejemplo, muy comprensibles por el compromiso cristiano del sacerdote centroamericano, nos dejan mucho qué pensar.

Crítica a la “teoría crítica” de Frankfurt, del marxismo como tradición, de la modernidad, de las perspectivas ilimitadas de progreso científico y tecnológico, identificación política con la izquierda, replanteamiento geopolítico de las perspectivas de análisis histórico y antropológico, alarma ambiental, crítica ecopolítica, propuesta de “formas de buena vida” de origen indígena, propuestas teológicas que replantean el sentido mítico de la encarnación de Dios en la Tierra. Estos elementos, tal vez circunstanciales y marginales, nos parecen bastante sintomáticos ¿Síntomas de qué? Pues de que se trata de una nueva crisis de la izquierda.

Por supuesto, comparto la idea de que casi todo está en crisis, incluida la derecha, como política, como ciencia y como filosofía. Y los problemas estallan por doquier. La pandemia no hace más que agregar un elemento cuasi apocalíptico a estas constataciones.

Pero ¿no es hora de intercambiar algunos pareceres sobre esto? Me parece importante justo cuando tratamos de resolver asuntos urgentes como el futuro de Venezuela, el alineamiento con Eurasia, las condiciones que crea la crisis política en Estados Unidos, etc.

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