Volando a Taisha en el día de San Pedro

Por: Brígida San Martín

Son las 11: 40 del lunes 29 de junio, día de San Pedro. Alexander Altuna, el piloto, enciende los motores de la Cessna 206, el viaje a Taisha, cantón ecuatoriano fronterizo con Perú, va a comenzar.

La pista está mojada. En Macas y Sucúa ha llovido desde la madrugada. El tiempo está inclemente. El miedo se apodera del cuerpo y el frío también.

Las montañas que rodean Macas se han nublado.En el hangar de AeroSangay se estacionan cuatro avionetas, pero la primera en salir a retar el invierno es la Cessna 206 de tres astas en la hélice y con capacidad para 900 libras.

El piloto pone a punto la aeronave. Acomoda en su interior algunas cubetas de huevos junto con 10 envases de 20 litros, cada uno lleno de gasolina. El piloto ha llamado a la única pasajera, una mujer que nunca ha viajado ni a la Amazonía, ni en una avioneta. A toda prisa la mujer toma su equipaje de 50 libras, que incluye desde amonio cuaternario hasta agua para beber, así se completa la carga.

En la parte frontal de la cabina hay dos timones con sus respectivos pedales. El espacio del pequeño aparato volador es ajustable; cuando hay pasajeros se suman asientos, cuando no, se retiran para poner carga.

El miedo a las alturas es poderoso, pero más poderoso es el miedo a lo desconocido. El vuelo de las 09:00 salió casi tres horas después, . Como toda primera vez lo desconocido provoca pánico. Las experiencias de vuelo en avionetas tienen historias negras, trágicas, de aparatos que quedan colgados en los árboles o que al tocar tierra se desintegran. La gente siempre habla desde lo desafortunado, de los riesgos que se corren cuando se trata de cruzar la Transcutucú en un pájaro de acero.

Son las 11:44 y el vuelo es una realidad. Altuna, un hombre alto, rubio, de ojos claros, dirige la avioneta por la pista, toma velocidad y al elevarse se siente que la tierra es ajena, que volar es una realidad. Desde el parabrisas frontal de la Cessna se ve al grande y zigzagueado río Upano en medio de una sábana verde.

En la cabina solo retumba el rotor del motor. Si se quiere hablar hay que gritar. El piloto conoce la ruta. Las pequeñas turbulencias no lo asustan.

A cuatro minutos de los 20 a volar, las nubes como lana escarmenada, no impiden ver el verde paisaje amazónico. La naturaleza está ahí como un lienzo, como las obras pictóricas hiperrealista de Ramón Piajuage, el artista amazónico, o de Serbio Zapata, un grande de la plástica ecuatoriana. Prominentes árboles y ríos que se abren como surcos, como arterias que irrigan el corazón del planeta.

Cuan más alto es el vuelo, más gélido es el ambiente. El viento que entraba por las rendijas de la avioneta casi paralizan las piernas. Son las 12:00, los ojos del piloto se clavan en la pantalla del timón y las manos en el mango de ese aparato.

La Amazonía tiene una fisonomía diferente a las grandes urbes. Ella es verde, espesa, acuosa.

Definitivamente, la Transcutucú es majestuosa, verla es encontrar el alma de esa cadena montañosa pintada en mapas y que siempre la ubicaron como escenario de las batallas ficticias o reales de 1941, de 1981, de 1995; pero también como bastión de las proezas de generales, sargentos y soldados que luchaban, a su decir, con el verdugo, el invasor del sur.

Entre que sube y entre que baja, así es el viaje que acelera el corazón. Pareciera que este músculo se eleva, se cae, o se mueve tal como la Cessna. Altuna está sereno, mira la pantalla, toma las palancas, dirige el pájaro de acero hasta llegar al destino.

Un pasajero y mucha carga para este vuelo sin número. Son las 12:08, faltan pocos minutos para llegar. La 206 empieza a descender y es como si el corazón llega a los pies. El frío ya no es intenso, el viento se ha vuelto cálido.

El urbanismo de la ciudad ubicada en un recóndito espacio de la provincia de Morona Santiago, no tiene nada que ver con el urbanismo del “desarrollo”.

Altuna informa que lo de abajo es la ciudad de Taisha, una urbe nada cosmopolita, una ciudad de poco cemento, de cero autopistas con capas de rodaduras grises y embreadas; de vehículos que se mueven como pocas pulgas en un perro. Taisha es diferente. Como hermanas gemelas están la avenida Arutam y la pista de aviación, ambas son de tierra y entre la una y la otra como un pupo se erige la torre de control.

Allí no hay asfalto, y sí, los carros son como escasas pulgas en perro. Una promoción envejecida promociona a la ciudad amazónica

A segundos de terminar la aero-aventura, el piloto anuncia la llegada. La avioneta es frágil, toca suelo, casi derrapa. Los 200 litros de gasolina se agitan. Alexander sabe controlar la situación, total, son miles de veces que aterriza en ese espacio.

La pasajera ha llegado a su destino. No puede ocultar que los árboles grandes y espesos, la calle principal con casas de madera y la estructura de una urbe fuera de lo común no solo le sorprenden sino le han dejado boquiabierta.

Aquí pareciera que nada pasa, pero en realidad aquí pasa mucho. La vida es otra, una totalmente desconocida, ignorada, casi remota y desapercibida. Hay que llegar a Taisha para conocer que, al interior de Ecuador, este país amazónico desde siempre y hasta siempre, se tienen historias poco observadas, poco contadas.

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