Inconsciencia social

Por: Dra. Cecibel Ochoa Yumbla

Hace más de un año, mediante medios de comunicación y redes sociales veíamos muy distante que, en Wuhan–China, un virus mortal de tipo Sars Cov 2 era la causa de enfermedad y muerte de muchas personas, por lo que se activaron de inmediato las alarmas sanitarias a nivel mundial, con el cierre de aeropuertos, cuarentena, teletrabajo, suspensión de actividades educativas, etc.; un escenario, realmente devastador, como si se tratara de una película de terror.  

En marzo 2020 se diagnostica el primer caso de covid-19 en Ecuador. El Ministerio de Salud Pública, siguiendo directrices de la Organización Panamericana de Salud (OPS), implementó planes de contingencia a nivel nacional, con el apoyo de todas las entidades gubernamentales, adoptándose algunas medidas de prevención y restricciones dispuestas desde el COE Nacional, como el autocuidado, con el uso obligatorio de mascarillas, la higiene de manos, distanciamiento social, etc. 

Durante el primer mes, la población, mayoritariamente, pese a las pérdidas económicas, acató las restricciones; el temor se apoderó de todos, con la idea de que el virus podría estar en cualquier lugar, hasta en objetos menos pensados; este temor aumentaba mucho más, al ser testigos de cómo este microorganismo comenzaba a cobrar vidas, de grupos vulnerables, de miembros de familias conocidas, de pacientes de los hospitalesAlgunos, al término del complejo tratamiento retornaban felices a sus hogares porque habían vencido al Covid; pero qué tristeza, contemplar de cerca el dolor humano, reflejado en los rostros de familiares de pacientes que perdieron la batalla contra el virus; igualmente, causaba desazón y angustia, contemplar al personal de salud, agotado, extenuado por los turnos interminables que debían cumplir en el área de Covid, con el miedo inevitable de llevar el virus a casa y contagiar a nuestros seres queridos, padres, hermanos, hijos, etc. Sin duda, estamos viviendo casi 365 días al borde de la desesperación y el desconsuelo de una pesadilla que, al parecer, no tiene fin.  

Ahora, se vive la segunda ola de contagios en algunos países del mundo; ajenos a esta realidad, muchos hermanos ecuatorianos no se cuidan, como se pudo evidenciar en el último feriado, cuando el COE Nacional no mantuvo las restricciones. Lamentable, ver las playas y balnearios de nuestra Costa, llenos de gente, sin distanciamiento, sin mascarillas; lo peor, sin consciencia colectiva frente a la terrible pandemia. “Consciencia colectiva” que, a diferencia de la consciencia individual para disminuir los contagios, la población debe tener actitudes de cuidado de salud, no solo personal, sino cuidar la salud de la sociedad; y, como es bien sabido, el núcleo de la sociedad es la familia. 

De nada sirve que los abuelos y grupos vulnerables sigan quedándose en casa, si los otros miembros de familia salen sin guardar precauciones, a disfrutar las festividades; luego, traen consigo el virus mortal, convirtiéndose en causantes directos de la enfermedad; y, en el peor de los casos, de la muerte de sus seres queridos, que dieron lo mejor de ellos a sus hijos y nietos; y hoy en día, son víctimas inocentes de la pandemia por el Covid-19.  Sin embargo, resulta paradójico escuchar que, “en el hospital lo mataron”; que de emergencia no lo atendieron ni lo subieron a piso. ¿Cómo se los va a atender con calidad ni eficiencia, si por falta de consciencia colectiva llegan contagiados en cantidades que saturan el sistema de salud y la disponibilidad de camas y respiradores? El personal de salud está plenamente capacitado para salvar vidas; pero, es deber de todos ayudar a salvar la vida de quienes estamos en primera línea, desafiando a la muerte día a día. 

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