Oda a la sencillez de una mesa

Por: María Justicia Gómez

Una mesa cualquiera, con sus patas, de un material metálico que nunca te has parado a pensar cuál es, pero que cumplen su función de sostén a la perfección; a la altura perfecta para poder sentarse en las sillas que la acompañan. Sobre estas patas, una tabla de mármol que le añade a nuestra mesa más peso del que debería tener, pero que, igualmente, cumple con el objetivo para el que fue creada.

¿Te has parado a pensar en todo lo que pasa alrededor de dicho objeto al que nunca prestas atención?

Sobre ella has degustado los más apetitosos manjares, y los que no lo son tanto. A su alrededor has conocido a personas, tenido charlas interesantísimas con las que ya conocías; te han podido romper el corazón, o lo has hecho tú; o has celebrado los más tiernos y felices cumpleaños de tu infancia. También has podido disfrutar de una mesa en soledad, o hastiarte al ver que no había nadie al otro lado. Encima de las mesas se han escrito, dibujado o compuesto maravillosas obras de arte; quizá tú has dejado tu propia obra arquitectónica o escultural –según se mire-, hecha con papeles, ropa, comida y demás objetos que dejo a tu imaginación, siempre colocados con un medido desorden que evite romper el equilibrio que impide que caigan al suelo. Has podido maltratarla rayándola para escribir tu nombre y el de la persona que te gustaba, por aquellos años en los que tu cara se llenaba de granos y tu cuerpo comenzaba a cambiar.

Como has podido comprobar, lector o lectora de esta oda, la mesa es un objeto que observa nuestra vida pasar. Paradójicamente, este texto se ha escrito en una toalla sobre la arena.

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